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Europa protesta: caleños en Francia y España explican las razones del malestar social
La crisis de la educación pública en Francia y el encarecimiento de la vivienda en España reflejan un malestar social que se extiende por Europa. Dos caleños residentes en esos países cuentan cómo las desigualdades, el costo de vida y la pérdida de oportunidades han llevado a miles de personas a las calles.
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26 de oct de 2026, 10:23 p. m.
Actualizado el 26 de oct de 2026, 10:23 p. m.
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La crisis de la educación pública en Francia y el encarecimiento de la vivienda en España son algunas de las preocupaciones que alimentan el malestar social en Europa. Desde esos dos países, los caleños Fernando Santacruz y Katherine Hidalgo cuentan cómo las desigualdades, el costo de vida y las dificultades para acceder a condiciones de vida dignas han llevado a miles de personas a protestar en las calles.
Francia: las dificultades de la educación pública
Fernando Santacruz es un comunicador social caleño que vive en Amboise, una ciudad francesa conocida por el castillo en el que Leonardo da Vinci pasó sus últimos años. Cerca de su casa también está el castillo donde Mick Jagger, cofundador de los Rolling Stones, suele pasar los veranos.
En una ciudad donde conviven personas de grandes fortunas y familias trabajadoras, es lo que quiere decir Fernando, todos envían a sus hijos a los mismos liceos públicos. La educación estatal, entonces, sigue siendo una institución central de la sociedad francesa y una expresión de su ideal de igualdad: que el origen social o familiar, el apellido de una persona, no determine las oportunidades que tendrá en la vida.
Pero ese principio enfrenta dificultades que han llevado a los franceses, sobre todo los jóvenes, los estudiantes, a protestar en las calles. La falta de profesores, las deficiencias de infraestructura y las desigualdades entre establecimientos educativos generan ese descontento de quienes ven cómo una de las grandes promesas del modelo francés ya no es tan cierta.
- La educación pública en Francia es un derecho y hasta hoy es de mejor calidad que la educación privada en la mayoría de las ciudades. Para ser profesor de un liceo público hay que superar un concurso nacional y en promedio, de 600 que se presentan, solo pasan 30, lo que habla de la calidad de los docentes de liceos oficiales —explica Fernando, cuya esposa es profesora.
Fernando también ha trabajado como docente en Francia, así que conoce de cerca el problema. Explica que las dificultades en los planteles públicos se han agudizado por decisiones presupuestales del Gobierno y los obstáculos administrativos para reemplazar a los profesores que no pueden asistir a clase.
— Lo que pasa es que el Gobierno actual recortó el presupuesto de la educación. Muchos liceos públicos no tienen profesores de reemplazo. Por ejemplo, si un docente titular se enferma, la burocracia administrativa impide que otra persona lo sustituya. Entonces sobrecargan a otro profesor del mismo liceo con esas clases, las suspenden o juntan grupos para que un solo docente se encargue. Por eso los jóvenes salieron a las calles —relata.
A esas dificultades se suman las deficiencias en la infraestructura de algunos colegios, sobre todo en barrios populares donde viven la mayoría de los hijos de los migrantes. Entre otros asuntos, aún no se invierte lo necesario en el aislamiento térmico para los inviernos y en los sistemas de climatización de los liceos para los tiempos de temperaturas intensas. Y el cambio climático golpea cada vez más a Europa.
— El verano pasado tuvimos temperaturas de 42 grados y hubo liceos que debieron cerrar. No hubo clases durante varios días —cuenta Fernando.
Para muchos jóvenes, además, el problema va más allá de las aulas. También tiene que ver con el lugar donde nacieron, el barrio en el que crecieron y las oportunidades que encuentran.
Elwan Benoît, un estudiante de 17 años conocido en Francia por sus intervenciones públicas, resumió de esta manera el motivo que lo llevó a protestar:
— Los jóvenes de los barrios periféricos deberían contar con las mismas condiciones para formarse que quienes asisten a establecimientos mejor equipados.
En ese sentido, Fernando advierte que en Francia crece la discriminación y el racismo contra quienes, pese a que nacieron en el país, son de origen africano o árabe, lo que puede convertirse en una desventaja a la hora de buscar un trabajo.
— Si te llamás Osama o Mohamed, tenés menos posibilidades de encontrar trabajo, incluso uno precario, así seas ciudadano francés. Eso aumenta el descontento.
A esa sensación de desigualdad se suma una preocupación que atraviesa la vida cotidiana de millones de familias: el costo de vida. Los precios de los combustibles y de la energía para calefacción presionan los presupuestos de las familias, mientras crece la inconformidad con las decisiones económicas y tributarias del Gobierno: menos impuestos para los ultrarricos como el ISF (Impuesto de Solidaridad sobre la Fortuna) abolido durante el primer quinquenio de Emmanuel Macron.
