El renacer de un pueblo del Valle que 'le ganó' al conflicto armado en Colombia

El renacer de un pueblo del Valle que 'le ganó' al conflicto armado en Colombia

Octubre 15, 2018 - 11:50 p.m. Por:
Luz Jenny Aguirre - Especial para El País
Corregimiento de La Habana, en Buga, Valle del Cauca

En el corregimiento de La Habana, en el municipio de Buga, Valle del Cauca, la comunidad trabaja hoy por recuperar su vocación turística y agrícola, así como por fortalecer sus organizaciones comunitarias.

Foto: Especial para El País

Este año, el aniversario de la masacre de La Habana cayó un miércoles, tal cual como aquel macabro 10 de octubre del 2001.

Don Héctor, conocido en el pueblo como el ‘Araño’, dice que esa coincidencia le pone los pelos de punta, como también el hecho de que el firmamento se haya tornado oscuro a mediodía y que a la 1:00 de la tarde (la hora de los fusilamientos) haya empezado a llover, “como si el cielo estuviera llorando”.

Así hayan pasado 17 años de aquel hecho, cuando lo recuerda arruga la cara y soba sus brazos para aplacar la piel de gallina. Ese día, el ‘Araño’ se le escapó a la muerte.

En esa época, miembros de las autodefensas llevaban tiempo rondando en la zona rural de Buga, sembrando temor entre sus habitantes. Sin embargo, confiesa Héctor, “qué se iba a imaginar uno que hicieran algo tan terrible”.

Los relatos dicen que entre 20 y 30 hombres armados emprendieron camino pueblo por pueblo en el corregimiento de La Habana, recogiendo algunos hombres con la excusa de que debían estar en una reunión para oír un comunicado. Cuando llegaron a Alaska, una de las ocho veredas de La Habana, hicieron que mujeres y niños se escondieran en la sede de una de sus asociaciones comunales y a los hombres los pusieron en fila.

“Yo estaba cortando caña cuando me hicieron unirme al grupo, la verdad no sabía qué eran, si guerrilleros o paramilitares. Después supe que en Tres Esquinas, antes de llegar a Alaska, habían matado a unos vecinos. Cuando nos hicieron poner en fila india nos dijeron ‘troten’. Un compañero me dijo que creyó que nos iban a matar, entonces yo miré la manera de hacerme más adelante. De repente, escuchamos el grito: ‘¡tírense al piso!’ y empezaron a disparar”, cuenta.

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Héctor dice que se puso en “cuatro patas” y se tiró por un barranco, loma abajo, para salvar su vida. Afirma que un muchacho se lanzó con él y uno más se hizo el muerto.

Los cuerpos sin vida de los demás quedaron tendidos a las puertas de la institución agrícola de Alaska. En total, con las personas asesinadas en Tres Esquinas, ese día fueron masacrados 24 hombres, algunos de ellos menores de edad.

En la eucaristía con la que se recordaron los 17 años de aquel golpe al corazón de La Habana, el sacerdote leyó sus nombres con detenimiento, dándole tiempo al recuerdo de cada vecino y familiar que hacía memoria.
“Ese suceso le cambió la vida a este pueblo, nos llenó de dolor. Pero también nos hizo sacar nuestro lado más fuerte, nuestra capacidad de sobreponernos”, dijo el religioso.

En un acto simbólico, invitó a los presentes a encender una vela “para hacer conciencia de que la vida se puede apagar, pero también de que somos luz”.

Encender esa luz en las veredas de La Habana luego de la masacre ha sido una tarea de años, pero con frutos que ya son visibles.

Juliana Mejía, de la Unidad para las Víctimas, trabaja con esta comunidad desde el 2014, luego de que en el 2013 este territorio fuera declarado por el Gobierno Nacional como sujeto de reparación colectiva. Ella cuenta que además de la tristeza y el miedo, los hechos de violencia impactaron cosas tan sencillas, pero tan importantes como las tradiciones y el buen nombre de este pueblo. La Habana, Alaska y las veredas vecinas dejaron de ser los pueblos divinos, con ríos y cascadas espectaculares para hacer paseos, para ser reconocidos como los “sitios de la masacre”.

El desplazamiento originado con las muertes fue un golpe letal para la producción agrícola de la zona, así como para sus organizaciones comunitarias, que se desgranaron rápidamente.

Talleres, encuentros, sesiones colectivas para elaborar el duelo y el espíritu batallador de sus habitantes, sumados a cualquier cantidad de recursos y herramientas más hicieron poco a poco el milagro de la resurrección.

Sandra Viviana Ospina, lideresa de Alaska, es una de las portadoras de ese espíritu aguerrido que ha logrado ir transformando a un pueblo sufrido en un pueblo con esperanza.

“Aquí hay un liderazgo muy especial y muy bonito de las mujeres. Este territorio es hermoso, muy lindo, y ya hay mucha gente que ha vuelto a mirarnos como destino turístico y ambiental. Por ejemplo, ahora tenemos las fiestas de Guardianes del Agua, porque la riqueza hídrica es nuestro orgullo”, relata.

Aproplam (Mujeres Campesinas Productoras de Plantas Medicinales) y Asopad (Asociación de Productores Agroambientales de El Diamante) recobraron los bríos y hoy son motor de la actividad productiva de la zona. Y nació otra forma de organización a la que bautizaron ACRP La Habana, a través de la cual la comunidad ha recibido apoyo para cosas como restablecer el mercado campesino, que durante años estuvo ausente por causa de la guerra. Ahora, cualquiera que llegue a la plaza de La Habana un domingo encontrará las carpas y sus neveras organizadas con frutas, verduras y productos dignos exponentes de esta fértil tierra.

Las Fiestas de la Virgen de las Mercedes también volvieron a la agenda de esta comunidad hace un par de años, convocando a la gente no solo a misas y rosarios sino a danzas típicas, sancocho comunitario, carreras de encostalados y, por qué no, una noche de baile.

La transformación, incluso, ha sido estética. Muchas de las casas que algún día fueron abandonadas lucen actualmente de colores encendidos y contrastantes, lo que hace del recorrido de ascenso por la carretera un paisaje amable.

Los fines de semana, en especial los domingos, los pueblos son destino especial de los ciclistas que en grupo acostumbran a disfrutar de las rutas que les ofrece el Valle del Cauca y que rematan ‘pecando’ en una de las fritanguerías de las plazas.

Muy cerca al colegio agrícola de Alaska, Héctor construyó su casa con bejucos tejidos, toda una obra artesanal que es admirada por quienes la visitan. Con tapas plásticas de colores le fabricó cortinas y adornos, arte que comparte con los pequeños de la vereda, con quienes está diseñando flores para las fiestas de día de los niños.

“Le doy gracias a Dios porque ya no siento miedo y le pido con toda mi alma que la tragedia no se vuelva a repetir”, dice.

El ‘Araño’, como el pueblo, no olvida su historia, pero aprovecha su segunda oportunidad para seguir viviendo.

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