Crónicas para extranjeros en su propia tierra, diálogo con el periodista Juan Miguel Álvarez

Diciembre 20, 2022 - 05:00 p. m. 2022-12-20 Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta
Juan Miguel Álvarez

Juan Miguel Álvarez obtuvo el Premio Anagrama de Crónica por su libro ‘La guerra que perdimos’, un serie de historias del conflicto armado, donde el periodismo más minucioso pisa los terrenos del ensayo.

Foto: Víctor Galeano

Durante más de 10 años, Juan Miguel Álvarez recorrió las poblaciones más violentadas de Colombia, para retratar la guerra interna pero no con la mirada de un periodista tradicional, de aquellos que obedecen una agenda y buscan registrar la ‘noticia del día’. La suya, es una mirada que se deja impactar, que no rechaza ‘como un profesional’ toda la carga de emociones que conlleva observar y escuchar la tragedia ajena. Por el contrario, sabe que “el conflicto armado colombiano, ha sido, más que nada, un holocausto de civiles”, y esta convicción se convirtió en el presupuesto ético y estético de sus crónicas, donde contar la realidad pasa por la capacidad de reproducir en el lector ese dolor visceral de las víctimas, ponerlo en ese lugar que nadie desea ocupar, rompiendo la burbuja de la indiferencia.

En ‘La guerra que perdimos’ (Premio Anagrama de Crónica ‘Sergio González Rodríguez’ 2022), el lector siente en lo más profundo eso, que perdimos todos, no solo las víctimas. Quizá por eso, el periodista decidió escribir estas crónicas como contando a un extranjero, o a un marciano, qué es Colombia y por qué nos matamos. Salvo que el lector externo al caos colombiano, en primer lugar, es el mismo colombiano. Pero, esa capacidad de revelar un país que constantemente negamos, solo es posible, cuando el periodista asume una total independencia y busca la verdad humana, la que no obedece a formatos o tendencias, la que no maquilla con eufemismos, la que nombra la barbarie con las precisas palabras de las víctimas y victimarios. En ese sentido, Juan Miguel Álvarez es un periodista libre, en estado salvaje, de los que se dejan atravesar por la realidad. Porque, como sabía Kapuscinski, no se puede hablar del dolor ajeno, solo del dolor compartido.

La guerra que perdimos

Publicado por Editorial Anagrama, distribuido en Colombia por Grupo Penta.

Foto: Especial para Gaceta

—El libro está dirigido a lectores por fuera de Colombia, en España y Latinoamérica, así que adopta un tono divulgativo, no obstante los colombianos podemos leerlo y, de hecho, resulta iluminador. ¿Considera que en cuanto al conflicto armado, muchos colombianos son como extranjeros en su propia tierra?

Ese es el propósito, el libro es también para los colombianos que no están muy informados acerca del conflicto armado o que tienen ideas parciales o que han desarrollado dentro de sí ideas o certezas poco argumentadas sobre el conflicto armado.

—¿Cómo analiza ese nivel de ignorancia frente a lo que sucede en su propio país?

Se ha dicho sobre esta situación que es un mecanismo de defensa, eso es lo más elemental. Solo hace 10 minutos estaba hablando con uno de mis mejores amigos, que estaba diciéndome que no le gustaba leer las crónicas sobre conflicto armado, porque lo volvían mierda. Y esa sensación de daño moral interno, no es exclusiva de él, buena parte de los lectores, de la gente que está entregada la lectura y a la vida contemplativa del arte, en la que se incluye la escritura, cuando se enfrentan a un libro que habla de una manera tan directa y muestra tantas escenas donde queda tan evidente el dolor de los demás; pues la gente probablemente sale despavorida.

Volviendo al ejemplo del amigo mío, mi libro anterior que se llama ‘Verde tierra calcinada’, donde también toco temas de este tipo, y él siendo tan buen lector no ha sido capaz de terminarlo, hasta ahora admitió que lo lee a pequeños sorbos durante todos estos cuatro años que han transcurrido. Eso no es nada cuestionable, sino que es la manera básica que un gran sector de lectores en Colombia tienen para asimilar la información del conflicto armado, porque es dura y trastoca la vida cotidiana.

