CULTURA

Floribus, de Mónika Herrán: una exposición que enseña a contemplar la belleza de las flores anónimas

La exposición Floribus se encuentra por estos días en la Galería Kolectiva de Cali, pronto también será publicada en formato de libro.

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Floribus
Mónika Herrán nació en Medellín. Allí estudió diseño gráfico, pero su carrera fotográfica empezó en Venezuela y se consolidó en los 80, cuando se radicó en Cali, donde ingresó como asistente al estudio de Fernell Franco. Vive aquí hace 45 años. | Foto: Olga Lucero Cadena

15 de feb de 2026, 08:04 p. m.

Actualizado el 15 de feb de 2026, 08:04 p. m.

Todos —incluso los alérgicos al polen— aman las flores. Nadie negará que son un prodigio de la evolución y la demostración del genio artístico en la naturaleza, pero, entre las más de 350.000 especies clasificadas en el mundo, solo algunas parecen imponerse a la vista y en la memoria colectiva, como son las rosas, los girasoles y las orquídeas. Sobre todo cuando las entregan como obsequios floridos en días especiales, cuando eventualmente adornan las recepciones de oficinas estatales o cuando son cultivadas por manos delicadas en patios de tierra y materas dentro de las casas.

La belleza de las rosas, los girasoles, las orquídeas, los lirios, las violetas, las margaritas, las heliconias e incluso los claveles, entre otras flores populares, está fuera de discusión. Ellas inspiraron obras maestras, símbolos patrios, arquitectura, revoluciones y teorías científicas.

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Ipomoea purpurea, conocida popularmente como campanilla morada o manto de María. | Foto: Cortesía Mónika Herrán

En definitiva, son plantas con un aura demasiado elevada, finas y espirituales, que dejaron en la sombra a todas las demás, a esas otras flores anónimas, mundanas y comunes que, si bien están presentes a nuestro alrededor, su belleza pareciera invisible a nuestra mirada de seres alienados por la sociedad de consumo, donde solo concedemos una gota de atención a la última tendencia estridente que anuncian las redes sociales.

A esas flores despreciadas que persisten en llenar con sus colores, aromas y formas la ciudad, las que están con su bajo perfil en los andenes de las calles, los parques barriales, las orillas de los ríos y canales de aguas lluvias, las diminutas zonas verdes en las autopistas, que incluso crecen entre las ruinas de viejas edificaciones y lotes abandonados, son a las que Mónika Herrán dedica su serie artística Floribus, que estará exponiendo hasta el próximo 3 de marzo en la Galería Kolectiva, ubicada en la Calle 10 oeste No. 3-42, del barrio Santa Rita de Cali.

El concepto detrás de Floribus, que en latín quiere decir ‘entre flores’, podría calificarse como un manual de instrucciones para, en palabras del filósofo Santiago Beruete, “practicar la visión macro y micro, y reaprender a ver el mundo con otros ojos, creativamente”.

Paso 1. Recoger la flor caída

¿Cuándo deja de ser bella una flor? ¿Al morir y ser arrojada a la basura, al caer en la calle y ser pisoteada por los peatones? Para Mónika Herrán, una flor nunca deja de entregar su belleza. Por eso, cuando viajó por el Mediterráneo, en diciembre de 1989, mientras recorría las ruinas del Palacio de Adriano, en Cartago (Túnez), no dudó en recoger del suelo una flor de amapola —quizá arrastrada hasta allí por el viento o dejada caer por alguien—, un pequeño acto que impidió su destrucción bajo la marea de turistas.

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Primera flor de la serie, la Amapola de Adriano. En 2021, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, la serie Floribus fue expuesta en galerías y centros culturales de Vietnam y Tailandia, representando a Colombia en Asia. | Foto: Cortesía Mónika Herrán

“Primero pensé que era una mariposa, pero, cuando la recogí, vi que era una flor. Entonces la prensé en el cuaderno de notas de viaje que llevaba. Lo cerré, seguí viajando y luego regresé a Cali, donde lo guardé como 30 años. Cuando lo volví a abrir, me encontré la flor disecada en perfecto estado. Estaba hermosa y eso me motivó a escanearla en alta resolución, así empecé.

Cuando la vi digitalizada, me pareció interesante darle diferentes volúmenes, sin alterar sus colores y forma, encontrándome con un resultado sorprendente, en el que la flor adoptaba a mi mirada un sentido más artístico. Por último, se me ocurrió imprimirla en un buen papel de alto gramaje y me dio la primera obra de esta serie”, cuenta la artista.

La obra —titulada Amapola de Adriano— definió el original método artístico que siguió Herrán para desarrollar su proyecto gráfico en 2019. “Me dediqué a recoger flores en Cali, de la calle, de los jardines, caídas de los árboles, algunas arrancadas de materas, que fui encontrando por todas partes. Cada una fue prensada y secada, a la manera de un herbario y luego digitalizada con escáner. Después, con un programa de edición fotográfica, les di esa perspectiva macro, sin alterar su naturaleza”, explica.

