Periodista enseña, a través de su hijo, cómo ganarle la batalla a la leucemia

Aún con su dolor clavado en el alma, Adriana Santacruz cuenta cómo ha aprendido a luchar contra esta enfermedad.

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10 de oct de 2014, 12:00 a. m.

Actualizado el 17 de abr de 2023, 09:36 p. m.

Aún con su dolor clavado en el alma, Adriana Santacruz cuenta cómo ha aprendido a luchar contra esta enfermedad.

Cuidar a un niño enfermo exige una entrega total. Esa que solo puede dar una madre, con su infinito amor por sus hijos. Y Adriana Santacruz, quien fuera presentadora y directora de Uninoticias y del Noticiero 90 Minutos, ha hecho gala de su papel de cuidadora, desde que el cáncer tocó la sangre de su hijo Juan Daniel Cuéllar. Uno de los 150 niños diagnosticados con leucemia cada año en el Valle del Cauca. Una realidad que resulta mucho más dura de aceptar en una vida que apenas empieza y sobre la que se forjan tantos sueños. Aún con su dolor clavado en el alma, Adriana ha aprendido a luchar contra esta enfermedad. Por eso, decidió contar su experiencia para que sirva de aliento a otros padres. Una historia de dolor, pero sobre todo, de fe y esperanza.

Primeras señales

“Todo sucedió muy rápido. Fue en cuestión de dos semanas. Las primeras señales llegaron durante unas vacaciones que pasamos en la playa en julio del 2012, en las que noté algo fuera de lo normal en mi hijo Juan Daniel. Siempre había sido delgado, pero era evidente que había perdido varios kilos. Y aunque es de tez blanca, tenía un grado de palidez que parecía aumentar cada vez más. Por esos mismos días sufrió un desmayo, al que no le dimos importancia, porque lo atribuimos a los efectos del calor. Ya de regreso en Cali el niño se quejó de una “ bola” que sentía en el cuello y en un costado del cuerpo y eso sí disparó mi preocupación, por lo que decidí llevarlo al pediatra, quien recomendó hacerle un chequeo general. Pero antes de que lográramos iniciar los exámenes, le apareció un brote en la cara y el cuello, similar al sarampión, del que culpamos a su condición alérgica. Luego pasaron cuatro días en los que la fiebre iba y venía, entonces los médicos sospecharon que se trataba de una virosis. Aunque también pensaban en anemia, pues la curva de glicemia y el hemograma confirmaron que las plaquetas, así como los glóbulos blancos y rojos, estaban alterados. Eran tantos signos de alarma y tan distintos que no sabía qué hacer. Los nervios y el miedo me invadieron. No encontraba una explicación”.

La noticia

“Solo una punción lumbar, que le hicieron en quirófano y con anestesia, acabó con la incertidumbre. Pero develó un diagnóstico que jamás imaginé: leucemia linfoblástica aguda. Palabras tan extrañas que apenas me recordaban la causa por la que un primo lejano había muerto tiempo atrás y de las que lo único que entendía era que aludían a cáncer en la sangre. En mi afán de encontrar más respuestas busqué desesperada en una página de internet y me tranquilizó saber que era un tipo de cáncer de mejor pronóstico que otros. Porque recibir una noticia como ésta, de mi único hijo –aunque mi esposo tiene dos más que también son como mías-, no es fácil. Más duro aún era decírselo a mi hijo y al resto de la familia. En ese momento sentía que el corazón se me salía por la boca. Fue muy duro verlo llorar y responderle sus preguntas sobre lo que le iba a pasar de ahí en adelante. Aunque a él, más que la enfermedad en sí, le preocupaba tener que dejar sus estudios. “No me saquen del colegio, no puedo perder el año”, era su única súplica, pues no entendía bien la dimensión de lo que le estaba pasando. Quedé destrozada. Lo único que le pedía a Dios era que no me lo fuera a quitar”.

El camino recorrido

“Desde ese septiembre del 2012 y a un mes de su cumplir 12 años, la enfermedad de Juan Daniel, que prefiero llamarle LLA, o mejor, su vida, se convirtieron en un proyecto al que mi esposo y yo nos dedicamos de tiempo completo. Y el manual de protocolo, que es como una bitacora, pasó a ser la Biblia que empezamos a cargar bajo el brazo. El dictamen médico fue contundente: tres años de tratamiento intensivo. Primero lo hospitalizaron un mes; en esa ocasión contrajo una bacteria en la clínica, porque la quimioterapia le bajó las defensas y tuvimos que retirarlo temporalmente del colegio. Otras veces se la suministran de manera ambulatoria y otras, oral. Menos mal los efectos no han sido tan severos. El pelo se le cae, pero le vuelve a salir; el vómito ha sido tolerable; solo una vez le dio dolor de cabeza y únicamente hemos tenido que llevarlo al hospital un día a causa de los calambres. Por otro lado, él ha sido súper valiente, solo se ha quejado de los chuzones, porque con tanto tiempo inyectándolo ya tiene las venas muy sensibles. Menos mal no hemos tenido problema con las EPS ni con la entrega de los medicamentos. Incluso estamos en un programa del Ministerio de Salud y cada semana nos llaman para saber cómo va todo. Esto es como una especie de ‘yincana’, a la que se le coge el tiro. Lo que pasa es que hay que ser muy ordenado, tener una buena dosis de paciencia y saber cuándo y de qué forma reclamar. Aunque también he visto casos de personas a las que les niegan el tratamiento. Por eso, pienso que en este proceso nos ha acompañado la fortuna y Dios. De hecho, a la tercera sesión de quimio, en una etapa temprana de la enfermedad, mi hijo ya no tenía células cancerosas. Y las pruebas de ADN no muestran ningún riesgo que le repita, aunque todavía falta un año de tratamiento. Todo esto es fruto de que Juan Daniel tiene un organismo muy fuerte. Pero también del amor y la disciplina que hemos puesto en su recuperación. Somos cuidadosos con su entorno, rigurosos con la higiene, lo alimentamos de una forma más natural y no le damos nada crudo para no exponerlo a infecciones. Tanto, que cualquiera que lo ve creería que es un niño sano. Sigue asistiendo al Colegio Diana Oese, donde continúa ocupando buenos puestos y participando en el modelo de Naciones Unidas, juega fútbol y hasta viajamos como antes en vacaciones”.

Lección de vida

“No sé por qué le dio esa enfermedad a mi hijo. Pero ya no es hora de hacerse esa pregunta. Tampoco se trata de decirle pobrecito y sentarse a llorar. Más bien lo que hay que tener claro es que la leucemia es una pandemia a la que hay que hacerle frente. Y que no es solamente un tema de los médicos, sino de los padres y de toda la familia. Por eso, hoy ya veo el cáncer de una manera diferente. No como la muerte, sino como una enfermedad a la que sí se le puede ganar la batalla. Transforma, fortalece, ayuda a poner los pies sobre la tierra y deja enseñanzas para la vida. Mi esposo y yo ya exorcizamos la angustia y el dolor. Ahora solo estamos llenos de fe y esperanza, con la convicción profunda que Juan Daniel va a sobrevivir”.

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