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Difícil de comprender

Noviembre 10, 2020 - 11:50 p. m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Para quienes hemos nacido y vivido en una excolonia española en América, convertida en república mediante la guerra de independencia, nos es casi incomprensible el proceso electoral de los Estados Unidos. En la época colonial dependíamos política y económicamente de un virrey que gobernaba desde Bogotá, hoy nos rige un régimen centralista, por lo tanto la normatividad electoral y el control del proceso proviene de la capital.

El proceso de la formación de los EE. UU., ocurrió también mediante una guerra de la independencia de Inglaterra en el año 1776, 13 años antes de la revolución francesa. Los ‘Padres Fundadores’, así los llaman los estadounidenses, crearon, por primera vez en el mundo, un gobierno democrático, con tres poderes independientes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Los 13 Estados menos poblados temieron perder su autonomía para gobernarse y su posible influencia en las decisiones federales de la nueva nación, por consiguiente, exigieron que una de las dos cámaras, el Senado, estuviese constituido por 26 senadores, 2 por cada Estado, independientemente del número de habitantes que tuviesen, y que el presidente fuese electo por un colegio electoral formado por un número de delegados igual a la suma de los miembros de ambas cámaras legislativas. Cada Estado conservó su derecho a gobernarse, excepto en las regulaciones que tuviesen carácter federal, manteniendo así cierta dosis de independencia, razón por la cual ellos expiden las disposiciones electorales de manera autónoma. El gobierno federal solamente fija la fecha de la elección. Cada Estado elige quién debe ser el presidente, ese es el motivo para que todos los delegados estén obligados a votar por quien obtuvo la mayoría en su jurisdicción, solamente dos, Maine y Nebraska tienen una legislación diferente.

Hoy son 50, pero se conservan las mismas normas, se trata de un gobierno federal que desde su origen ha respetado la autonomía de sus estados. Esa ha sido una de las mayores fortalezas del país, lo cual ha permitido un desarrollo en toda la extensión de su territorio.

Para fortuna de los EE.UU., ganó el exvicepresidente Joe Biden. Obtuvo el mayor número de delegados al Colegio Electoral, además superó a su opositor en el total de la votación en 4,5 millones.

Resulta inexplicable que un país con alto grado de educación respalde con más de 70 millones de votos las aspiraciones reeleccionistas de un Presidente mitómano, con varios cargos de acoso sexual, calumniador, mentiroso incurable, insolente, oscuro y hermético en sus deberes tributarios, en resumen, una persona con un comportamiento ético muy cuestionable.

Lo más insólito fueron sus reiteradas declaraciones previas a la elección, manifestando que si perdía se debía al fraude y que el voto por correo se prestaba a manipulaciones, ignorando los riesgos que implicaba ejercer el voto en las urnas en medio de una pandemia, la cual desestimó y desafió en repetidas ocasiones. Hoy la población americana sufre las consecuencias de su arrogancia, está rompiendo todos los récord mundiales tanto en el número de contagios como en los decesos. Sin embargo, el colmo de su cinismo fue que él ejerció el voto por correo en esta ocasión, tal como lo había hecho en oportunidades anteriores.

Su narcisismo superlativo le ha impedido aceptar la derrota.

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