La fascinante historia de un joven bugueño que lleva alegría a niños en África

La fascinante historia de un joven bugueño que lleva alegría a niños en África

Noviembre 11, 2018 - 11:30 p.m. Por:
Natalia Arboleda, integrante del Semillero de Periodismo UAO - El País  
Alejandro África

En medio de las decenas de pequeños que a diario lo rodean, Alejandro ha aprendido a trabajar desde el corazón, a agradecer y a disfrutar las pequeñas cosas de la vida.

Especial para El País

En esas cuatro paredes, levantadas en Tengeru, Tanzania, un colombiano escribe una historia. Con una tiza en la mano y los números del uno al diez dibujados en el tablero, Álex dicta su clase en inglés. Las voces de los niños, que repiten la lección en voz alta, se escuchan a metros. Son pequeños, pero quieren aprender como grandes.

Por eso, caminan 40 minutos diarios para llegar allí. Sus voces transmiten alegría, y es que desde que Alejandro Cuadros Jaramillo llegó a este lugar, los niños aprenden sobre el lenguaje universal, el de la felicidad.

Fue hace dos años cuando Alejandro cursaba décimo grado, en el colegio Liceo Juvenil en Buga, donde esta historia comenzó a escribirse.
“Cuando él estaba en décimo, yo le pregunté sobre la posibilidad de hacer un intercambio, pero me respondió que prefería hacer un voluntariado. Me dijo que quería servirle a la humanidad como ella le había servido a él”, cuenta Ángela Jaramillo, su madre.

En ese mismo colegio, un profesor que había viajado como misionero durante dos años, fue quien lo aconsejó para elegir el destino. El 27 de julio del 2018 y con 17 años, Alejandro se montó a un avión con dos maletas, las manos abiertas para ayudar y, por supuesto, para enseñar.

El chico, que nació el 22 de julio del 2001, en Buga, lleva la vida en esos ojos verdes. Su nobleza recorre cada centímetro. Sus 1,76 metros de estatura y su sonrisa son su ventana para el alma. No estudió una licenciatura, sin embargo, gracias a sus habilidades con el idioma inglés, les abre las puertas del conocimiento a muchos niños en el continente africano.

Sus ganas de aventurarse y ayudar lo llevaron a 12.141 kilómetros lejos de casa. Alejandro no necesitó de un podio para marcar la historia. Alejandro hace historia en las paredes de un orfanato.

La clase de 'Álex'
Alejandro, misionero en África

Cuando llegó a ‘Mother's Mercy Orphane’, un espacio dedicado a cuidar a 45 niños de 2 a 6 años de edad desde el 2017, el lugar era un salón en medio de un terreno con palmeras y polvo. No tenían cocina, baños y ni siquiera se podía contemplar la posibilidad de alimentar a los niños más de una vez al día. No era un lugar propicio para aprender. Alejandro lo sabía. Sabía que la sonrisa de los niños con la que le pagaban todos los días al llegar ahí, se apagaba con el hambre.

Fue por esto, y junto a su compañero de voluntariado, Pat Irwing, que comenzaron una campaña de recolección de dinero a través de ‘Go found me’, una plataforma en internet donde las personas pueden donar para la causa. La labor no se detuvo hasta conseguir lo necesario.

Primero, construyeron dos salones más, pagaron la renta del lugar y consiguieron agregar el desayuno a la comida diaria de los niños. Después, contrataron dos profesoras certificadas, que pudieran enseñar en suajili (el idioma natal en Tanzania) materias como inglés y matemáticas.

“Es una gran sensación impactar en la vida de los niños tan rápido. Asumimos tanta responsabilidad en el orfanato, porque sabíamos que podíamos comprometer a más personas con este proyecto para que donaran y que los niños tuvieran las cosas básicas y necesarias para aprender”, dice Pat Irwing, quien acompañó la campaña de cerca.

Justo en la entrada al salón de los niños más pequeños, arriba de la puerta, y con letras en negro, se puede leer ‘Alex Class’ o ‘la clase de Álex’. Así bautizaron el salón que pudo construirse gracias a la recaudación de 3000 dólares mediante la página de internet. ‘Álex’, porque no podían pronunciar su nombre y ‘Class’, porque fue en esas cuatro paredes donde les enseñó a aprender con amor.

Emmanuel Thus Set, director del orfanato, fue quien quiso rendir homenaje al colombiano por su inolvidable paso en este lugar.
“Estoy agradecido con la labor que él ha hecho con estos niños vulnerables y la comunidad. Quería motivarlo para que continúe con su don de llenar a los otros de luz. Por esto, nombramos un salón con su nombre, para poder recordar las cosas que hizo mientras estuvo aquí”, afirma el director de ‘Mother’s mercy orphane’.

