Las escuelas de fútbol, una salvación de la violencia para los jóvenes de Cali

Las escuelas de fútbol, una salvación de la violencia para los jóvenes de Cali

Septiembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas
Las escuelas de fútbol, una salvación de la violencia para los jóvenes de Cali

En algún momento, hace muchos años, la cancha de La Fortaleza fue una buena cancha, con pasto y superficies planas que no hacían saltar el balón como si tuviera un sapo adentro. De hecho, tiene sistema de drenaje y riego, pero en el barrio siguen esperando ayuda para cambiar las tuberías rotas.

En Cali hay 102 escuelas de fútbol que, en vez de negocio, son salvación. Según la Fifa, sin embargo, por cada futbolista profesional, veinte fracasan.

Vistiendo una sudadera del Inter de Milán, pulcra pero manchada con muchas puestas, Éver Gonzalías cuenta lo que le pasó a uno de los niños que entrenan en la escuela de fútbol que funciona en la cancha que mira mientras habla, un peladero: “Le mataron al papá y él sabe quiénes son. Allá en ese barrio la cosa es así. Yo tengo otro que dice que en la casa le guarda el arma a un amiguito del mismo tamaño, que ya ha matado, pero que él no es así, que solo le hace el favor. El niño al que le mataron el papá tiene 12 años y su abuelito lo trae hasta acá porque si juega en la cancha de su barrio también lo matan a él”.El niño tiene el mismo apellido de un jugador de la Selección Colombia y por ahora ser futbolista es un sueño apremiante. Quizás cuando termine el año las suelas de sus guayos estarán tan lisas como las de un par de zapatillas de ballet. Lejos, entre salpicaduras de hierba seca pero todavía verde, en la cancha sobresalen pistas de arena sobre las que una bailarina también podría hacer su rutina sin temor a tropezarse con un grumo de césped.El niño no suena como esos que bailan con la pelota: juega de volante contención y el profe Éver no hace ninguna cara al contarlo, no le preocupa si es bueno o malo, crack, queso, calidoso o tronco. Solo que tres veces a la semana vaya a entrenar, a correr por un balón y no por el miedo, a ejercitar el músculo de la resistencia. A cuatro cuadras de la cárcel municipal y protegida por una reja metálica que después de los entrenamientos aseguran con candado, la cancha se mantiene viva llevando el mismo nombre del barrio: La Fortaleza.Éver, 60 años, dos hijos varones, dos niñas y un Renault 4 verde, creció viendo a su papá lidiar con un equipo aficionado, el Atlético Junior de Cali, con el que fue campeón de liga en segunda y cuarta categoría. De ahí, dice orgulloso, salió El Niche Guerrero, puntero veloz del América que alcanzó a jugar en el Bari italiano y que cada que venía de Europa pasaba por el barrio a saludar. Pero el viejo se cansó de lidiar con sus otros jugadores sin paga, muchachos ya en edad hormonal de hacerle el quite al balón yendo de baile en baile, que en el barrio siempre ha sido tan importante como el fútbol.Así que en 1999 acabó el equipo para montar una escuelita de niños que empezó con 15 balones y de la que se hizo cargo como técnico, preparador físico, administrador de deudas, gerente de empanadas bailables para comprar el uniforme, aguatero, kinesiólogo y presidente de rifas para completar lo del mismo uniforme. La escuela desde entonces lleva los mismos colores: camiseta blanca de rayas rojas y pantaloneta azul rey, igual que la selección del Paraguay, nunca un equipo brillante pero siempre aguerrido. Como el barrio y la cancha, la escuela también se llama La Fortaleza.El papá de Éver no vivió del fútbol aunque dedicó sus días, de una u otra manera, a ayudar a enderezar el caminado de la gente: era zapatero. Muchas veces él mismo cosió varios pares de guayos para los niños que luego entrenaba por las tardes: “Hacíamos los taches con pedacitos de suelas de caucho que sobraban, le sacábamos la forma con una cuchilla”. Seis meses después de haber empezado la escuela, el papá de Éver murió y una de las solicitudes en su lecho de enfermo fue que no la dejaran acabar. En cumplimiento, Éver pues, se convirtió en ‘el profe’ y al igual que ese niño al que le mataron el padre y ahora es su alumno, comenzó a ir a la cancha tal vez para entender que las patadas de la vida no siempre son el final.