La mala hora de Emmanuel Macron en Francia

La mala hora de Emmanuel Macron en Francia

Enero 06, 2019 - 11:00 p.m. Por:
Diego Chonta / Corresponsal de El País en Europa
Protestas en Francia

Judicial. Durante ocho semanas consecutivas han salido los ‘Chalecos Amarillos’ a manifestarse en las calles en contra de las decisiones del Presidente Macron.

Agencia EFE

El 60 aniversario de la Quinta República francesa, el pasado 5 de octubre, sorprendió en mala hora al presidente Emmanuel Macron, de 40 años, el más joven de la historia.

Muy pocas veces un gobernante había levantado tantas expectativas al ser elegido por votación popular hace 18 meses, pero a su vez, ninguno había perdido tanto apoyo y credibilidad de sus gobernados en tan poco tiempo. El descenso de popularidad se suele tardar por lo menos dos años.

Macron, el mismo que muchos pensaron que iba a convertirse en el Trudeau europeo, el presidente de Canadá, en cuanto imagen y aceptación, ha puesto incluso su puesto en peligro tras las protestas de los llamados Chalecos Amarillos.

Lea también: ¿Por qué protestan los 'chalecos amarillos'?, puntos clave para entender la crisis en Francia

El grupo de trabajadores, desempleados, granjeros, estudiantes y según algunas fuentes del Gobierno, de miembros de la extrema derecha de Marie Le Pen, que han sembrado el caos en París y otras ciudades protestando por el anuncio de la subida del impuesto a los combustibles y la puesta en marcha de medidas de orden económico que afectarían a las clases más pobres de la República.

“Es un movimiento social hasta ahora sin ninguna clase de estructura, dice el profesor de Historia Europea Antonio Prado García, pero organizado a través de las redes sociales como Facebook e Instagram. Ha surgido de forma casi espontánea y ha ido haciéndose fuerte en la medida en que han avanzado las protestas por el alza del precio de los carburantes y la pérdida del poder adquisitivo”.

Para la también historiadora Danielle Tartakowsky, experta en movimientos sociales europeos, el fenómeno de los Chalecos Amarillos se sale un poco de lo normal, ya que no tiene punto de comparación con otros movimientos sociales en Francia como el de los pequeños comerciantes ante el surgimiento de los centros comerciales en los años 50. Tampoco con el de Mayo del 68 ni con el español 15M.

“Lo primero que me sorprende, agrega, es la gran acogida que ha tenido surgiendo de las redes sociales, que no suelen tener tanta amplitud, y lo segundo, es su complejidad territorial y social, ya que agrupa a personas de toda índole y clases sociales”.

De forma simbólica

Usar el chaleco amarillo reflectivo que llevan los automovilistas al bajarse en carretera cuando el coche falla, es decirle al presidente que al menos 300.000 franceses se han bajado para tratar de arreglar los problemas de un país que necesita reparaciones urgentes.

Ha sido tan intempestiva y fuerte la aparición de los Chalecos Amarillos, que si hoy se celebrasen las elecciones y este movimiento se convirtiese en un partido político, serían la segunda fuerza con un 12 % de los votos, por encima de la ultraderechista Marine Le Pen de Agrupación Nacional, según un sondeo del instituto demoscópico Ipsos, encargado por el partido del presidente, la República en Marcha.

Si en mayo de 1968, el famoso mayo francés, que luego se extendería por el resto del mundo (a Colombia llegó en 1971), los estudiantes paralizaron el gobierno en una insurrección sin precedentes impulsada por los grupos de izquierda, a la que se sumaron luego los sindicatos, esta vez han sido los Chalecos Amarillos, sin ideología definida ni líderes conocidos, los que han sembrado la revolución en las calles de París que, como nunca antes, vio alejarse el turismo de la ciudad.

“Todo cerrado, la gente con mucho miedo. Llegamos el domingo y justo la noche antes habían destrozado buena parte de las vidrieras de las tiendas alrededor de los Campos Elíseos, dio mucha tristeza llevarnos esta imagen de París”, dice la colombiana Karla Martínez Rendón.

