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La historia de Diego y Saori: de empresario en Bogotá a vivir en las calles de Popayán junto a su perra

Esta es la historia de este excomerciante, quien decidió vivir solamente con su mascota y permanecer, más no vivir, en la calle.

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Tras perder su estabilidad económica y atravesar momentos difíciles, Diego encontró en Saori una razón para seguir adelante.
Tras perder su estabilidad económica y atravesar momentos difíciles, Diego encontró en Saori una razón para seguir adelante. | Foto: Francisco Calderón

18 de mar de 2026, 04:23 p. m.

Actualizado el 18 de mar de 2026, 04:23 p. m.

En una residencia sencilla vive Diego Francisco Collazos Hernández con su compañera más fiel y amorosa: una perra llamada Saori. Hace siete años llegó a su existencia, y desde entonces, no se han separado, es el cariño más sincero, poderoso y desinteresado entre dos seres humanos, que convirtieron las calles payanesas en su lugar de trabajo o el espacio para vivir la existencia plenamente.

“Yo soy su único dueño. La compré cuando tenía cuatro meses”, cuenta Diego, quien tiene manera educada de expresarse con los demás, a pesar de que optó por no prestarle mucha atención a su presentación personal al momento de estar en las calles del centro histórico de la Ciudad Blanca, una de las más conservadoras del país y donde por tener la ropa un poco desgasta te pueden sacar de los lugares. “Me costó dos millones de pesos y llegó por medio de un vecino, desde entonces es el único ser que sé que me ama incondicionalmente, por eso estoy con ella”, cuenta Diego.

La perrita llegó a la vida de Diego hace siete años y desde entonces se convirtió en su compañía permanente y apoyo emocional.
La perrita llegó a la vida de Diego hace siete años y desde entonces se convirtió en su compañía permanente y apoyo emocional. | Foto: Francisco Calderón

Hoy Saori es mucho más que una mascota, una perrita. Es su compañía permanente y, según él mismo dice, su razón para seguir adelante, después de vivir momentos traumáticos con la persona que el pensó era su amor, su compañera de vida, pero no, de empresario en Bogotá le tocó empezar de nuevo en Popayán, la ciudad que lo vio nacer hacer 44 años. Saori es la que siempre ha estado a su lado.

La vida de Diego no siempre fue como ahora. Durante años vivió en la capital del país, donde tenía varios negocios propios: un estudio de tatuajes, una barbería y dos mueblerías, una infantil y otra para adultos. Era épocas de ganancias, de dinero, entre comillas, de felicidad, como bien lo recuerda al contar su historia.

“Por eso tengo tantos tatuajes, porque mi local era muy bueno en este arte”, dice entre risas, mientras acaricia a Saori, quien permanece acostada a su lado, reposando su cabeza en las piernas de este payanés, quien era independiente, tenía estabilidad económica y una camioneta lujosa. Vivía bien y llevaba una rutina cómoda, como el grueso de la población lo hacer o lo desea.

En ese tiempo también tenía una perra doberman, pero cuando se separó de su pareja ella se quedó sin su animal. La ausencia del perro le afectó profundamente, a la par con ese capítulo de su vida.

“Me hacía mucha falta el cariño de un animal, más cuando viví ese tema de la separación”, recuerda al momento de contar su historia, ahí, sentando con Saori sobre la calle quinta entre carreras séptima y octava de centro de Popayán. La gente pasa, con esa indiferencia, algunos lo saludan, otros si le dan monedas.

Fue entonces cuando decidió buscar otro perro. Después de un tiempo encontró a Saori, quien ahora es el único ser vivo que está con él por que realmente lo ama, sin reparo, reproches, en medio de su decisión de vivir la vida sin tantas ataduras. No lo juzga, todo lo contrario, está a su lado como es.

Hoy, ambos enfrentan juntos la vida, demostrando un lazo de amor y lealtad que va más allá de cualquier dificultad.
Hoy, ambos enfrentan juntos la vida, demostrando un lazo de amor y lealtad que va más allá de cualquier dificultad. | Foto: Francisco Calderón

“Desde que llegó, estamos juntos todo el tiempo. Como los negocios eran míos, ella siempre estaba conmigo, trabajaba con ella, pero me tocó regresar a Popayán para cuidar a mi mamá”, recuerda este ciudadano que optó por permanecer en la calle, mas no vivir en esos espacio.

Hace dos años, Diego viajó para visitar a su progenitora. Su plan era quedarse apenas uno o dos meses, mientras atendía el tema familiar.

“Llegué en marzo”, cuenta. “Pero cuando llegué me di cuenta de que mi mamá estaba muy enferma, que debía quedarme”, relata, pausadamente. Saori duerme en sus piernas, él le acaricia la cabeza, es la forma de cuidarse entre ambos.

La mamá de Diego tenía problemas graves de salud: fallas en el corazón y en los riñones. Decidió, entonces, quedarse para cuidarla.

“Yo le lavaba la ropa, la acompañaba y trataba de darle amor, de corazón, sin embargo, su estado era delicado. Llegué en marzo y mi mamá murió en noviembre”, cuenta esta persona, quien ante el mundo sería un habitante de calle, pero como el bien explica, decidí vivir así, pero tiene su casa, su espacio, tiene lo básico para vivir.