La felicidad, el idioma universal
Alejandro, misionero en África

Los niños se muestran felices por recibir clases y alimentos en el orfanato y por poder disfrutar de la compañía de Álex.

Especial para El País

Al entrar al orfanato, los niños corren a abrazarlo. Sonríen todo el día, porque, aunque no tienen dinero para recompensar la labor que ha hecho Alejandro en ese lugar, saben que una sonrisa que viene del alma, remplaza cualquier pago físico. La sonrisa, ese es el lenguaje que no lo ha detenido en esa ciudad africana. Sonrió cuando inauguraron un salón con su nombre, y también, cuando en la cocina, un par de niños de no más de 6 años de edad le enseñaron el valor de las cosas pequeñas.

“Estaba en la cocina lavando las ollas que habían quedado del almuerzo. A una de ellas, aún le quedaba un poco de comida, pero eran los sobrados de la olla que nadie se come. Mientras restregaba, entraron un par de niños que habían quedado con hambre y comenzaron a buscar qué se podían comer. Unos minutos después, estaban sentandos comiéndose lo que quedaba en la olla. No decían nada, estaban callados repartiéndose entre los dos la comida. Fue curioso ver cómo la compartieron y sonreían, como si fuera el plato más delicioso del mundo”, dice Alejandro recordando el momento que marcó su estadía.

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El idioma universal que él aprendió en Tanzania no es el inglés, tampoco el suajili o el español. El idioma universal que habla Alejandro es el del amor y la sonrisa. Ese que pensó que iba a ser una barrera al llegar ahí, se convirtió en un puente para estar más cerca de los niños que usan la sonrisa como moneda de pago.

En un par de meses, el voluntariado habrá terminado, pero ese salón bautizado como ‘la clase de Álex’ y su labor en el orfanato, marcaron la historia en el corazón de 45 niños en Tanzania.

Vivir en Arusha, Tanzania

Cuando se levanta para ir a trabajar, lo hace al son de la canción ‘It’s a beautiful morning’, por The Rascals, que traducida significa: es una linda mañana. Después de estar vestido, se toma un café, pero lo hace renegando, porque el sabor no es igual al que tomaba en casa. Una vez listo, Alejandro hace un viaje desde Arusha, donde vive, hasta la ciudad de Tengeru en un ‘dala, dala’, una buseta establecida como medio de transporte en la que se montan gallinas, patos y el doble de personas que realmente le caben. Se dirige al orfanato y a un día de aprendizaje.

En la tarde, cuando los niños ya han comido y él ha lavado los platos, toma de nuevo un ‘dala, dala’ de camino a Arusha. Son 30 minutos de una ciudad a otra, y en ocasiones, una que otra gallina se posa en sus pies durante el viaje y se convierte en su compañera.

Alejandro vive en ‘Tanzanite aparments’, un edificio de tres pisos solo para voluntarios de todas las partes del mundo. Es una familia de 30 personas dedicada a ayudar. El lugar cuenta con tres personas dedicadas al aseo, dos vigilantes y un par de cocineras que se encargan de alimentarlos. Una de ellas es Rehema Fechuzzi, quien cuida de él como si fuera su hijo. De pronto porque le recuerda a alguien o quizás, porque se siente agradecida con él. No se sabe, nunca ha querido contarle, pero se lo deja saber con acciones. A veces, le prepara pizzas (uno de los platos favoritos de Alejandro) y otras veces, le lava la ropa. Lo hace todo por verlo feliz. Vivir en Arusha, al norte de Tanzania y a faldas del volcán Monte Meru, se hizo fácil gracias al compañerismo que se vive en el edificio.

'Hakuna matata' (Vive y sé feliz)

Con ganas de rendirle culto a su tiempo durante el voluntariado, Alejandro decidió tatuarse ‘Hakuna matata’, una expresión del idioma suajili que significa vive y sé feliz. No es para menos, porque ahí aprendió sobre agradecimiento, el idioma universal, a trabajar desde el corazón y sobre la ‘moneda’ de pago que usan los niños en esta parte del mundo: la sonrisa.

En enero vuelve a Colombia para estudiar Mercadeo en la universidad Eafit, de Medellín, pero sin duda, los días que este colombiano vivió en tierras africanas, convirtieron la expresión ‘Hakuna matata’, en su lema de vida.

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