***Durante los últimos años, las escuelas de fútbol han crecido en Cali casi de manera silvestre, en parques, canchas de barrio, complejos deportivos, gramados sintéticos, la cabeza de futbolistas retirados, clubes de la Corporación para la Recreación Popular del Municipio y peladeros, básicamente, como una alternativa no solo de ocupación, sino muchas veces de resguardo para los chicos de una ciudad donde el año pasado 247 menores de edad cayeron asesinados en sus calles. Con 247 chicos podría armarse la alineación de 22 equipos de fútbol. En el 2013, el Ministerio de Educación contó más o menos 50.000 chicos que aquí mismo permanecían fuera del sistema escolar. Con 50.000 chicos podría llenarse el estadio Pascual Guerrero.Aunque ante la Cámara de Comercio figuran inscritas apenas 12 escuelas de fútbol, solo en Cali, la Liga de Fútbol del Valle tiene registradas 102 y en todo el departamento pueden llegar a ser 300. Daniel Vásquez, trabajador de la Liga, cuenta que cada año, para los torneos, deben hacerse más o menos 12.000 inscripciones de jóvenes futbolistas que a veces encuentran allí, a través de una escuela y torneos nunca transmitidos por televisión, la vida cerca, a una patada.A pesar del furor desatado por la Selección Colombia en el Mundial, que ha empujado todo tipo de negocios asociados (Carvajal Educación, por ejemplo, con los cuadernos del equipo llegó a facturar 600.000 unidades vendidas en la temporada escolar, según Dinero.com), el de las escuelas no es un fenómeno nuevo en la ciudad.Diego Marinés, delantero que en el fútbol aficionado es conocido como El Tigre quizás por la fiereza de los récords que a sus 46 años todavía ostenta -25 goles en 11 partidos-, dice que siempre ha sido igual: “Cali es una ciudad de escuelas”. Desde el 2009, El Tigre está al frente del Club Deportivo Liberpaz, la antigua escuela que hace más de veinte años montó el papá del exfutbolista Lucio España, asesinado en Jamundí en el 2005. En Liberpaz, que siempre ha tenido como sede la cancha del barrio Los Alcázares, jugó él y jugaron sus amigos que crecieron yendo de cancha en cancha a enfrentarse con equipos de tantas escuelas que el inventario de nombres no alcanza a caber en el estadio de su memoria.Ahora, en compañía de su hermana, su esposa y su cuñado, Liberpaz entrena a 85 niños que tienen el mismo sueño de su hijo Sebastián, que los quiere ser futbolista. “En ese sentido el Mundial sí ayudó: el ejemplo de Falcao y James ha empujado mucho”. El Tigre, sin embargo, tampoco vive del fútbol y parte del mantenimiento de la escuela depende de los zarpazos que le haga a su economía personal. “Pero no la dejo, es un trabajo muy bonito”.Detrás del salvamento social que representan, hay, en todo caso, un negocio. Ahora ya todo es más organizado, dice desde una oficina con frío artificial, Alberto Granados, gerente deportivo de la Escuela Carlos Sarmiento Lora, el modelo de formación futbolística mejor estructurado del país. Granados se refiere a lo que sucedió con sus egresados más ilustres, Mario Yepes, Faustino Asprilla y Faryd Mondragón, cuyas transacciones deportivas nunca revirtieron en el porcentaje económico que, por formación, hoy las escuelas reciben cuando uno de sus jugadores llega al profesionalismo. “El caso más cercano es el de Fair Play, la escuela de la que salió Falcao que ahora, con lo del Manchester, debe recibir algo”.En 1984, la Carlos Sarmiento Lora fue fundada como la reserva del Deportivo Cali pero cuando el equipo organizó su cantera, la escuela, aunque ligada sentimentalmente al verde, siguió trabajando por su lado. En estos años por allí han pasado tantos jugadores que calcularlos resulta humanamente imposible. Por eso tienen un software español que facilita el trabajo y revisar, en tiempo presente, la actualidad de cada uno. A un click y desplegado en un cuadro, es el caso, Granados puede ver que Giovanny