También podemos decir es que para otro sector de la población esa indiferencia no es un mecanismo de defensa, aunque actúan de manera indiferente, y esto es muy normal de nuestra época, de nuestro país, de nuestro continente. El hecho de la indiferencia sobre el dolor de los demás es un asunto egoísta y sobre el que difícilmente se puedan sacar conclusiones. Uno trataría de conversar con estas personas para hacerlas entrar en razón, pero tampoco se trata de transformar radicalmente la vida de los demás.

La información de guerra para un resto de la población colombiana, sobre todo urbana, es un relato muy doloroso y que prefieren evitarse, no quieren sentirlo, porque probablemente sean muy sensibles y les duele mucho. Pero para otro sector de la población es la indiferencia calculada, porque básicamente no quieren que sus vidas tranquilas terminen siendo fisuradas por la realidad de la violencia.

—¿Por qué tuvo la necesidad de reescribir estas historias, dejando algunas más cortas o más largas, y en diferentes formatos, de como fueron publicadas originalmente?

Considero que el trabajo de la escritura debe verse también con un enfoque más abierto, incluso comercial. La idea aséptica del escritor que escribe una historia y no la puede volver a escribir porque ya la publicó, y como el lector ya la recibió de esa forma, a partir de ahí no puede volver a experimentar con esa misma historia porque, según esa idea, sería algo un irrespeto al lector o un reencauche o no sé qué más… Esas ideas tan radicales del trabajo del escritor que primaron durante todo el Siglo XX y que son básicamente enciclopedistas, de la Francia del siglo XVI y XVIII, me parecen manidas. No acepto eso, yo puedo escribir la misma historia las veces que me dé la gana y como me dé la gana, si con eso puedo llegar a más lectores.

La historia de Paulina (En la crónica “Paulina busca a su hija”), la primera versión fue para una edición de la revista Semana y esa historia tenía 1800 palabras, después hice una versión para El Malpensante, que tenía como 10 mil palabras, y después, con la misma historia hice un capítulo de ‘Tierra verde calcinada’, donde tenía 15 mil palabras. Ahora la incorporé en ‘La guerra que perdimos’, pero editada y escrita para públicos que no conocen Colombia. Por lo que tiene expresiones distintas, tiene datos distintos, tiene un comienzo completamente nuevo, y una estructura narrativa en función de llegarle a otro tipo de lectores. Es esencialmente un ejercicio comercial que como escritor lo normalizo, para oponerme a la certeza histórica de la asepsia del escritor enciclopedista o incluso decimonónico que básicamente es la que ha primado en Colombia. ¿Qué si esta vez es la última? No, hay que reescribirla y publicarla todas las veces que sea posible para llegar a más lectores.

—En ese trabajo de reescritura llegó al punto de ver a Cristina (hija de Paulina), y en algún momento de la crónica dice que la podía escuchar, ¿el cargar con esta historia y escribirla tantas veces permitió que se identifique más intensamente con las víctimas?

No lo había pensado así, pero ahora que lo menciona, bien puede ser el caso. La verdad ese viaje, esa historia, ese encuentro con Paulina, todo lo que aprendí de esa situación lo llevo dentro de mí y probablemente reescribirla tenga algo de eso, como un reflejo mediante el cual yo me reconstruyo, periódicamente, puede ser que sí.

—Como periodista que conoce a fondo la barbarie del conflicto armado en Colombia, ¿de qué forma sobrelleva la carga humana, emocional y psicológica? ¿Cómo digiere todo lo que escucha de víctimas y victimarios?

Ha habido momentos en todos estos años de trabajo y en todos estos libros que he hecho, que me han dejado muy derrotado, muy triste y afligido, pero lo que intento hacer son básicamente dos cosas: primero, unas acciones físicas tendientes a emplear mi tiempo libre en cosas muy divertidas, me dedico a las actividades que más disfruto hacer. Así me aíslo completamente del trabajo, entonces pasan varios días y semanas sin escribir una línea, sin pensar en nada más. Trato de pasar el tiempo solamente en momentos de diversión, y algunas veces también de reflexión.

Pero lo otro, es que la escritura que yo hago en mis libros, no las crónicas para revistas, es una escritura íntima, que sale de adentro de mí. No es como la crónica que te encargan los editores, donde hago una escritura pública que pasa por las exigencias informativas y exigencias técnicas específicas. La escritura que yo aplico en mis libros, es una escritura visceral, una escritura de desahogo, una escritura de confrontación, una escritura de momentos muy emocionales para mí. Los libros me permiten una escritura liberadora, y este tipo de escritura funciona también como terapia.