“La pérdida de su madre lo afectó profundamente. Poco tiempo después, Diego sufrió un derrame cerebral. Hay momentos en los que entro como en una realidad alterna”, explica. “A veces siento que mi mamá sigue viva”. Dice que en ocasiones se le olvidan cosas básicas, incluso quién es o dónde está. “Se me va la luz por momentos. Entonces tengo que quedarme quieto hasta volver”, dice que en esos momentos su perrita lo cuida, lo proteger mientras logra recuperar sus cinco sentidos.

Mientras atravesaba esa situación, su vida en Bogotá también se derrumbaba. La mujer con la que estaba vendió los negocios que tenían, llegaron los desacuerdos. “Al final mi pareja me dijo quedaron solo deudas, en fin, no decidí no reclamar nada, no pedí nada”, cuenta, sin amargura, tranquilamente.

De la vida que había construido en Bogotá, solo quedaron algunas cosas: una cuenta bancaria a su nombre, algunos objetos que logró vender y Saori. “Nunca pensé vivir algo así”, reconoce, sin tristeza, más bien con humildad, con sencillez, muestra que ha batallado duro para sanar las heridas del corazón, el mismo que ahora late en medio del bullicioso de las calles payanesas.

Dice que antes era una persona muy estricta con su forma de vivir, intolerante con lo demás. “Yo era muy escrupuloso. Comía bien, tenía mi camioneta, y no comía sobrados. Tampoco permitía que a mi perra le dieran sobrados, estaba en un todo”. Hoy su realidad es diferente. “A veces recojo comida de la calle”, dice con sinceridad al exponer que al principio fue duro.

También aprendió algo que antes le parecía imposible: pedir ayuda. “El hambre enseña cosas que uno nunca cree que va a aprender, como compartir, saludar y entender el dolor ajeno”, por eso dice que estas dificultades también cambiaron su forma de ver a las personas. Antes, dice, miraba con desprecio a quienes vivían en la calle. “Para mí olían feo y no quería estar cerca de ellos”.

Hoy comparte comida con ellos en un comedor comunitario de una iglesia de la capital del Cauca. “Nos sentamos como cincuenta personas”, confiesa. . Algunos le ofrecen pan o comida. “Y yo lo recibo, porque aprendí que debo seguir y que la vida da cambios”. Para Diego, ese momento representa una gran enseñanza. “Eso me bajó el ego tan grande que tenía”.

A pesar de las dificultades, Diego no vive en la calle. Su madre dejó una casa que en algún momento él mismo le había regalado, gracias a esas épocas de bonazas.

“Tenemos una casa entera para los dos”, dice, mirando a Saori, quien duerme tranquilamente sobre sus piernas. Después de todo lo vivido, Diego tomó una decisión sobre su vida sentimental.

"No soy habitante de calle, aunque con Saori permanezco en estos espacios, para tener los ingresos básico para vivir, aprendí a vivir la vida sin tantas cargas", explicar este excomerciante.
"No soy habitante de calle, aunque con Saori permanezco en estos espacios, para tener los ingresos básico para vivir, aprendí a vivir la vida sin tantas cargas", explicar este excomerciante. | Foto: Francisco Calderón

“No quiero volver a tener una relación”, afirma. Dice que renunció al amor de pareja hace dos años, tras aceptar esos cambios. “La perrita lo es todo para mí” y acá ya el nombre de su perra cobra un significado especial.

Diego cuenta que lo investigó antes de elegirlo. Saori representa un nuevo comienzo o un renacer y eso fue esta ejemplar para él. También le gustó porque lo escuchó en la historia de los Caballero del Zodiaco, era la diosa Atena, en esa historia que de niño le fascinó al prender la televisión.

Pero lo más importante es lo que simboliza ahora para su vida. “Cuando ella llegó yo estaba pasando por un momento difícil, en todo, pero más que todo en lo sentimental”, recuerda que esa mirada de Saori fue la invitación para seguir viviendo, lo ató a este mundo.

Hoy, siete años después, Diego está convencido de que el nombre describe perfectamente lo que Saori significó en su vida. Un nuevo comienzo, sin tanta cargas, ni afanes, ni apegos, de ahí que convirtieron la calle la forma de conseguir el dinero para comer, pero lo más importante, para estar juntos, cuidándose incondicionalmente.

Diego y Saori comparten su día a día en las calles del centro histórico de Popayán, donde han construido un vínculo inseparable. "A ella no le hace falta nada, además están bien cuidadado, no ve que es el ser que me ama", dice Diego.
Diego y Saori comparten su día a día en las calles del centro histórico de Popayán, donde han construido un vínculo inseparable. "A ella no le hace falta nada, además están bien cuidadado, no ve que es el ser que me ama", dice Diego. | Foto: Francisco Calderón

Soy comunicador social de la Universidad Santiago de Cali y periodista radicado en Popayán desde hace más de 15 años, pero con nacionalidad caleña. Además, soy reportero judicial en una de las regiones más hermosas del mundo, el Cauca.

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