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Guerra, paternidad y conspiración: una lectura de One Battle After Another de Paul Thomas Anderson

La nueva película de Paul Thomas Anderson combina thriller político, sátira y drama íntimo para explorar las distorsiones psicológicas de la guerra permanente.

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El cineasta estadounidense Paul Thomas Anderson recibe el Oscar al Mejor Guion Adaptado por "One Battle After Another". | Foto: AFP

16 de mar de 2026, 02:50 a. m.

Actualizado el 16 de mar de 2026, 02:50 a. m.

Julián Alejandro Hernández, especial para El País

Hay películas que pretenden hablar de la guerra y otras que, con mayor honestidad, hablan del estado mental que esta produce y, One Battle After Another, dirigida por Paul Thomas Anderson, es una historia capaz de recordarnos las profundas consecuencias espirituales de la guerra: Más que un relato bélico convencional, la película funciona como una exploración de las distorsiones morales, psicológicas y políticas que surgen cuando una sociedad decide vivir permanentemente en estado de conflicto, esto lo logra con una mezcla de ironía, melancolía y lucidez.

En el centro de la historia está Bob Ferguson, (Leonardo DiCaprio), un antiguo militante radical atrapado entre el pasado revolucionario y una vida presente marcada por la paranoia y la culpa. Sin embargo, Anderson evita convertirlo en un simple arquetipo del revolucionario fracasado. Bob es, ante todo, un padre y, ese detalle —que podría parecer menor en una película atravesada por conspiraciones, persecuciones y células insurgentes— termina siendo el eje moral de toda la historia. A fin de cuentas, la mayor causa es nuestra casa.

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Sean Penn, podría ganar su tercer Premio Óscar, en esta ocasión a Mejor Actor de Reparto por 'Una batalla tras otra'. | Foto: Warner Bros. Pictures

La paternidad en la película no es sentimentalismo ornamental, por el contrario, es el último vestigio de humanidad en un mundo donde casi todo lo demás ha sido corrompido por la lógica del conflicto. Cuando la hija de Bob enfrenta las consecuencias del pasado político de su padre, la película abandona cualquier tentación épica y se convierte en algo mucho más interesante: una reflexión sobre cómo los ideales revolucionarios se transforman cuando el tiempo los somete a la prueba más incómoda de todas, la responsabilidad personal.

En esta historia Anderson nos expone algo esencial: ninguna guerra —ni siquiera la más ideológica— es un asunto individual. Por eso la película está poblada de personajes secundarios que no solo acompañan a Ferguson, sino que encarnan distintas deformaciones psicológicas producidas por el conflicto.

Uno de los más inquietantes es el coronel Steven J. Lockjaw, interpretado por Sean Penn. Su personaje representa lo que podría llamarse el fetichismo del aparato militar: la fascinación obsesiva por el orden, las armas, la jerarquía y la disciplina como si fueran una forma superior de racionalidad, —Anderson lo retrata con una mezcla de ironía y amenaza—. No es simplemente un antagonista, encarna la mentalidad que necesita la guerra para justificarse: Para él, el conflicto no es una tragedia ni una anomalía histórica, es el estado natural del mundo.

Una batalla tras otra
Una batalla tras otra | Foto: Warner Bros. Pictures

Anderson sugiere que, en un mundo dominado por el conflicto permanente, la cordura se vuelve una posición frágil. Ubicando en el extremo opuesto a Esther, la novia de Ferguson, interpretada por Regina Hall. Su inestabilidad emocional parece ser el reflejo íntimo de la misma guerra que el militar fetichiza, su aparente locura no es solo un rasgo de carácter, es el resultado de haber vivido demasiado tiempo en un entorno donde la conspiración, la clandestinidad y la paranoia son la norma.

Perfidia, interpretada por Teyana Taylor, es una figura que representa la solidaridad de los menos favorecidos. Perfidia encarna a quienes habitan en los márgenes del sistema y encuentran en la insurgencia una forma de dignidad colectiva. Anderson evita romantizar esta posición: su militancia es menos un gesto heroico que una consecuencia lógica de las desigualdades estructurales.

Y, sin embargo, uno de los personajes más interesantes es Sensei Sergio, interpretado por Benicio del Toro. Su figura funciona como un puente entre los distintos mundos que atraviesa la historia. No pertenece completamente a la lógica militar ni al idealismo insurgente, tampoco parece habitar del todo la vida civil. Sensei Sergio representa algo profundamente humano dentro de la narrativa: la conciencia cansada de quienes han visto demasiado para seguir creyendo en discursos absolutos.

Su relación con Ferguson está marcada por una solidaridad silenciosa, nacida más de la experiencia compartida que de cualquier ideología. Anderson utiliza su presencia para recordarnos que, en medio de los grandes relatos políticos, siempre existen figuras que comprenden el absurdo de la guerra mejor que nadie, precisamente porque han sobrevivido a ella. Este conjunto de personajes compone una especie de mapa moral del conflicto. El militar encarna la fascinación institucional por la guerra; Esther representa la fractura psicológica que esta produce; Perfidia simboliza la solidaridad ambigua de los marginados; y Sensei Sergio aporta la perspectiva escéptica de quien ya no cree en la pureza de ninguna causa.

A este entramado humano se suma otro elemento inquietante: la presencia de sociedades secretas y estructuras invisibles de poder que parecen operar en las sombras del conflicto. Anderson no ofrece explicaciones definitivas, pero deja suficientes pistas para sugerir que la guerra no siempre responde a causas visibles. A veces funciona como una herramienta de control, un mecanismo para reorganizar el poder y mantener a las sociedades atrapadas en ciclos interminables de miedo y vigilancia.

Desde el punto de vista cinematográfico, la película confirma una vez más la extraordinaria capacidad narrativa de Anderson. La estructura del relato es deliberadamente caótica, llena de desvíos, encuentros inesperados y episodios que parecen rozar el absurdo. Pero ese caos está cuidadosamente calculado. Anderson filma el desorden político con la precisión de un artesano que ensambla minuciosamente el universo del conflicto.

La fotografía merece una mención especial: La cámara alterna entre paisajes abiertos de California —casi demasiado hermosos para el mundo violento que contienen— y espacios cerrados cargados de tensión, donde la luz parece filtrarse con cautela. Este contraste visual refuerza una de las ideas centrales de la película: la guerra no siempre se manifiesta en explosiones o batallas visibles; a menudo se instala silenciosamente en la vida cotidiana.

Al final, One Battle After Another propone una especie de anatomía moral del conflicto y cada personaje encarna una forma distinta de relacionarse con la violencia política y sus consecuencias. Y en medio de ese paisaje de conspiraciones, guerrillas domésticas y paranoia institucional, el gesto más radical que propone la película no es la revolución. Es algo mucho más simple —y tal vez más difícil—: ser padre en un mundo que ha aprendido a vivir de la guerra y ya no cree en la ternura del cuidado.

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