Pasar el tiempo libre en cosas divertidas que me pongan la cabeza en otro lado, y además de eso, escribir de manera liberadora, son lo que ha hecho que sea una persona que aún no tenga en riesgo su salud mental. No sé más adelante, pero por lo pronto me ha funcionado.

—Entre las crónicas hay unos capítulos de transición que ha titulado “Trampas de esta guerra”, donde escribe de una forma más ensayística. ¿Por qué incluyó estos pensamientos en los que asume posturas frente a los hechos, más como escritor que periodista?

El libro tiene un enfoque específico que es divulgarle a la gente no colombiana, al mercado de Anagrama, que es España, México y Argentina, sobre todo, lo que es el conflicto armado colombiano de una manera incluso didáctica, muy expositiva, de tal forma que hasta la persona más desinformada sobre el asunto tenga las herramientas suficientes para comprender no solo las historias que están allí, sino aproximarse a la realidad nacional con respecto a la violencia.

Los ensayos cumplen esa función que, en primer lugar, es servir de contexto sobre algunos momentos específicos. Como verás, esas “Trampas de la guerra” están puestas después de dos o más crónicas. Eso significa que el primero obedece a los conceptos políticos que yo quería destacar en las dos crónicas anteriores. Además, como la crónica es narración, yo añado esos episodios para poder dedicarme a la interpretación, es decir, incidir decididamente en el pensamiento de los lectores; ese es básicamente un lujo que me estoy dando como escritor, más que como periodista, un lujo que me estoy dando como cronista, tratar de escribir en tono de influencer político, si es que sirve esa expresión, para poder darle certezas a los lectores sobre lo que yo considero que ha sido el conflicto armado colombiano.

Claramente es un atrevimiento, la gente dice “es que usted es muy atrevido” y “si lo que usted escribe ahí no es real”, “o está ideologizado o está desfasado”, bueno, puedo caer en ese riesgo, pero ya los lectores me juzgarán.

Esa es la primera misión de esos textos, la segunda es que yo quería desde hace rato tratar de estrenarme como ensayista, pero no escribiendo ensayo académico, sino ensayo narrativo, escribir en primera persona, y donde además de la argumentación con fuentes de segunda mano, se pueden encadenar experiencias o asuntos que son de primera mano; o sea, cosas que me pasaron a mí o cosas que les pasaron a las personas con las que hablo. El ensayo narrativo no solo se compone de una investigación bibliográfica, sino también de la experiencia. Ese tipo de ensayo, que es muy de la escuela gringa, me fascina.

En algún momento yo quisiera ser capaz, es bien difícil, de hacer un libro que tenga no sé, cinco ensayos de temas distintos de cosas que me rodean a mí como ciudadano, y este fue como el primer paso hacia esa meta, si es que puede llamarse meta, porque todavía no lo he definido, pero al escribirlos me dije: “me voy a exigir como ensayista”.

—¿Cómo empezó en este oficio? ¿Cómo nació su impulso de escribir crónicas?

El culpable de todo es mi papá, él era periodista y escribía crónicas en los medios para los que trabajó. Las crónicas de mi papá eran muy virtuosas, llenas de mucha plasticidad en el lenguaje, y mucha erudición. Y cuando yo estaba como en edad de merecer lectura, él empieza a guiarme con algunos autores específicos que me llevaron otros, así llegó un momento cuando me empieza a hablar de libros que él me definía de la siguiente manera: “Mijo, esto puede ser una novela, pero una novela de hechos que fueron verdad, donde el escritor va, investiga y además de esa investigación, escribe una historia real”. Esa era la manera pedestre en que él me explicaba lo que era el periodismo literario. Y me pasó un montón de autores gringos cuando yo tenía 17, 18, 19 años, de la corriente clásica del nuevo periodismo, y eso me quedó grabado de por vida.

De hecho, el primer libro que yo me leí completo en la vida, y que además era un trabajo del colegio, y disfruté como un putas, fue ‘Relato de un náufrago’. Tenía 11 años, y mi papá me dijo: “léase este libro, cortico y súper entretenido”. Cuando terminé de leerlo, él me explicó que había sido una historia que pasó, y que García Márquez la narra, la escribe a partir de una investigación. Después supe que no fue una investigación, sino una serie de entrevistas que le hizo al protagonista.

