Anthony Zambrano, un 'albañil' de sus sueños (Perfil)

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Anthony Zambrano, un 'albañil' de sus sueños (Perfil) 

Octubre 06, 2019 - 12:05 a.m. Por:
Hugo Mario Cárdenas - Reportero de El País
Anthony Zambrano

Anthony Zambrano, atleta colombiano.

Efe / El País

Anthony Zambrano de la Cruz, flamante subcampeón mundial de atletismo en los 400 metros planos, llegó al mundo en medio de condiciones tan adversas que no le auguraban el mejor de los futuros: era el hijo de una mujer humilde, que subsistía de empleos informales, sin un techo dónde albergar su pobreza y con un padre que jamás quiso reconocerlo.

Para complicar más su paso por el mundo, acababa de nacer en La Guajira, para entonces la región más desigual del país y donde los niños más que a sueños, se aferraban a fantasías inalcanzables.

Sonaba por eso tan irreal, e incluso cruel, la predicción del horóscopo ese sábado 17 de enero de 1998 anunciando que quien naciera en ese día “era una persona con metas claras; con una idea firme de lo que desea conseguir y capaz de evaluar con eficacia sus probabilidades de éxito. Aprende a temprana edad lo que hace vibrar a un ser humano y entiende la importancia de la motivación”.

Pero los astros no tenían por qué saber que esa Guajira de finales de los años 90 presentaba uno de los indicadores sociales más bajos del país y que el único espacio que tenía garantizado Anthony Zambrano era engrosando las estadísticas de pobreza, desigualdad, desnutrición y necesidades básicas insatisfechas.

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Los Juegos Supérate, organizados por el Gobierno Nacional, a través de Coldeportes, fueron los que determinaron la oportunidad de progresar al entonces chico de 17 años.

Zambrano, oriundo de Maicao, se convirtió, después de brillar en esos juegos, amparados en el Sistema Nacional de Competencias Deportivas, en la gran revelación del Mundial de Atletismo de Menores de Cali en 2015.

La primera carrera por sus sueños la corrió todavía de brazos. Apenas tenía un mes de vida cuando su madre, Miladys Zambrano de la Cruz, decidió trasladarse a Barranquilla en busca de un empleo y un mejor futuro para su hijo.

En las calles polvorientas de la Urbanización Las Dunas no solo quedaron las huellas de sus primeros pasos, sino el registro de esa destreza y velocidad que un médico confundió, a la edad de 6 años, con un trastorno de hiperactividad; por lo que le prohibió las golosinas e intentó frenar su ímpetu con fármacos para la ansiedad.

Cercados cada vez más por la pobreza, a sus 10 años salieron de Barranquilla para rentar una habitación más económica en un barrio marginal de Soledad, Atlántico.

Mientras Miladys se ganaba la vida como empleada de servicio o cocinando en restaurantes, su hijo salía después de clase a perseguir balones como quien persigue sueños. Sus conocidos apostaban que por su talento y velocidad con la pelota tenía probabilidad de éxito en el fútbol. En el barrio Villa Katanga, del municipio de Soledad, lo apodaban ‘Asprilla’.

Reunir el dinero del arrendamiento seguía siendo una odisea y empezaron a rodar de casa en casa y Anthony de colegio en colegio, pero la ruleta sabía exactamente dónde detenerse y en qué momento.

Mientras Zambrano, a sus 14 años. se desempeñaba como albañil para ayudar a su madre en los gastos de la casa, la vida le tenía presupuestado un giro radical.

Fue cuando Ezequiel Suárez, su profesor de Educación Física en el colegio María Cano, al verlo correr lo incentivó a participar en unos juegos intercolegiados que se realizaban en la Universidad del Atlántico, en Barranquilla, donde hizo de los cronómetros un carnaval.

“Él llegó con el cuento de que iba para un intercolegiado y le firmé el permiso; al siguiente día llegó con dos medallas. Luego de un Municipal volvió con dos medallas más y en el siguiente intercolegiado con otras cuatro. Ese día me dijo que quería ser atleta e ir todos los domingos a practicar”, recuerda su madre Miladys.

Ya todos sabían que el pequeño albañil estaba hecho del mismo material con que se construyen los campeones y que en las pistas era casi inalcanzable.

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Tres años después, en 2015, la institución educativa de Anthony Zambrano fue inscrita en el programa Supérate Intercolegiados y al veloz guajiro le bastaron un par de competencias para hacerse un lugar en el equipo nacional de atletismo.

Era tanto su talento y velocidad que ni siquiera tuvo tiempo de ser promesa en este deporte; sin la preparación suficiente, a punta de talento y ganas, participó en el Mundial Juvenil de Atletismo de Cali, donde su nombre fue coreado como el de los grandes en las graderías del Pascual Guerrero, logrando un honroso séptimo lugar en su primera participación mundial.

El sueño de ser veterinario o de rendirle un homenaje a su madre estudiando la carrera de criminalista que ella nunca pudo hacer, quedó aplazado y su vida empezó a girar en torno al atletismo y al deseo de compensar el esfuerzo de ella por sacarlo adelante.

“Mi vida ha sido una carrera de obstáculos. Yo sé lo que es trabajar desde los 9 años porque me ha tocado muy duro, pero sigo luchando por cumplir mis sueños y el de mi madre”, señala Zambrano, quien jamás tuvo un padre, pero que en los 400 metros planos parece otro hijo del viento.
Igual que sus ídolos, Usain Bolt y Caterine Ibargüen, con quien posa orgulloso sus fotos en las redes sociales.

El mismo orgullo con el que su madre Miladys, a quién le ha dedicado cada uno de sus logros, guarda las medallas y cada una de las escarapelas con las que ha corrido en Colombia, Brasil, México y España, Perú y ahora Catar.

En ese mismo continente, en Asia, Anthony buscará conseguir otra histórica medalla, cuando busque pulverizar cualquier marca en los 400 metros planos de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.

Lo claro es que, a base de grandes zancadas y remates espectaculares, en los que parece tener tres pulmones, Anthony Zambrano llena de ilusión a los colombianos.

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