Portilla Zúñiga, dientes blancos en la foto, 18 años, miembro del equipo juvenil A, corte a lo James Rodríguez, ha jugado ocho partidos pero en uno fue suplente. Y que hizo una asistencia de gol.Granados, que ha vivido la mayoría de sus 43 años alrededor del fútbol y trabajó como asistente técnico de Néstor Otero en el Huila, Cali y Quindío, dice que un equipo profesional, cada año, no incorpora a su nómina más de tres juveniles. En Colombia, con 18 equipos en la categoría A, eso significa tan solo 54 cupos anuales. Recientemente, la Sarmiento puso a Óscar Estupiñán en el Once Caldas, a Bryan Sánchez en el Junior y a Fernando Hurtado y Weiner Riáscos, en la Montverde Academy de La Florida, Estados Unidos. Las escuelas, son también, una puerta abierta para las narices que dejaron chatas otras puertas cerradas.Aníbal Quiroz, presidente del Club Deportivo Cyclones, cree que esa es otra razón por la cual esta es una ciudad de escuelas: “El Cali y el América no dan abasto y los muchachos, ante la negativa, buscan donde jugar”. Pero sobre todo donde soñar. Cyclones, que funciona en una cancha del municipio gracias a un convenio con la Corporación para la Recreación Popular, que le permite entrenar en el Parque de Caña, se ha ido convirtiendo en los últimos años en una opción distinta a las de los siempre congestionados América y Cali. Cyclones juega de azul y de allí salió Alejandro Peñaranda, delantero del América, hoy dirigido por un técnico que también entrenó a Cyclones y fue campeón con ellos: John Jairo López. Los chicos, entonces, sueñan ahora con también ser Cyclones. Los chicos siempre sueñan.“Yo quiero se como James para ayudarle a mi mamá”, dice ‘chinga’, 9 años, chancletas que le funcionan como guayos en una calle de El Vergel, barrio del distrito de Aguablanca sin parques ni canchas pero con 17 pandillas. ‘Chinga’, en todo caso, no va a ninguna escuela. Solo juega fútbol por ahí, afuera, casi en cualquier parte, cerca de la casa y gambeteando motociclistas afanados y perros que le tratan de morder la pelota. Juega casi en cualquier parte porque no puede ir a cualquier parte; las rayas blancas que en el fútbol marcan los límites de la cancha y determinan las reglas del juego, también existen en el barrio y ponen linderos que, traspasados, pueden ser un fuera de lugar mortal: en el fútbol que se juega de aquel lado de la ciudad esas líneas se llaman fronteras invisibles. En el 2013, el 84% de los menores de edad asesinados en Cali tenían entre 15 y 17 años.“Nuestros jugadores van del estrato cero al tres”, dice Aníbal Quiroz, desde una cancha de Comfandi Pance donde el pasado jueves el equipo juvenil de Cyclones daba una demostración de fútbol. “Hace seis años, cuando empezamos a entrenar en el Parque de la Caña, fue necesario hablar porque había tardes que no dejaban entrar a algún muchacho. Les encontraban, camufladas en la bicicleta, un chuzo o una navajita para defenderse por si los iban a robar, viven en sitios muy difíciles. Ahora se organizan, se van juntos, estamos pendientes de ellos, son otros futbolistas, pero es una realidad que está ahí”.Aunque cada año la Secretaría de Deporte del Deporte de Cali destina 6.400 millones de pesos para apoyar el programa de escuelas de formación deportiva que en distintas canchas de la ciudad funciona gratuitamente, las escuelas de fútbol que cobran por la inscripción o los clubes deportivos como Cyclones no acceden a esos recursos. Cyclones, que es uno de los equipos aficionados más organizados de Cali, con sicólogo, médico y subsidios de transporte y alimentación para sus jugadores élite, se mantiene “con el patrocinio de Luis Felipe Posso”, empresario de futbolistas que a través de su firma Posso Fútbol (con sede en Tampa, Florida), representa a jugadores como Bryan Perea, Juan Pablo Pino, Felipe Baloy y Román Torres. “La idea es sacar jugadores para el mercado nacional y para afuera. Y la idea es que se vayan bien. Al jugador le corresponde el 8% de toda la transacción, eso está regulado por la Fifa, pero siempre se intenta que el futbolista quede bien. Hay