Cultura
El legado de Luisé
El hombre tímido, pero de trazos temidos, que puso en su lugar a personajes de la vida pública local, regional, nacional y mundial. El País, la que fue su casa por más de medio siglo, le rinde homenaje.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

25 de ene de 2026, 12:11 p. m.
Actualizado el 25 de ene de 2026, 12:11 p. m.
Noticias Destacadas
Por Luis Guillermo Restrepo Satizábal, especial para El País
Lo veo pelando su lápiz con una cuchilla que él mismo elaboró, con una tira de papel periódico como las de antes, que él recortaba, y con su mirada aguda, astuta, pequeña, que denunciaba su asombrosa capacidad para resumir los hechos en un trazo.
Porque así era Luisé todos los días. En la redacción de El País, periodistas, opinadores o investigadores, nos pasábamos horas y días escribiendo, corrigiendo y volviendo a escribir lo que después sería revisado antes de su publicación, para evitar los errores que siempre se nos pasaban. Menos él.
Luis perteneció a esa generación brillante de caricaturistas que dominó las secciones de opinión durante décadas. Seres humanos especiales que en un cuadro informaban y hacían la crítica necesaria para que los lectores conocieran la otra cara de las noticias. Personajes que pertenecían a la redacción de los diarios para retratar con su pluma la realidad o para mortificar con su humor y su sátira a los más encumbrados personajes de la actualidad local, regional, nacional o mundial.

En el caso de Luisé, llegó a mediados de los años 50 del siglo pasado a El País, dirigido por don Álvaro Lloreda. Venía de la Tercera Brigada, donde tenía como misión hacer las ilustraciones para enseñarles a los soldados las piezas del armamento y los símbolos de los cuerpos armados a los cuales pertenecían. Había estudiado diseño gráfico en la Escuela de Bellas Artes del Valle, en compañía de su amigo Ómar Rayo, quien luego se convirtió en referente del arte y la cultura vallecaucana.
Como se acostumbraba en los periódicos colombianos que tuvieron origen político, Luisé estaba al lado del director de El País. Sus caricaturas eran revisadas por don Álvaro Lloreda y eran parte principal del contenido del diario, marcando la línea editorial, la crítica o el respaldo a los protagonistas de la actividad política, económica y social de la comarca. Pero nadie tuvo en cuenta ese espíritu travieso del palmirano que con su lápiz mostraba la realidad vestida de humor.

Tan importante era la caricatura, que era la primera página del semanario El Gato, el que todos los sábados se devoraban los caleños por su humor, su sátira y su calidad. Rigot se llamaba el encargado de realizar esa caricatura, que pasaba o salía del consejo editorial encabezado por ‘Frisco’ González y donde participaban periodistas como Phanor Emiro Luna.
Un buen día de 1957, Laureano Gómez aterrizó en Cali a su regreso del exilio en España, pues su estado de salud le impedía llegar a Bogotá. Aquí se realizó una reunión homenaje al dirigente conservador que, con Alberto Lleras Camargo, había firmado el Acuerdo de Sitges, dando origen al retiro del entonces general y presidente de Colombia, Gustavo Rojas Pinilla. Laureano pronunció un discurso donde dividió a sus copartidarios entre el oro, aquellos que lo apoyaron cuando era presidente y fue derrocado el 13 de junio de 1953, y la escoria, los que de alguna manera respaldaron a Rojas y a Mariano Ospina Pérez, la contraparte del caudillo en el partido.
Luisé recibió el encargo de realizar la caricatura que reflejara el hecho. Así lo hizo, con un pequeño detalle: se le ocurrió dibujar un personaje muy parecido, casi idéntico al director y fundador de El País, don Álvaro, entre las personas que formaban parte de quienes fueron censurados por el expresidente Gómez. Fue una de las pocas veces en las que la caricatura fue publicada sin revisión.
Como era de esperar, la reacción fue inmediata. Después de despedir a Luisé, don Álvaro ordenó que buscaran a Rigot para reemplazar al autor de la insolencia. La búsqueda duró casi todo el día, hasta que un veterano periodista reveló la verdad: Rigot, el caricaturista de El Gato, era el mismo Luisé, el caricaturista de El País.
Superado el incidente después de las explicaciones y las excusas del caso, Luis siguió cumpliendo su misión. Con su humildad de siempre, con su mirada certera, con sus pocas palabras, porque él no hablaba ni escribía: él dibujaba la realidad, un ejercicio que exige más inteligencia y mucha más sensibilidad.
Luego, Hernando Santos Calderón se lo llevó para El Tiempo, donde estuvo más de una década y se codeó con lo más importante del periodismo colombiano. Aunque sus colegas de entonces en la capital de la República lo apreciaron en todo su valor y los directivos del diario lo respetaban, Luisé era vallecaucano y aquí volvió para quedarse.
Hace 28 años llegué a El País llamado para orientar las páginas de Opinión, y me encontré con Luis, con su mirada brillante y pequeña, con su sonrisa permanente, con su sabiduría y experiencia; con su lápiz afilado a su manera, con su fina ironía, con su coquetería, con sus acuarelas. Y, sobre todo, con su inteligencia que le permitía absorber la figura de cualquier persona en fracciones de segundo y dibujarla como si ella hubiera posado por horas.
Todos los días venía de Palmira a la Terminal de Transportes de Cali y llegaba al periódico sonriente. Todos los días, los integrantes de la redacción, jóvenes, viejos, lo saludaban y él respondía. Pero nadie podía acercarse a su trabajo hasta tanto él no lo entregara. Y nadie que lo conociera, dejaba de pasar por su cubículo cuando visitaba la redacción.
Luisé leía con cuidado para estar actualizado. Y todos los días, durante 24 años, a las 11:00 de la mañana, se sentaba en la misma silla a observar, a escuchar, a interpretar los aportes que los integrantes de Opinión realizábamos para definir nuestra tarea.
No participaba en las entrevistas a los personajes que iban al periódico, pero se le veía detrás de una puerta o una columna, o dando vueltas alrededor del entrevistado. Al minuto tenía el perfil de su “víctima”, de quien sería invitado frecuente de su pluma.
Lo que a nosotros los mortales nos demandaba horas y a veces días escribir, a él le tomaba minutos dibujar. Al final de cada reunión, Luisé entregaba cinco, diez, bocetos, dejándonos en la ingrata tarea de escoger solo uno y descartar lo que era una increíble exposición de inteligencia, arte y humor.
Luis Eduardo López, o mejor Luisé, recibió el premio María Moors Cabot. Nunca entendí por qué, con muy pocas excepciones, los premios de periodismo en Colombia ignoraron su monumental obra. Es un legado enorme el que deja quien durante décadas retrató y criticó la realidad y los protagonistas de la vida social y política de la cual él fue testigo.
Lo que sí tengo claro es que a Luis no le mortificaba tal omisión. Con el escepticismo que lo acompañó, ahora debe estar en el más allá sonriendo y buscando un lápiz para retratar y caricaturizar a los que quedamos en este valle de lágrimas.
Frase
“Luisé se ganó el reclamo de uno que otro senador que se creía víctima de su persecución, cuando, la verdad sea dicha, fue él quien lo convirtió en figura”.
Luis Guillermo Restrepo, exdirector de Opinión de El País.
6024455000