Durante seis años recolectó las 96 flores que integran su serie Floribus y, además de exponerse en galerías y recintos culturales, serán impresas en formato de libro artístico, que se publicará entre abril y mayo del presente año.

Paso 2. Hacer un herbario personal

La poeta Emily Dickinson formó entre los 9 y 14 años de edad un herbario que, al principio, era uno de los pasatiempos más comunes y sanos para las adolescentes en la Nueva Inglaterra del Siglo XIX. Su casa de Amherst tenía un gran jardín trasero, del que extrajo muchas plantas y flores, aunque encontró más en expediciones por el campo y en otros lugares que visitó, juntando 424 especies silvestres y exóticas que prensó y clasificó en varios cuadernos conservados hasta nuestros días.

El crítico y ensayista Efrén Giraldo considera que su talento para componer herbarios, el juntar pétalos, tallos y hojas sobre el papel, fue su iniciación en el arte de unir palabras.

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Arundina graminifolia, conocida como orquídea de bambú, originaria de Asia. | Foto: Cortesía Mónika Herrán

Pero, más allá de su valor científico, sus herbarios son leídos hoy como “una botánica personal” y “un complemento del que gozamos lectores y lectoras de una creadora fundamental”.

En este sentido de clasificación botánica y creación íntima, Mónika Herrán creó su herbario subjetivo, en el que las flores son trasplantadas al papel y luego a la imagen digital, sin perder forma y color, solo enfocadas y dispuestas en una composición original de la artista.

“En el colegio me pusieron la tarea de hacer un herbario y con mi madre, en Antioquia, ella amaba mucho la naturaleza, salíamos al campo para recolectar las plantas y muchas flores”, recuerda.

El aspecto científico lo dejó en manos de expertos, como aclara ella misma: “Yo no sé mucho de botánica; me guía la intuición artística, de modo que acudí al herbario de la Universidad Icesi y allí, con los botánicos, clasificamos cada una de las flores que recolecté y les agregué sus nombres comunes y los originales en latín, así se podrán identificar en el libro”.

En el estudio para Floribus descubrieron que muchas flores son endémicas del trópico americano, pero otras, además de la amapola tunecina, no pertenecían a este continente. Son flores de Europa y Asia que, por algún azar, terminaron en una calle de Cali.

Una curiosidad similar ocurre con el herbario de Dickinson: en él se encuentra un ejemplar de jazmín tropical y una flor de cannabis, planta inocente para la época.

Paso 3. Detenerse, acercarse...

El crítico Germán García Orozco dice que “la fotografía de Mónika Herrán nos invita a detenernos”, refiriéndose a las series Retratos Particulares (2017), Anonymous (2019) y Lux Tenebrix (2024). A ellas debería sumarse Floribus, en tanto obra gráfica producida por mediación de un scanner, no de una cámara, patentando un novedoso método artístico.

“En un mundo saturado de imágenes, Floribus propone una experiencia contraria: mirar con atención, conceder tiempo a lo mínimo, permitir que lo aparentemente frágil despliegue toda su potencia visual y simbólica”, considera.

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Delonix regia, especie de árbol tropical, reconocido por sus flores rojas y anaranjadas. | Foto: Cortesía Mónika Herrán

La artista expresa que “las personas están acostumbradas a ver todo como paisaje, algo bonito de fondo, pero muy pocas veces se detienen a admirar con calma, porque esto toma tiempo y ya nadie tiene tiempo para agacharse a ver una flor en la calle; la mayoría quiere satisfacciones inmediatas, pero el arte exige mirar con detenimiento”.

“Nadie quiere quedarse viendo, pero esta es la única manera de conectarse con la naturaleza, percatarse de cómo las flores van cambiando sus colores, los árboles y su crecimiento. Parece que solo somos nosotros, como artistas, quienes bajamos la mirada hacia estas pequeñas cosas que ocurren alrededor, y con nuestra obra intentamos magnificarlas para que las personas reconozcan toda esta belleza, para que recuperen su capacidad contemplativa”, complementa.

El crítico destaca en Floribus una cualidad no figurativa, lograda a través de ese acercamiento extremo y desacostumbrado en la imagen: “Las flores aparecen completas o fragmentadas, regulares o irregulares, ampliadas hasta rozar la abstracción. En esa escala alterada, lo vegetal se vuelve casi corporal, y la imagen adquiere una presencia que oscila entre lo científico y lo poético”.

La obra de Herrán evidencia la gran ironía del arte moderno denunciada por Octavio Paz, según la cual para una humanidad que perdió su vínculo sagrado con el mundo y la realidad, el arte es su recurso de emergencia para restaurar el sentido de la trascendencia.

A la vez es un ensayo visual que celebra el poder de las pequeñas causas, porque mejorar el mundo puede empezar por levantar una flor del suelo.

Periodista y escritor, entre sus publicaciones destaca el volumen de ensayos ‘Libro de las digresiones’. Reportero con experiencia en temas de cultura, ciencia y salud. Segundo lugar en los Premios Jorge Isaacs 2022, categoría de Ensayo.

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