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Cali hoyos

Septiembre 14, 2021 - 11:50 p. m. 2021-09-14 Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Este fue un apelativo que se acuñó hace algunos años, debido al mal estado de las vías que utilizamos diariamente, el cual continúa teniendo vigencia. No obstante, lo que estamos presenciando es más grave aún, y demanda actuar pronto. Si transitamos por la ciudad, el desorden abruma. Las estaciones del MÍO destruidas, no pocas bombas de gasolina en ruinas, bancos averiados, fachadas semiderruidas, edificios abandonados, el lote, al lado de la Alcaldía, circundado con una tela plástica desde hace años, aumento inusitado de indisciplina en el tráfico, en fin, se palpa una ciudad en franco deterioro, como nunca antes se había visto.

Lo que es peor, la inseguridad se catapultó. Cali ostenta el vergonzoso título de la ciudad más insegura de Colombia. El resto no es para sacar pecho, pero las estadísticas están por debajo de la nuestra.

Claro que el paro tuvo repercusiones nefastas, produjo la destrucción de la infraestructura de la ciudad, sin embargo, no se nota interés para reparar los daños. Algunas obras de restauración avanzan a ritmo paquidérmico.

Sin duda, el comportamiento del alcalde Ospina incidió en la magnitud del detrimento. No se escuchó su voz de franco rechazo al vandalismo que vivimos. Con sus declaraciones justificó que los indígenas tumbaran la estatua de Belalcázar. No supo distinguir entre los jóvenes bien intencionados, que merecen ser escuchados, y los vándalos. Lo cierto es que Cali fue la ciudad, de lejos, más afectada por el desenfreno de los criminales durante el paro. En las demás ciudades no ocurrió algo ni parecido.

Todo lo anterior me hizo recordar un artículo, ‘Las Ventanas Rotas’ (Broken Windows), publicado en la prestigiosa revista Atlantic Monthly, el cual ha tenido amplia difusión desde su inicio; se cita continuamente. Los gobernantes de muchas ciudades lo aplican a diario. La teoría afirma que el ejemplo de unas cuantas ventanas rotas induce a los vecinos a no reparar los daños, se habitúan a vivir en ese ambiente. En otras palabras, el ejemplo cunde, para bien y para mal. En una ciudad limpia un solo descuido en la pulcritud se nota.

Primero fue una moto la que se toleró transitar por el carril del MÍO, luego otra, hoy son numerosas las que vemos a diario. Inicialmente un taxista o un motociclista violan el semáforo, actualmente el número ha aumentado, en los pocos cruces donde subsisten. La autoridad, desde el más alto nivel, se hacen los de la vista gorda con las pequeñas infracciones.

Las violaciones a las normas deben amonestarse de acuerdo con la gravedad de la falta, pero nunca dejarlas pasarse por alto. Tan perverso es la excesiva tolerancia como los castigos excesivamente severos. ‘Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre’.

No se puede desconocer que mantener la seguridad y el orden en la ciudad atañe a varias autoridades. La Policía que vigila y captura, los jueces que determinan la sanción, pero primordialmente la responsabilidad recae en quien elegimos para que nos gobierne.

Estamos saliendo de una pandemia que paralizó en seco la economía global y profundizó las brechas sociales y la pobreza, por consiguiente se necesitan autoridades comprometidas con la aceleración del progreso.
Empleo, empleo…

La ciudadanía exige con urgencia menos politiquería, más ejecución, pragmatismo y transparencia.

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