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El Festival Petronio Álvarez la va a tumbá’ en sus 30: la historia detrás de la fiesta afro
El evento que nació como festival de música, hoy es la plataforma cultural más importante del Pacífico colombiano. La Casa Grande prende la fiesta del 9 al 17 de agosto. Su historia, sus hitos y sus logros.
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9 de ago de 2026, 01:21 p. m.
Actualizado el 9 de ago de 2026, 01:21 p. m.
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A don Petronio Álvarez Quintero, un hombre de imponente presencia, dos metros de estatura, carisma y el don de ponerle música y letra a todo lo que movía su corazón, le debe su nombre el Festival más grande de la cultura afrocolombiana que ya cumple tres décadas, que rebautizó el mes de agosto en Cali, porque en la capital vallecaucana “no es agosto, es Petronio, legado que retumba”.

Nacido el 1 de octubre en 1914, en Cascajal, Buenaventura, Petronio llegó a Cali con sus padres, Juana Francisca Quintero Asprilla, una chocoana escritora de versos, y de José Joaquín Álvarez Micolta, que llegó al puerto a finales del siglo XIX, y fue maquinista y músico.
Siguiendo los pasos de su padre, durante dos décadas, Petronio fue maquinista de locomotora en el Ferrocarril del Pacífico y alternó su oficio con la poesía, el canto, la trova y la composición musical. Tuvo 10 hijos con la nariñense Veneranda Arboleda Rodríguez, su gran amor, sobreviven 7: Cristina, Juana, Nancy, Gladys, Iván, Gerardo y Leyda, 26 nietos y 18 bisnietos.


Leyda, la mayor, cuenta que su papá tenía 17 años cuando, mientras contemplaba las olas que rompían contra el arrecife en las playas de su pueblo natal, dio forma a la canción que catapultaría a la música del Pacífico: Mi Buenaventura: “Las olas centelleantes vienen y te besan / Y con un suave rumor vuelven y se alejan”. Fue grabada por Tito Cortés y Los Trovadores de Barú, en 1952, luego se volvería himno en más de 25 versiones grabadas. En 1935 Petronio creó el conjunto musical Buenaventura. A él lo inspiraban la naturaleza, los ríos, el tren, y el amor profundo que sentía por su esposa, Veneranda.
“Cuando se iba para La Feliza, en el tren, se sentaba a hacerle canciones a mi mamá”, dice la hija, Leyda, quien ahora le tararea a su nieta las canciones escritas con pluma y tinta china y bella letra: “Al río Cauca viendo correr, mi vida se desliza, lloro hasta más no poder, una tarde en La Feliza. Cuando el sol se iba ocultando la noche tendía su manto. Mi corazón en un llanto, tristemente lamentando, ¿dónde estará mi querer? Yo voy cantándole al Valle con mi guitarra adelante”.
De joven, Petronio fue monaguillo en la iglesia de Buenaventura. Y hasta al atril llevó su genio humorístico y su chispa como cantautor, al componer ‘Bochinche en el cielo’, canción en la que puso a los santos a bailar la jota del Pacífico. Doña Leyda recuerda risueña como el obispo amenazó con excomulgarlo por poner a bailar a San Pedro, Santa Juana y San Juan.
Su apodo, ‘El Cuco’ nació de una hazaña ferroviaria. Conduciendo la locomotora No. 1 cargada desde Buenaventura hacia Cali, Petronio se encontró con un antiguo puente de madera que amenazaba con colapsar por el peso del convoy. Aceleró con valentía y al cruzar el último vagón, la estructura se vino abajo. Sorprendidos de su audacia y destreza, sus compañeros exclamaron que manejaba como un demonio y lo bautizaron ‘El Cuco’. Tras jubilarse de su oficio como maquinista en 1958, Petronio se mudó a Cali, a Salomia, donde deambulaba en las noches en bares, cantinas y estaderos cantando junto a cantores y serenateros.

Padre excepcional, dulce y generoso con sus diez hijos, legó una pauta de crianza amorosa que ha perdurado por generaciones, como sus canciones. El Rey del Currulao dejó bambucos, merengues, huapangos, sones, abozaos y jugas. Entre sus composiciones están Teresa, Roberto Cuero, El Porteñito o Adiós al Puerto, Vespertina, El Piñal, Chopero, Overol, Linda Porteña, Coja la Pareja, Felisa, Muy Indigna, Despedida, Adela, Año Viejo, Cali, Ciudad Sultana, Adiós a Colombia, El Cauca, Viendo Correr y La Caña de Azúcar. Fueron suyos también tangos y milongas, por algo lo llamaron El Gardel del Puerto: El Suicida, Recordación, El Cortito, Con mi Guitarra, Canto en Arrabal, El Pecho me está Doliendo y Despedida.
Su labor en las locomotoras de vapor expuso sus pulmones al hollín humo de carbón en los túneles, lo que le provocó cáncer de huesos que le arrebató la vida a los 55 años, el 10 de diciembre de 1966, en el barrio Salomia de Cali.

