Reincorporación: el testimonio de una excombatiente que cambió las armas por los libros en el Valle

El testimonio de una excombatiente que cambió las armas por los libros en el Valle

Diciembre 25, 2018 - 11:45 p.m. Por:
Carolina Jojoa Palta - redactora de El País
La historia de una excombatiente que le apuesta a la productividad en el Valle

De acuerdo con la ARN, cerca del 50% de las personas que han hecho parte de grupos de armados al margen de la ley, ingresaron a estos cuando eran menores de edad.

Foto: Especial para El País

Tiene la mirada fija y su relato es interrumpido por el llanto, pero también por fugaces sonrisas que se le escaparon al dolor en nueve años de tragedia. Bajo la sombra del samán de un hospedaje en algún lugar del municipio de La Unión, Valle, Daniela* siguió curándose las heridas que le dejó la guerra.

Una guerra que no fue suya y en la que le tocó hacer el papel de victimaria, a pesar de que siempre se sintió una víctima. Un conflicto que le arrebató su infancia, su familia, su voluntad, su vida, la misma que ha intentado retomar desde el día en el que fue reclutada por las Farc en el corregimiento de Caño Jabón, en Mapiripán, Meta, cuando solo tenía 14 años.

Entre estudiar y sanar. En ese lugar, repartió tres meses de los valiosos días que le trajo la treintena al lado de su hijo y de 20 mujeres más con quien compartió experiencias y sueños interrumpidos.

Todas hacen parte del modelo de entornos productivos de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización, ARN, entidad que desde 2015 ha permitido que los municipios de Roldanillo, La Unión y Toro, en el Valle de Cauca, sean escenarios de oportunidades para mujeres y hombres excombatientes de diferentes grupos armados al margen de la ley.

Desde ahí, a punto de obtener su certificación como operaria calificada en agroindustria y de culminar su bachillerato, Daniela* hizo un recorrido por los momentos que marcaron su existencia.

Nació en Piñalito, Meta, corregimiento del municipio de Granada, siendo la mayor de cinco hermanas. De su infancia guarda pocos momentos felices al lado de sus seres queridos, pues con la única esperanza de ayudar económicamente a su familia salió en 2003 de su hogar para aceptar un empleo en un negocio de comidas rápidas en Caño Jabón.

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Se estima que, en promedio, el proceso de reintegración de una persona desmovilizada puede durar seis años y medio. En su recuperación recibe atención psicosocial, económica y académica.

“Pero todo fue una trampa. La persona que me ofreció el trabajo me ‘vendió’ a las Farc como si yo fuera un costal de papas. Le dijo a mi mamá que yo había muerto, mientras yo cumplía mis quince años comiendo barro en el monte, junto con otros niños que apenas comenzaban a entender que ahí, o aprendíamos a obedecer, o salíamos, pero muertos”, relata Daniela* al tiempo en el que observa a su pequeño de cinco años como si fuera la única fuente de energía que necesita para seguir contado su historia.

“Lloré desconsolada días enteros y les gritaba que me dejaran ir, pero ellos me decían que con mi altanería solo iba a lograr que me mataran. Un señor que ya llevaba mucho tiempo con ellos se encargó de calmarme y con el tiempo me convenció de que yo tenía demostrarles que sí podía. Pasados tres días me cambiaron el nombre y entré a la famosa ‘escuela’”, cuenta Daniela*.

Y así fue. Mientras otros niños del país, muy lejos de las selvas del Meta, cursaban junto a sus familias sus años escolares, como Daniela*, otros muchos solitarios se levantaban antes de que saliera el sol para asistir a la escuela de la guerra, en donde leer y escribir no les servía de mucho si no aprendían a tirarse de tres metros de alto, a permanecer inmóvil por tres horas de pie y pasar días sin comer.

Todo eso sumado a tener que cargar sobre sus hombros el peso de un fusil, 400 balas y dos arrobas de arroz, frijol o pasta.

“Nadie sabe lo difícil que es para un niño vivir eso, de las muchas rupturas emocionales que se llevan por dentro. Con el tiempo pensar en la familia era tan doloroso que muchos optaban por guardar en los más profundo de su corazón todo lo que amaban, mientras aprendían de la violencia”.

"Una oportunidad lo cambia todo"

En total han sido seis programas de entornos productivos los realizados por la ARN en el Valle que, con el apoyo de cerca de 50 aliados estratégicos del sector público y privado, han capacitado en procesos de agroindustria, gestión hotelera, fruticultura o buenas prácticas agrícolas a 107 personas desmovilizadas (72 hombres y 35 mujeres) que pertenecieron a grupos como el ELN, las Farc y Autodefensas Unidas de Colombia, AUC.

De esta manera, el Valle se convierte en el departamento que más personas de esta población ha beneficiado desde 2015 en todo el país, logrando que el 72 % de los excombatientes beneficiados estén vinculados a alguna actividad productiva actualmente, según explica Juan Carlos Roldán, enlace de coordinación de la ARN Valle.

“Este modelo pretende que personas como Daniela* puedan acceder a un grupo de formación que les permita agilizar su ruta de reintegración, recibir acompañamiento psicosocial y terminar sus estudios. Partimos de la idea de que una oportunidad lo cambia todo, y en este sentido, es muy importante entender que la paz no la hace el desmovilizado, ni nosotros como entidad, la paz la hacemos todos solo dando un oportunidad a la reconciliación”, dice Roldán.

Recuperar la libertad para perderla de nuevo

Ocho horas de pie, escondida entre las raíces de una bamba (árbol de raíces enormes), le tomó a Daniela* pensar si valía o no la pena huir de las Farc, luego de cinco años de haberse hecho a la idea de que “jamás iba a salir de ahí”.

Todo ocurrió un día de 2008 en medio de un ataque aéreo que realizó el Ejército al interior de la selva de La Macarena, Meta.

“Llegaron bombardeando a las 2:00 a.m. y me quedé ahí hasta las 10:00 a.m. Solo pensaba que era la oportunidad de ir a buscar a mi familia y corrí. Sin embargo, mi libertad solo duró seis metros, pues los militares solo estaban esperando que yo saliera. Ese día vi muertos a 19 de mis compañeros con quienes había crecido; mientras otros más agonizaban mutilados”, relata Daniela* entre varios momentos de llanto al acotar que tras la salida de las Farc, le esperaron cuatro años en prisión.

“De lo que fue de mi vida entonces no puedo decir nada diferente, solo que en este otro escenario de violencia pude encontrar a mi mamá, quien me había guardado luto todos esos años. Ahora, doy gracias a todos los que me han dado una oportunidad, porque gracias a ellos estoy terminando mi bachillerato y he empezado a estudiar lo que me gusta. Mi sueño es ser una ingeniera agrónoma y que mi mamá y mi hijo se sientan orgullosos de mí”, dice Daniela* al aclarar que espera ansiosa el día en que pueda contar su historia sin llorar, porque ese día, sabrá que las heridas se sanaron.

*Nombre cambiado por seguridad.

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