Los dos cuerpos de la reina

Septiembre 27, 2022 - 11:40 p. m. 2022-09-27 Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Los funerales de la reina Isabel II han dejado perplejas a muchas personas que consideran anacrónico este tipo de boato en el Siglo XXI. Parece como si hubiéramos retrocedido varios siglos y estuviéramos en plena Edad Media. La televisión nos mostró con lujo de detalles los fastuosos rituales del entierro: movimientos calculados, protocolos estrictos, previamente diseñados incluso por la propia reina antes de morir; desfiles lentos e interminables de un extremo al otro del país; larga espera entre el momento de la muerte y la inhumación. ¿Qué hay detrás de esto si se supone que Inglaterra es un país capitalista, moderno, democrático, cuna del pensamiento liberal en el Siglo XVII?

Durante el reinado de Isabel I en la segunda mitad del Siglo XVI, los juristas de la corona inglesa idearon una teoría fantástica, metafísica y teológica, que definía al rey como una persona mixta, doble, que tenía dos cuerpos: un cuerpo natural (mortal) contenido en un cuerpo político (inmortal). Como cuerpo natural, el rey estaba sometido a todas las contingencias de la naturaleza y del azar: las fragilidades de la infancia, la vejez, la enfermedad y la muerte, a las que estamos expuestos los seres humanos. Como cuerpo político, el rey era un cuerpo místico, intangible, no sujeto a las pasiones ni a la muerte, a la manera de los ángeles y los ‘santos espíritus’, que se definen por su inmutabilidad en el tiempo. Estas son las ideas que hemos visto puestas en escena a través de la televisión en las últimas semanas.

El rey como cuerpo político nunca muere. Y la muerte física es considerada más como la sucesión de un monarca a otro que como un hecho real: una especie de reencarnación o de ‘migración del alma’, que pasa de un cuerpo natural a otro cuerpo natural y lo habita, como en la mitología cristiana de un dios que se hizo carne, “habitó entre nosotros”, murió y resucitó. El rey, en su doble carácter, representa para las monarquías la estabilidad y la permanencia en el tiempo. Un ataque contra el cuerpo físico del rey es considerado como un atentado contra el “cuerpo corporativo del reino”. Shakespeare inmortalizó el drama de ‘los dos cuerpos del rey’ en su obra La tragedia del rey Ricardo II, la historia de un rey destronado que se consume de inanición en una prisión y termina por ser asesinado, en un ultraje a su realeza.

Cuando irrumpe la democracia la imagen del poder se ‘descorporaliza’ y aparece como un ‘lugar vacío’ ocupado por ‘simples mortales’, por delegación y de manera temporal. El poder ya no está vinculado con un cuerpo, ni tiene nombre propio como en las dictaduras (estalinismo, franquismo, etc.). No pertenece al orden de la naturaleza o de lo sobrenatural, ni a la tradición, sino al mundo secularizado, racionalizado, libre de fantasmas teológicos o metafísicos, y su legitimidad depende sólo de la legalidad de los procedimientos con que se eligen los gobernantes. Por ello las democracias, a diferencia de las monarquías, están marcadas por la inestabilidad, la ingobernabilidad, la incertidumbre permanente sobre lo que pueda suceder. Algo de las pompas de las monarquías siguen vigentes en países democráticos que alguna vez tuvieron rey, como Francia, donde el Presidente es casi un monarca y el Primer Ministro, proveniente de las mayorías parlamentarias, es el encargado de los avatares de la política.

En el Reino Unido, resultado de una larga tradición histórica que se remonta a la guerra civil de mediados del Siglo XVII, que obligó al rey a moderar su política absolutista frente al Parlamento, se combinan las dos formas de representación política, la monarquía y la democracia, a pesar de que en teoría parecen excluyentes. Los ingleses, individualistas y pragmáticos, no encuentran incompatible el liberalismo con la tradición, adoraban a su reina y quieren que no se acabe la monarquía porque es garantía de estabilidad e institucionalidad, incluso salvaguarda para el ejercicio de las libertades políticas. Una de las características más alabadas de Isabel II es, precisamente, haber permanecido incólume 70 años en el reinado, como baluarte y símbolo de unidad nacional, por encima de las contingencias políticas del día a día. God save the Queen.

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