La política de hecho también tiene un papel preponderante en las protestas. Macron es el único presidente de Francia que ha ganado la reelección en la quinta república por sufragio universal directo y por fuera de los periodos de cohabitación, así que completa casi diez años en el poder. Las nuevas elecciones serán el próximo año, por lo que las tensiones y estrategias políticas de la derecha y la izquierda comienzan a incidir en la cotidianidad de los franceses. Unos y otros se acusan de estar detrás de los disturbios de los últimos días, por cierto.
España: trabajar ya no alcanza para pagar un ‘piso’
Katherine Hidalgo vive en Museros, un municipio cercano a Valencia al que se llega en metro en 30 minutos. Esta comunicadora social caleña lleva cuatro años radicada en España, y desde entonces ha visto cómo el precio de la vivienda se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de quienes intentan establecerse en el país, o incluso para los mismos españoles.
Lo que antes parecía un problema de Madrid o Barcelona, las ciudades más turísticas, hoy se siente también en ciudades intermedias y los pueblos de sus alrededores.
— Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga y Sevilla tienen este problema. Los precios de los alquileres se han disparado —comenta Katherine.
Para la mayoría de los jóvenes españoles, conseguir trabajo ya no significa poder independizarse. El sueldo promedio de un recién egresado de la universidad es de 1200 euros, justo lo que cuesta un arriendo. Por eso quienes deciden irse de la casa de los papás deben compartir un “piso” con amigos, o incluso con desconocidos, para dividir los gastos.
Katherine conoce esa incertidumbre. El contrato de alquiler de su apartamento es de cinco años y está próximo a vencerse. Hace poco recibió un correo de los propietarios: no le renovarían el contrato. El apartamento que hoy cuesta 550 euros al mes pasaría a alquilarse por 1.100.
— El apartamento es bueno, pero no vale 1.100 euros al mes. Está en un pueblo, dentro de un edificio antiguo y sin ascensor. Por ese precio prefiero buscar algo en la ciudad.
Junto con su esposo, por fortuna, ella tiene algo que muchos jóvenes y familias en España no consiguen: trabajos que les permiten ahorrar. Pero ni siquiera esa tranquilidad los libra de la incertidumbre que produce no saber cuánto costará la nueva casa en la que vivirán próximamente.
Esa es justamente la raíz del descontento que ha llevado a miles de jóvenes a protestar en las calles de España: ni siquiera tener trabajo garantiza la posibilidad de pagar el arriendo de una casa, que debería ser un derecho, no un sueño tan lejano como un Ferrari último modelo.
El caso que rebosó la paciencia y la indignación fue el de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años desalojada de su casa después de que un fondo de inversión adquiriera el inmueble donde vivía y aumentara su alquiler un 230 %. Maricarmen falleció dos semanas después de ingresar en un hospital, pero no es la única española que pasó por la experiencia de ser desalojada del hogar donde vivió toda una vida.
Pilar López pasó dos meses durmiendo en su carro después de ser desalojada del apartamento en el que había vivido durante 12 años en Palma de Mallorca.
Parte del problema en España nació en 2008 con la recesión y el estallido de la burbuja inmobiliaria: miles de personas no pudieron seguir pagando sus hipotecas. Entonces aparecieron los ‘fondos buitre’: empresas que compran esas casas y esos apartamentos endeudados a un precio mucho más bajo de lo que en realidad valen y los ponen en venta o en arriendo a precio de oro.
Sin embargo los oportunistas del mercado inmobiliario no son el único problema. El Banco de España calcula que el déficit de vivienda nueva es de un millón de casas y apartamentos.
La pandemia también influyó: alemanes, rusos, holandeses, chinos, se radicaron el país haciendo tele trabajo y sus salarios son muy superiores a los del español promedio, por lo que se aumentó el costo de vida, especialmente en las ciudades turísticas como Barcelona, que cada vez más se queda sin su gente. Muchos se han visto obligados a irse a vivir a pueblos de los alrededores para bajar costos.
Una Europa que reclama oportunidades
Francia y España no son los únicos países europeos donde las preocupaciones sociales y económicas han llevado a la gente a manifestarse.
En Grecia, estudiantes y profesores han salido a las calles para reclamar mayor financiación estatal para la educación, mejores instalaciones y aulas menos masificadas.
En Portugal, activistas han ocupado plazas de Lisboa y Oporto para protestar contra la crisis de la vivienda.
En Italia, se han registrado manifestaciones y disturbios en Milán relacionados con el costo de vida y la inflación. También se han reportado movilizaciones en Albania y Bélgica.
Las razones no son idénticas en todos los países, pero hay algo en común: los jóvenes no están encontrando oportunidades, no saben qué será de su futuro.
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