“Mi papá me sigue manteniendo”, dice risueña su hija Leyda, porque las regalías de las canciones de Petronio Álvarez que suenan en el Festival, las reciben sus hijos.
Dado su porte y corpulencia, no hubo féretro que le sirviera y la cooperativa ferroviaria mandó a hacer un ataúd de 2.5 metros de longitud; tampoco cabía la multitud en su sepelio, toda la ciudad asistió a despedir al Rey del Currulao, y un minuto de silencio en su memoria se ofreció en el Estadio Pascual Guerrero.
Hoy, sus descendientes promueven su obra a través del ensamble Los Cucos, en el que participan hijos, nietos y sobrinos de Petronio, como el marimbero Esteban Copete, que estarán en la clausura del Festival Petronio Álvarez 2026.
Desde hace 20 años. los hijos de Petronio crearon la Fundación Petronio Álvarez, que en Chiminangos brinda capacitación en música, danza y cocina.
Pese a que en su última canción: Despedida, Petronio dijo: “Buenaventura de mi loco afán, que con el tiempo de mí no se acordarán. Buenaventura de ti hoy me despido, porque mañana estaré en el olvido”, el Festival creado hace 30 años da fe de su inmortalidad. “Yo imagino a mi abuelo en esa tarima tocando su guitarra, sin mirarla, poniéndola detrás del cuello, sin perder el tono, haciendo gozar a la gente con sus cantos del Pacífico”, dice sonriendo su nieta Debbie.
¿Cuándo y por qué nació el Festival Petronio Álvarez?
Los cimientos del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, dice Yamileth Cortés Arboleda, subsecretaria de Artes, Creación y Promoción Cultural de la Secretaría de Cultura de Cali, se levantaron desde la iniciativa de líderes regionales y la insistencia de la maestra Juana Francisca Álvarez, hija de Petronio Álvarez, quien buscaba mantener vivo el legado de su padre.

En 1996 la propuesta halló un impulso bajo la gobernación de Germán Villegas Villegas y la dirección cultural de Germán Patiño. Después de precuelas como Cununo 2000, Pacífico Canta, el Festival empezó a gestarse. En 1997 nace como un acto de visibilización y reconciliación ciudadana: Cali, que había recibido a miles de migrantes del litoral Pacífico en búsqueda de oportunidades, necesitaba un espacio institucional que reconociera su identidad pluriétnica. “Fue —aclara Cortés— un acto político para hermanar culturalmente a la ciudad con sus colonias afros y permitir que Cali empezara a reconocerse como una ciudad negra”.
Llamarlo Petronio Álvarez surgió cuando Patiño revisó una publicación de Sayco sobre las canciones colombianas más escuchadas en el mundo, y vio que la icónica composición, Mi Buenaventura, ocupaba el segundo lugar de popularidad global (la primera era Muchacha de Risa Loca), pero casi nadie conocía ni daba crédito a su autor afrodescendiente. Dicho bautizo fue un acto de justicia histórica para dignificar la autoría intelectual de las comunidades afro.

En la primera administración del alcalde Jorge Iván Ospina, nació la Muestra de Expresiones Tradicionales, incorporando la cocina ancestral, las bebidas autóctonas como el viche, la artesanía, la luthería y la moda étnica. Con todo el proceso de Petronio, “se comprendió que en la cosmogonía del Pacífico la música es transversal a otras expresiones: se canta mientras se cocina, se narra el territorio mientras se trenza el cabello y se teje la comunidad en torno al saber heredado”, dice Yamileth.

Con la acogida del Petronio y su crecimiento, la casa le quedó pequeña. Con un tímido lanzamiento, inició en el Paseo Bolívar (1997); la primera versión fue en el Teatro al Aire Libre Los Cristales, al ampliarse las modalidades pasó a la Plaza de Toros donde estuvo cuatro años, de allí migró al Estadio Pascual Guerrero (2011), luego saltó a las Canchas Panamericanas y al final se asentó en la Ciudadela Petronio junto a la Unidad Deportiva Alberto Galindo.
En 2021, tras la pandemia, el Petronio no se hizo en agosto sino en diciembre, y el espacio adoptó el nombre entrañable de La Casa Grande del Pacífico, aludiendo al hogar de los abuelos, donde las familias extendidas se reúnen los domingos a compartir, sanar y encontrarse.

Viche, el salto histórico
El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez no es solo un encuentro de marimbas y cantos; es el refugio donde late la memoria viva del litoral y un motor fundamental para la resistencia y salvaguardia de tradiciones como el viche, manifestación ancestral.
Durante décadas, cuando la bebida era perseguida judicialmente y estigmatizada bajo la categoría de licor ilegal, las cocinas y stands del festival sirvieron como un refugio seguro de soberanía y resistencia comunitaria. Al congregar a miles de personas en Cali, el Petronio visibilizó el valor identitario, medicinal y sagrado de esta bebida ante el resto del país, presionando la agenda pública hasta convertir el consumo festivo en un acto de orgullo étnico.
El festival no solo protegió a los maestros destiladores de la persecución económica, sino que cimentó el camino político, social y legal que finalmente llevó a que este destilado fuera reconocido formalmente como patrimonio nacional en noviembre de 2021 en Colombia, a través de la aprobación de la Ley 2158 (o Ley del Viche) y su inscripción en diciembre por parte del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural.