El caso es que su guía siembra en mí una inquietud, después cuando escojo estudiar periodismo, es porque claramente ya tenía adentro esas ideas del periodismo literario, aunque en esos primeros momentos también empiezo a coquetear con la ficción y cosas así, pero al finalizar la carrera estoy completamente decidido ser solamente cronista.

—¿Quién fue su padre?

Miguel Álvarez de los Ríos, él publicó en muchos medios, en las lecturas dominicales de El Tiempo. Incluso fue subdirector del periódico El Pueblo en Cali un montón de tiempo, después fue asistente de la dirección del periódico El Occidente, por eso yo viví en Cali varios años. En esa época mi papá escribía crónicas para esos periódicos, además de columnas de opinión. Él hacía el trabajo obrero de la sala de redacción o de ser editor, de guiar grupos de periodistas en esos dos periódicos, El Pueblo y El Occidente.

En Bogotá publicó en El Tiempo, El Espectador, y en la revista Vea que era como la antecesora directa de lo que después fue la revista Soho, pero esa revista circuló durante los años 70 y parte de los 80. También trabajó en la revista Consigna, que era un medio proselitista, aunque tenía un espacio de crónica, dedicado al periodismo literario. Mi padre falleció en enero de este año.

—¿Por qué decidió dedicarse exclusivamente a la crónica y ejercer el periodismo de forma independiente?

Cuando estudié periodismo, me gradué en el 2003, los periódicos estaban en una decadencia absurda y las revistas funcionaban como un aparato distante del lector, no firmaban los artículos, recuerdo que la revista Semana se dio a la tarea de parecerse a la Newsweek donde la gente no firmaba nada, sino que eran textos avalados por el nombre de una institución. En esa época el periódico El Espectador no existía como diario, era un semanario, porque habían entrado en una crisis terrible en el año 99 y trabajar ahí no era tampoco una opción, todo era muy precario.

Por otro lado, El Tiempo era excesivamente gobiernista y yo era antiuribista a morir y no me iba a meter a trabajar allí ni a bala. De modo que cuando terminé mi carrera, Colombia era básicamente una gran hacienda uribista y yo recién graduado no iba a hacerle el juego.

Estudié y vivo en Bogotá, así que para mí tampoco era una opción trabajar en periódicos de otras ciudades, porque no me quería ir de esta ciudad. Entonces, por un lado, todas esas posibilidades laborales estaban cerradas. Y, bueno, los canales de televisión habían despegado no hacía mucho, los privados en los que trabajé un poco, pero realmente yo no quería trabajar en televisión, yo quería escribir, porque ha sido mi vocación y ha sido mi formación, finalmente descarté también la televisión.

Así que muy rápido me decidí a trabajar como freelancer, con todo lo que eso implica, pero para dedicarme a eso tenía que trabajar también en otras actividades, como escritor y editor de textos corporativos, haciendo revistas institucionales, ser como una especie de obrero de edición y de redacción de textos que no pertenecían al mainstream del periodismo colombiano, sino que estaban más bien en la empresa privada.

Por ahí empecé a trabajar y así duré un montón de tiempo, pero con eso garanticé tiempo para poder escribir mis propias historias. Eso lo tenía clarísimo, aunque entre el momento en que yo me decido y escribo mi primea historia, y cuando finalmente un medio me la compra, puedan haber pasado mucho tiempo.

Así era en esos tiempos, pero ahora hay un montón de ecosistemas de medios independientes que están empleando gente, y hay medios internacionales que llegaron acá y están buscando periodistas. No más ayer entré a la redacción de Infobae y me quedé aterrado porque hay como 25 reporteros, una situación mejor que cuando yo salí de la universidad.

No se trató solo de un asunto práctico, yo tenía el convencimiento de ganarme el tiempo para mí, para poder pensar mis cosas, desarrollar mi propia mística, mis propias ideas, mi propia forma de ver el mundo, no quería que un editor completamente moldeado por el corporativismo periodístico me impusiera una agenda de lo que consideraba que se debía publicar en el día. Por eso me he desempeñado en 9 o 10 actividades distintas, trabajar en documentales, trabajar en editor de balances de gestión, hacer revistas institucionales, hacer encargos, dar clases, dar conferencias, un montón de vainas que es finalmente de la manera en que uno puede vivir para poder escribir las cosas que uno quiere escribir. ¿Qué gané con eso? Gané libertad.

VER COMENTARIOS