Encadenados

Julio 05, 2022 - 11:40 p. m. 2022-07-05 Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Colombia es un país conservador, pesimista, temeroso del cambio. Cien años de soledad, el poema épico que mejor representa nuestra idiosincrasia, es un canto a la desesperanza: “Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra”. El destino final de Macondo, “arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres”, ya estaba inscrito desde el principio en los pergaminos de Melquiades. Estamos condenados al fracaso y a la eterna repetición de lo mismo. “Seguiremos siempre igual”, como dice el bolero.

Sin embargo, en las últimas décadas podemos detectar la irrupción de algo nuevo en tres momentos precisos. El primero, la Asamblea Nacional constituyente de 1991 que representó una revolución en la vida política colombiana, imperceptible y sigilosa, como son las verdaderas revoluciones. El segundo, el acuerdo de paz de La Habana que puso punto final a un conflicto de 68 años, que comenzó cuando unos campesinos liberales, al mando de Pedro Antonio Marín (Tirofijo), comenzaron a armarse en el sur del Quindío como reacción al asesinato de Gaitán y dieron origen a las Farc. En ambos casos se produjo una férrea oposición de aquellos que no quieren que en Colombia nada cambie. Las contrarreformas a la Constitución y el triunfo del No en el plebiscito, son testimonio de una mentalidad aferrada a un pasado hecho de violencias y venganzas.

El tercer momento comprende tres acontecimientos: el estallido social de 2021; el debate electoral entre dos candidatos por fuera del ‘establecimiento’ y el triunfo de Gustavo Petro; y el informe de la Comisión de la Verdad, que acaba de aparecer. Muchos vieron en el estallido social solo un problema de orden público y no se dieron cuenta de que detrás de esa movilización estaba una población que enviaba un mensaje de cambio, que sería determinante en los resultados electorales. Los que supieron leer ese mensaje (Petro y Rodolfo) ganaron. Los que se aferraron al pasado, la casi totalidad de los partidos, fueron arrasados. Quien verdaderamente triunfó no fue Petro, sino un incontenible anhelo de cambio y una profunda insatisfacción con la torpeza con que las élites tradicionales han manejado el país.

Llama la atención que cinco días después de las elecciones, ante un resultado inexorable, mucha gente optó por adherir al candidato triunfador, que cuenta hoy con el mayor apoyo parlamentario que jamás haya tenido un Presidente electo en Colombia. Esto podría interpretarse como gesto oportunista de quienes aspiran a seguir usufructuando del poder, pero también como un reconocimiento a la necesidad de enfrentar cambios de gran magnitud, para no seguir siendo el segundo país más desigual de América Latina.

El orden y la estabilidad institucional pasan en este momento por el cambio. Nos abocamos a él o perecemos. Cambiar se convirtió en un imperativo para el mantenimiento del orden social. Lo paradójico es que la tarea de garantizar el orden, impulsar las transformaciones que el país requiere, superar la polarización y recuperar la unidad nacional se encuentre en este momento en manos de un candidato de izquierda, un exguerrillero amnistiado, vilipendiado y rechazado por muchos. ¡Vivir para contarlo! Motivo de reflexión para los que no se resistan a pensar la novedad de lo que ha sucedido, así sea contrario a sus convicciones.

El informe de la Comisión de la Verdad contribuye al renacimiento de la esperanza: “Hay futuro si hay verdad”. La responsabilidad que tienen en este momento Petro y su equipo es enorme. Nada está garantizado. Sin embargo, pocas veces un nuevo gobierno se había encontrado ante las expectativas de una población que quiere superar el destino de seguir siendo un “Macondo sin redención posible”. Llegó la hora de romper las cadenas del odio: “Queremos para odiarnos, sin principio ni final”, como dice el bolero.

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