arreglos en los que les toca la mitad”, asegura Quiroz. Si bien es cierto y la Fifa estipula topes y formas de negociación, en la ciudad de las escuelas nadie alcanza a regular todo lo que detrás de un sueño se puede esconder y los casos de los engaños se repiten como una pifia del destino. Hace apenas dos meses, un chico de 18 años que vivía en Cali fue tentado por un empresario que le juró un futuro redondo en Bolivia; cuando llegó allá le dijeron que no había contrato, ni negocio ni nada, así como él no tenía nada en sus bolsillos para regresar. Su mamá, en ese tiempo y por temor, prefirió no hacer la denuncia. Aunque al despedirse del fútbol, su dios más terrenal imploró lo contrario, la pelota se mancha en todos lados: de acuerdo con un informe de El País de España, hasta el año pasado había en ese país 80.000 africanos menores de 25 años, pero solo 29 de ellos jugaban en primera división. “Según estimativos de la Fifa, por cada jugador que alcanza el profesionalismo, 20 fracasan”, dice el artículo.***Tres años después de hacerse cargo de la promesa a su papá, el profe Éver fue contactado por Ricardo Martínez, extécnico del Cali que mediante la fundación Crecer Jugando dirige en Colombia el programa Intercampus, un proyecto de padrinazgo social que el Inter de Milán desarrolla en distintos países. El programa, sin vínculos con ningún equipo y a través de buenos hombres, se blinda para que los recursos que envía desde Italia en uniformes, implementos deportivos y apoyo para la organización de torneos, quede allí. “No están buscando futbolistas. Solo que los niños se mantengan ocupados”, dice Martínez. Los niños entonces, no tienen que pagar, solo jugar. Y el profe Éver se las arregla para dividir el tiempo entrenándolos a ellos y a los otros chicos que pagan lo que pueden para seguir vistiendo la camiseta de rayas rojas que en el pecho defiende el nombre del barrio. Niños como ese al que le mataron el papá y que intentan, bailando entre los fantasmas de arena que el viento levanta de la cancha, darle una patada a las otras vidas que los corretean casi agarrándoles una pierna.Además de en La Fortaleza, Intercampus funciona en El Guabal y Andrés Sanín. También en La Paila, Corinto, San Antonio, Villarrica, Tumaco, Puerto Carreño, Buenaventura, Palmira, Rozo y Yumbo. “Los uniformes son originales, los mandan desde allá”, cuenta Éver, pelo gris a ras, piernas largas, tenis Puma, reloj digital de pulso plástico. “Cuando se los entregamos les decimos que es un premio por su desempeño, por su sacrificio. Usted viera la cara de hacen esos niños…”Éver, jubilado de la central eléctrica de Anchicayá, tampoco vive del fútbol, dice al fin sin mirar a la cancha: es mediodía y dos chicos que se quedaron jugando al otro lado del enmallado, esperando a que se abiera el candado, tuvieron un accidente; uno de ellos aparece con la cabeza rota. Mientras le atranca la sangre, el profe amaga sonreír: “Yo no vivo del fútbol, yo vivo para el fútbol”. De su mano, otro chico herido entra a la cancha y la reja de La Fortaleza se vuelve a cerrar.Golazo a la vidaEn el 2007 la Fundación Carvajal hizo un censo en el barrio El Retiro de acuerdo con el cual, en ese momento, 11.500 personas vivían allí. La mitad eran menores de 18.Cuando fueron expuestas las cifras, la gente del barrio habló de la necesidad de encontrarle ocupación a esos chicos y enseñarles de inclusión, respeto, solidaridad, persistencia, de otra manera.Así nació Golazo, un programa social diseñado para darle uso al tiempo libre de esos chicos, a través del fútbol. Desde el 2009 hasta hoy, más de mil menores se han vinculado aprendiendo cosas que van más allá del campo de juego: una de ellas, que ni en la cancha ni en la vida, el lugar de las niñas es un rincón. Por eso en los entrenamientos de Golazo, un programa que mezcla el componente social con el deportivo, las niñas juegan: son ellas las que tienen que marcar el primer gol de los partidos, en los que no hay árbitros y las diferencias se arreglan dialogando.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad