El País

Del circo a la comedia digital

Rogelio Peral, conocido hoy como Mayiyi, nació en una familia circense y su abuelo fue uno de los payasos reconocidos de Cuba.

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Rogelio Peral
Rogelio Peral | Foto: Rogelio Peral

15 de mar de 2026, 07:19 p. m.

Actualizado el 15 de mar de 2026, 07:19 p. m.

En el circo, antes de que la música arranque y antes de que alguien salga a escena, hay un segundo particular. Un silencio breve en el que se ajusta un detalle mínimo y se mira al público como quien toma una medida. Quien creció en ese mundo aprende rápido que la risa no se improvisa del todo. Se trabaja.

El circo no aparece en el relato de Mayiyi como postal nostálgica, sino como escuela práctica: maquillaje, rutina, ensayo, el error que obliga a corregir en el instante. Y, sobre todo, la reacción del público sin filtros.

A los 12 años, la vida le cambió el ritmo. Un accidente le desprendió la primera y segunda vértebra del cráneo. El diagnóstico fue duro. La posibilidad de sobrevivir era incierta y, si lo lograba, las secuelas parecían inevitables. Con el tiempo, ese episodio dejó de contarse como golpe dramático y empezó a aparecer como un punto de conciencia.

No lo convierte en trofeo narrativo. Lo resume así, seco y directo: “Si sobrevivía, me dijeron que apenas podría mover la boca”. La frase queda ahí, sin subrayados, y aun así ordena el resto de la historia.

La adolescencia trajo otro quiebre. A los 17 llegó a Estados Unidos. No lo cuenta como un salto glamuroso, sino como una etapa de fricción. Hubo noches en la calle mientras su madre estaba hospitalizada, y también hubo un tipo de silencio que no tiene que ver con estar solo, sino con no tener respuestas.

En ese tramo, el trabajo fue cambiando de forma, pero no de dirección. Volvió al circo, armó un grupo musical, aprendió ingeniería de sonido, abrió un estudio. La música le afinó el oído. El sonido le enseñó paciencia. El circo sostuvo una intuición que después sería clave: el ritmo es una forma de inteligencia.

Más adelante estudió cinematografía y fue reconocido como director. Ese dato, que en una biografía se colocaría como logro, aquí funciona como engranaje: el cine le dio estructura, manera de contar y una forma de mirar lo cotidiano con intención de escena.

Mayiyi nació, paradójicamente, el día en que algo salió mal. Escribió y dirigió un cortometraje, pero el actor principal no apareció el día del rodaje. Con el equipo listo y sin tiempo para rearmar todo, decidió asumir el papel.

No fue una decisión heroica, sino una salida de emergencia. Aun así, ese paso improvisado reveló un registro que hasta entonces no estaba en primer plano. “Tenía miedo, pero sentí que estaba exactamente donde debía estar”, recuerda.

En redes, al inicio, probó como prueban muchos: sketches, chistes, formatos distintos. No todo conectaba igual. El punto de quiebre llegó con una parodia sobre la cuarentena y el toque de queda. La reacción fue inmediata. La gente se reconoció en lo que estaba viendo y lo compartió como se comparten las cosas que parecen hablar de uno sin pedir permiso.

Ahí apareció una idea que sostiene buena parte de su trabajo: la comedia funciona mejor cuando toca algo real y reciente, cuando no se siente fabricada. En su caso, eso no lo llevó a repetir una fórmula, sino a afinar un enfoque. Situaciones cotidianas, referencias cercanas, un tono que no necesita explicarse demasiado.

Y está el trabajo detrás. En un ecosistema donde muchos creadores delegan grabación, mezcla o edición, Mayiyi suele involucrarse en casi todo el proceso. Graba voces, ajusta tonos, filma, edita. Repite tomas, cambia líneas y se devuelve a corregir. La rutina puede volverse insistente, y él no lo disimula: “Yo corto, vuelvo a ver, me río solo y digo ‘esto está durísimo’… y a los cinco minutos lo cambio otra vez”.

Su historia, vista en conjunto, no se entiende como una línea perfecta sino como una acumulación de oficios. El circo le dio escenario. La música le dio oído. El cine le dio narrativa. La experiencia migratoria le dio una forma de mirar sin suavizar tanto las cosas.

Y aunque hoy el público lo encuentre en una pantalla, hay algo que sigue funcionando con lógica antigua: la comedia, al final, se sostiene por una pregunta simple. ¿Esto hace sentir algo o no? En el circo la respuesta llega en el acto. En redes, tarda un poco más. Pero el criterio, para él, parece el mismo.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Entretenimiento