Se veía venir. Tarde o temprano la desilusión por las reformas propuestas por Macron y criticadas por los sindicatos, iba a dar paso a un descontento mayor. Se esperaban protestas y movilizaciones en las calles, pero no en la forma como se han desarrollado, dejando hasta ahora mas de 2000 detenidos, 900 heridos y daños materiales valorados en cientos de millones de euros.

Para la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, los daños han sido inmensos, no solo por el inmobiliario urbano y los coches de particulares y empresas que han ardido durante las manifestaciones, sino también por lo que se tarda en recuperar la imagen de la ciudad para los turistas, ya que es el destino número uno en el mundo.

Macron había logrado hacer saltar por los aires el tradicional bipartidismo francés de la izquierda y la derecha, buscando un camino reformista de centro, adecuado a las exigencias actuales y con una posición europeísta muy definida, es decir, seguir siendo, junto a Alemania, la locomotora de la Unión Europea.

Sin embargo, explica el politólogo español Julien Arnau, “es ahora el presidente con más baja popularidad y el más detestado, porque en lugar de favorecer la clase media, que se ha ido perdiendo, y las bases populares que siempre necesitan ayuda, los franceses creen que gobierna para los ricos”.

Las revueltas callejeras, que comenzaron en noviembre, grito a grito fueron creciendo ante la permisividad de Macron que solo actuó cuando los manifestantes hicieron arder el centro del turismo francés, el corazón de París y los gritos de sus conciudadanos eran de dimisión.

“Esta revuelta de los chalecos amarillos, explica el profesor Prado García, no tiene una cabeza visible por lo que es difícil dialogar con ellos. Pero aún así, la respuesta de Macron vino demasiado tarde, cuando ya se había mostrado al pueblo francés la certeza de que haciendo estas manifestaciones y además violentas, se pueden conseguir cosas, porque Macron de inmediato, ha echado para atrás las medidas y de paso, ha aumentado el salario mínimo en 100 euros. Se equivocó al ceder porque la gente ve, en esta inadmisible ola de violencia y vandalismo, una vía para conseguir reivindicaciones”.

No cesan las protestas

La más reciente expresión de indignación de los Chalecos Amarillos se vivió este primer fin de semana del nuevo año.

Los manifestantes protagonizan el octavo sábado consecutivo de concentraciones en ciudades y carreteras de Francia para demostrar que la protesta no se desinfla, pese a las acusaciones del Gobierno de que ahora solo quedan unos pocos manifestantes y radicalizados.

Desde primera hora de la mañana, como ocurrió en sábados anteriores, se constataban bloqueos en diferentes puntos de la red vial, como en la nacional 20 en Foix, cerca de la frontera española; en la autopista A9 al sur de Montpellier, en la A7 entre Valence y Aviñón, en la A89 al oeste de Lyon o en la travesía de Reims, informa el Centro Nacional de Información Vial (Bison Futé) en su página web.

En varios sectores hubo desmanes y destrucción, mientras este domingo el turno fue para centenares de mujeres que salieron a las calles a protestar de manera pacífica contra el Gobierno.

¿Insuficientes?

Al llegar al poder en 2017, Macron impuso su propio modelo para gobernar, lejos de las viejas figuras de la política a las que iba a abolir, se rodeó de jóvenes tecnócratas y despreció el valor de los sindicatos.

Pero los problemas del Presidente no se explican solo por su estilo de gobierno al que consideran arrogante y autoritario. Hay que verlos también como el resultado de una sociedad cansada de medidas que no ayudan a superar la crisis y la corrupción.

Analistas creen que las medidas tomadas tras las protestas, son muestras de buena voluntad, pero que no son suficientes porque le hará falta la negociación, pero no se sabe con quién debe hacerlo.

Al malestar por la política fiscal y social del presidente Macron se han ido sumando grupos de inconformes con la política y algunas medidas de la Unión Europea.

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