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El Valle está triste

Enero 12, 2021 - 11:55 p. m. Por: Alberto Silva

Eran tres los caballeros. Todos consideraron al Valle del Cauca como un santuario de la nación. En él nacieron y a él entregaron con dedicación sus vidas y sus conocimientos profesionales, con amor, con mucho amor y respeto por la comarca y sus ascendientes. Tuvieron nombres de patriarcas eméritos y como tales siempre respondieron e hicieron valer la máxima de que somos herederos de nuestra propia historia: Carlos Hernán Molina Castro, Luis Javier Uribe Muñoz y Hugo Lora Camacho.
Decidieron partir juntos y se fueron dejándonos su inmensa y fecunda labor cumplida. Pero quedamos tristes.

El primero de ellos, caleño de fuerte raigambre vallecaucana, de Buga por lo Molina y de Palmira por lo Castro; del núcleo de antiguas heredades a las cuales el destino quiso asignarles el encargo de iniciar y terminar la gestión guerrera de la independencia de Colombia. Conservó con dedicación y orgullo como ninguno, el baluarte histórico, consignado en la Hacienda Santa Bárbara del Hatico donde nació el prócer de la independencia general José María Cabal Barona.

Como médico veterinario de la Universidad Nacional de Colombia, a Carlos Hernán Molina Castro le cupo el honor, en compañía de sus colegas alemanes del Instituto Bering, de clasificar el virus de la fiebre aftosa tipos A y O, pandemia que azotó a la ganadería colombiana durante cuarenta años desde los 50 del siglo pasado. Se obtuvo así la vacuna con que se logró la erradicación de la fiebre aftosa por vacunación en todo el territorio nacional.

Carlos Hernán Molina Castro por estos motivos se hizo merecedor de las Medallas de reconocimiento de la Federación Nacional de Ganaderos ‘Fedegán’ y por parte del Banco de Occidente la de ‘Planeta Azul’ por sus servicios agropecuarios al país. Protector con dedicación de la raza bovina de leche ‘Lucerna’, raza colombiana concebida por medio de técnicas genéticas distintas a las utilizadas por la naturaleza en la formación de las razas ‘criollas’. Además fue líder en la investigación moderna de producción de caña de azúcar orgánica, tan en boga hoy en buena parte de los ingenios azucareros del país.

El padre franciscano Luis Javier Uribe Muñoz, segundo del trío por orden de antigüedad, se destaca con propia prevalencia en el grupo por ser uno más de tantos de la región, maltratado injustamente por sus congéneres colombianos. Sus propios hermanos de clero le hicieron subir a los estrados judiciales cargado de ignominia y de falsas imputaciones de donde salió con su nombre diáfano y limpio como siempre lo fue. Nacido en tierras quindianas pertenecientes, por el Uribe de esos tiempos, a las tierras cuyabras del valle geográfico del río Cauca y por el Muñoz a la propia planicie vallecaucana. Se destacó por ser intérprete de algunos líderes de la región, al reclamar una Universidad moderna que consultara los últimos avances de la educación profesional. Ejerció el humanismo en todos los proyectos y planes de Cali y del departamento en que se comprometió, con humildad y empuje. Entonces por su poder de convocatoria y las virtudes de sensatez y entusiasmo, surgió la Universidad San Buenaventura.

Cerró el grupo el abogado caleño Hugo Lora Camacho, encargado igualmente por el destino de abrir y cerrar un capítulo particular de la historia de la región. Se obligó también con su humanismo, a la solidaridad y la educación. Señaló a Cali y al departamento mediante la Fundación para la Educación Superior, FES, como centros de realizaciones sociales del país. Uno de tales logros se dio el último día como alcalde de Cali de Rodrigo Escobar Navia, al firmar la constitución de la Fundación Zoológica de Cali. En el grupo de miembros signatarios fundadores, ahí estaba Hugo Lora Camacho.

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