Así lo reconoce Teresa de Jesús Hurtado Meza, llideresa y vichera de Timbiquí, Cauca, que pertenece a la Asociación de Embajadores del Viche del Pacífico, Asemvic, de los cuatro departamentos vicheros. Ella desde el año 2008 ha llevado a Cali, a través del Petronio, no solo los sonidos de su tierra, sino también el elíxir sagrado de sus ancestros: el viche.
Este destilado de la caña de azúcar que para el común de la gente se percibe como una bebida alcohólica exótica, para las comunidades negras representa la máxima expresión de la curandería, la partería y la resistencia espiritual.
Hurtado pertenece a una numerosa dinastía familiar donde el arte de la destilación y el conocimiento botánico se han heredado por generaciones: “Yo desde que nací, en la casa de mis abuelos, siempre vi el viche y el concepto era el mismo: salud”, evoca la sabedora.
El viche no ha tenido un camino fácil hacia la legitimidad y ella sí que lo sabe. Desde su infancia, fue testigo de la persecución estatal que sufrían los productores artesanales en ríos como el Saija o el Micay. “Los inspectores del Estado, armados, decomisaban el viche transportado en pimpinas, destruyéndolo en los ríos o castigando a los campesinos con trabajos forzados”. El trasfondo no era de salud pública, sino económico: el Estado buscaba imponer el consumo del aguardiente rentado de las licoreras departamentales sobre el licor propio de las comunidades.

Hoy, se ha dado un vuelco histórico. Gracias a la visibilización impulsada por el Petronio, el viche pasó de llegar camuflado en botellas de límpido o milanta a estar protegido por la ley que lleva su nombre y que lo reconoce como bebida ancestral y patrimonio de las comunidades negras del Pacífico, para quienes el viche puro y sus botellas curadas (fusionadas con plantas medicinales) son la primera y a veces, única línea de defensa contra enfermedades físicas y emocionales. “Desde curar un dolor de muela, calmar un mal de estómago o aliviar el espanto”, cuenta esta vichera.
Donde se manifiesta con mayor fuerza su carácter sagrado es en la partería tradicional. La medicina del viche, cuenta Teresa, acompaña a la mujer del Pacífico desde su menarquia para regular el periodo y asegurar la fertilidad futura. Tras el parto, preparaciones como la tomaseca y los bebedizos con plantas, viche y miel purifican la matriz durante la dieta de los 40 días y estimulan la lactancia. “Nosotros no necesitamos pastillas ni inyecciones. Es tomarse esas bebidas y santo remedio”, sentencia Teresa, testigo del efecto poderoso de este saber ancestral.
A pesar de los avances con la obtención de registros sanitarios y la reglamentación de los derivados transformados —como las cremas recreativas de maracuyá, chontaduro y el tradicional “con leche” (macerado de cítricos) que Teresa vende— la implementación de la ley enfrenta grandes retos en el territorio. La antigua persecución fiscal mutó en nuevas problemáticas: la delincuencia común y las extorsiones en puertos como Buenaventura o en las carreteras complican el tránsito del producto hacia las ciudades.
Hay una preocupación latente frente al interés de grandes industrias y personas ajenas a la comunidad que buscan apropiarse de las recetas bajo el pretexto de capacitaciones o fichas técnicas. Teresa es categórica: “La academia puede fortalecer los insumos, pero la propiedad intelectual y el saber deben permanecer en nuestras comunidades. Exigir infraestructuras de producción inalcanzables para los campesinos del río abre la puerta a que capitales externos desplacen a quienes resistimos”.
Los invitados

Masaka Kids Africa, de Uganda, bailará el 12 de agosto en la apertura con Petronito y Zankofa.
El jueves 13 se presentará el ensamble Petronio 30 con Markitos Mikolta y Zully Murillo que interpretarán canciones legendarias.

El viernes 14 cierre Herencia de Timbiquí. El sábado 15, Ganadores de Ganadores.
El jueves 13, ensamble Los Cucos, familia de Petronio Álvarez le canta (foto).
El domingo 16, final con Colombia Folclórica IUIPC, La Contundencia, Bahía, homenaje a Germán Patiño y Juana Francisca Álvarez.
De 140 agrupaciones, fueron seleccionadas 47 para participar en cinco modalidades del concurso musical. La nueva es Ganadores de Ganadores.
Isabel Peláez. Escribo, luego existo. Relatora de historias, sueños y personajes. Editora de cultura, entretenimiento y edición de contenidos digitales.









