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Sobre mares nórdicos y guerras tropicales,  selección de poemas de Áloz Rojas

Agosto 20, 2020 - 03:24 p. m. Por:
 Redacción de Gaceta
Mujer observando el mar

El poeta caleño Áloz Rojas solo ha publicado un libro en toda su vida, se trata de ‘Festejos y memorias’ (1996) una obra de culto entre los conocedores de la poesía local. En sus versos hay marinos escandinavos que cantan ante la soledad del mar, así como mujeres y niños que lloran en medio de la guerra colombiana. A punto de publicarse una reedición de este extraordinario libro de poesía, compartimos algunos poemas con nuestros lectores.

Foto: Istock / Gaceta

“Áloz Rojas merece el calificativo de maestro de la poesía, quien a pesar de la madurez de su obra no ha sido muy estudiado. Su forma de estructurar su creación poética, apelando a la memoria, escribiendo mentalmente, como un moderno Homero que festeja, sueña y canta su vida de viajero constante. Áloz escribe lentamente, verso a verso, y los va cantando y cantando y más cantando, como si fuera un orfebre construyendo una joya. Sus memorias están bañadas por una serie de historias de vida que se matizan en palabras precisas, en metáforas serenas y en un festejo preciso a través de la contemplación. Con un estilo único, su poesía demuestra un compromiso vital, que nos va sumergiendo en las obsesiones que lo habitan: los puertos, los espacios en movimiento, la cotidianidad de personajes que logra convertir en mitos universales”.  Walter Montes

Palabras del marinero Paal Ovrum a su mujer que espera en el puerto

Aloz Rojas

Álvaro Lozano Rojas (Áloz Rojas) nació en Cali en 1945, a sus 28 salió del país y vivió 8 años con una familia Noruega, después viajaría años más por Europa hasta regresar a Cali.

Foto: Especial para Gaceta

Para Fernando Cruz Kronfly

Dices que la quemadura de mi mar
es una mentira.
Que ese mar me aparta de tus brazos.
Que los vientos que me ausentan y me traen
nos han ido acercando al olvido.

Dices que el rumor del agua es una pesadilla
en las madrugadas de tu sueño,
que esta orilla cubierta de piedras y de espuma
no es lugar para la espera.

Dices que desde tu ventana
el horizonte es un paisaje triste salpicado por tu llanto.

Pero te digo, mujer,
que la quemadura de mi mar no existiría sin tu espera.
Que todos los vientos me llevan hasta tu ventana.
Que el rumor del agua es mi canción empujada por la brisa.
Y el agua que arropa tus pies en esa orilla
te trae hasta mí, dibujada en la espuma.

Te digo también
que cada vez que miro el horizonte
te encuentro asomada en ese paisaje triste que te agobia.

Obra de la memoria

“Oigo en la tarde un atareado rumor de multitudes que se aleja.
Son los que me han querido y olvidado”.
JORGE LUIS BORGES

El hombre sentado de espaldas
al esplendor que alumbra los verdores de la orilla,
ya no escucha el estruendo del mar en los acantilados.
Dice que la luz se apagó en la penumbra de sus ojos.

Ese hombre que recuesta el perfil en el cristal de la tarde
ha transitado todos los caminos del agua.
Conoce bien los oficios que trajinan las vecindades del viento.

Pero ahora sólo escucha
la nítida canción de los recuerdos,
el murmullo de conversaciones lejanas
y un rumor de pasos que se acerca.

Son los que ha querido y ahora regresan del olvido.

La maestra

Cuando entraron las balas por la ventana de la escuela
la maestra quedó crucificada como una mariposa de sangre
en el cielo de tiza dibujado en el tablero.

Antes de la eternidad de ese instante
sus alumnos aprendieron los distintos nombres del árbol,
soñaron un mar poblado por delfines
y un barco tripulado por niños que buscaban la isla del tesoro.

Aprendieron la fraternidad del abrazo,
uno a uno
mejilla a mejilla
y cantaron una canción que habla de un hombre
que renace en el sueño
y estrena un mundo sin rencor y con asombro.

Pero esa tarde oscureció temprano
por el llanto y el humo en la escuelita de Mapiripán.

Ana Tulia

Los muchachos que se llevó la guerra
los trajeron arropados con banderas tristes
y con los lirios de bronce de un viento de trompetas.

¡Tus muchachos que se llevó la guerra, Ana Tulia!

Ante el difuminado resplandor del altar de la patria
les rindieron honores los obispos y los arzobispos,
los políticos, los banqueros y los empresarios.

Desfilaron las reinas de belleza
con sus edecanes y las cantantes y los cantantes de moda.

Desfiló el sagrado Corazón de Jesús
escoltado por la caballería.

Como soldaditos de plomo
jugando a la guerra,
desfiló el ministro de la Defensa con sus generales.

Y el Presidente,
comandante en Jefe de los generales,
te dio las gracias en nombre de la patria
por tus muchachos que se llevó la guerra.

¡Tanta vida por tan poquita patria, Ana Tulia!

Liberata Batalla

Liberata Batalla vio pasar desde la ventana
todos esos muertos que bajaban por el río
con los vientres hinchados,
arropados por la mortaja de luz
del último resplandor del crepúsculo.

En las orilla del río,
en los ranchos de martillo y tablas,
y en las remotas veredas del viento
los hombres hablaban en voz baja
como si escondieran las palabras.

En las noches de los caseríos
de la penumbra de las casas
salían cantos tristes y plegarias
y voces que presagiaban la nueva visita del espanto.

Liberata Batalla apretó contra el pecho
su muñeca de trapo y soltó un llanto sin tregua
que se escuchó en todos los caseríos del río Telembí.

Omilkar el grande

Omilkar parecía de viento fundido, pero murió cuando empezaba la siembra del año pasado. Omilkar era hijo de Judith, la que nació en la cordillera de los días de la guerra. En cierta forma, Omilkar heredó los disparates de la abuela, porque después, cuando ya era Omilkar el grande, subió su vaca al campanario para que pastara en el cielo.

Fue el día que el cura monje le dijo:
—Limpia la cúpula de la iglesia que está cubierta de yerbas y de madreselvas.
Entonces Omilkar subió su vaca al campanario y la puso a rumiar entre aleluyas.

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