Kid' Mina, el forjador de campeones de boxeo en el oriente de Cali

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Kid' Mina, el forjador de campeones de boxeo en el oriente de Cali

Noviembre 05, 2019 - 11:30 p. m. Por:
Santiago Cruz Hoyos / reportero de El País
Jhon Mina

Del semillero del profesor Jhon Mina (en el centro) han surgido campeones municipales que han competido tanto para la ciudad de Cali como para otros municipios, como Yumbo.

Wirman Ríos / El País

Tras darle un sorbo a su jugo de mango, el profesor de boxeo Jhon Mina cierra los ojos mientras recuerda los nombres completos de sus campeones.

– Está Santiago Garcés Ibargüen, un muchacho de 17 años. En los Juegos Departamentales 2019 que se disputaron en Buenaventura ganó la medalla de oro en los 60 kilogramos. En ese mismo torneo ganó también oro Angie Carolina Soto, una niña de 15 años. Angie Bravo ganó plata. Se desmayó en la última pelea debido a una gastritis. Johan Aguirre, Angie Tenorio y Andrea Murillo ganaron bronce. Todos son muchachos desplazados por la violencia que viven en el barrio Llano Verde, al oriente de Cali. Allí, en el parque El Samán, los entreno de lunes a viernes desde las 7:00 hasta las 9:00 de la noche.

En el día, el profesor Jhon Mina se dedica a hacer mantenimientos de aires acondicionados.

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John nació en Buenaventura, hace 37 años. Como sus padres son separados, permanecía entre dos barrios, ambos “complicados” por la presencia de grupos delincuenciales: el R9, y el Lleras. Jhon, sin embargo, se la pasaba estudiando, o ayudándole a su mamá en la venta de mariscos frescos, o a veces dando clases de bailes urbanos, o boxeando en el gimnasio de La Independencia.

Al boxeo llegó por azar. Con su gallada se fue un día cualquiera hacia el gimnasio con la idea traviesa de “ponerse los guantes con cualquiera que entrenara allá”.

Jhon vio a un muchacho flaco, más bajito que él, y pensó: “este es el mío”. El muchacho se subió al ring con la cabeza gacha, como dando a entender que tenía temor, y Jhon hizo lo propio pero erguido y sonriente, con la seguridad de que le iba a dar una paliza.

Sucedió todo lo contrario. El muchacho delgado le dio tal tunda en el primer round, que en el segundo Jhon se vio en la necesidad de lanzarle patadas. Todavía recuerda el nombre de ese contrincante que le dio tremenda lección: Raúl ‘La Pulga’ Benítez.

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Desde ese momento Jhon se propuso aprender a boxear como un profesional y al siguiente día madrugó al gimnasio. El profesor Rafael Sanclemente lo fue puliendo. Le enseñó a moverse en lateral, a tirar un jab, un recto, un ‘uppercut’, un volado. En ese entonces tenía 13 años.
Cinco meses después compitió en Cali y quedó campeón departamental. Eran tiempos en los que los torneos de boxeo se resolvían en un mismo día. Jhon tuvo dos peleas en apenas 24 horas.

También compitió en Buga, en Tuluá, en Trujillo, en intercolegiados, donde lo empezaron a llamar el ‘Kid’ Mina, por su parecido Pambelé.
En 2004, Jhon efectivamente ya tenía el físico de un boxeador profesional: músculos marcados, abdominales capaces de resistir porrazos, agilidad, lo que llamó la atención de los grupos delincuenciales que permanecían en el barrio Lleras. Pretendían reclutarlo para hacer algunas ‘vueltas’. Varios de sus amigos tomaron ese camino. Jhon prefirió huir en un bus con destino a Cali.

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Llano Verde es una ciudadela de la Comuna 15 de Cali donde habitan 4.319 familias. La mayoría, de una u otra manera, víctimas del conflicto. Algunos son excombatientes de la guerrilla, otros de los paramilitares, otros desplazados de estos grupos armados ilegales desde el Chocó, el Putumayo, el Cauca, Nariño, Caquetá, el Meta. Otros son reubicados de los asentamientos que quedaban sobre el jarillón del río Cauca.

Cuando Jhon llegó al barrio a mediados de 2014 ya tenía experiencia en el trabajo comunitario. Antes debió ganarse la vida.

En el bus que tomó en Buenaventura hacia Cali se encontró un amigo que le dio posada en el barrio Marroquín. También le consiguió un trabajo como lavador de carros. Jhon apenas aguantó un mes.

Como no sabía ubicar los dedos en la manguera para que el agua saliera a presión y quitar el barro de los vehículos, terminaba mojándose. En el momento en que se enteró que tenía hongos, se fue.

Lo contrataron como cobrador en una empresa de productos de aseo, estudió mecánica automotriz – no aprendió – hizo cursos de electricidad y en la Escuela Nacional del Deporte estudió recreación.

En esas empezó a notar algunas problemáticas de los barrios del Distrito de Aguablanca. Primero fue Comuneros. Allí vio que las muchachas eran víctimas de abusos por no tener recursos para almorzar. Algunos les ofrecían un plato de comida o plata a cambio de favores sexuales.

Jhon, que se levantó entre mujeres - su mamá, sus tías, sus primas - no podía seguir como si nada ocurriera y creó un comedor comunitario para que ningún joven tuviera que hacer algo que no quería para saciar el hambre. Como en la empresa de aseo aprendió a hacer límpido, los jóvenes que iban al comedor preparaban el producto para cambiarlo en el barrio por una libra de arroz, una bolsa de lentejas, un litro de aceite, y así mantener la alacena a tope.

A veces la Policía lo ayudaba con algunas actividades, lo que hizo que los delincuentes del barrio lo amenazaran. No querían ver a los agentes merodeando por ahí así fuera para donar mercados.

Jhon prefirió evitarse problemas y se fue para Llano Verde. En el barrio detectó que los muchachos tenían demasiado tiempo libre, por lo que permanecían expuestos a que los grupos delincuenciales los reclutaran para vender droga o quién sabe qué. Además eran muchachos como lo fue Jhon en su juventud: rebeldes. De aquellos que responden con un puño o con una piedra ante cualquier diferencia.

Jhon ya sabía que el boxeo era una manera de expulsar la rabia. Todo el dolor que se puede tener queda en la tula, dice. Boxear, está seguro, es una descarga emocional que hace mejores a las personas. Más tranquilas, por lo menos.

Entonces convocó a los niños y jóvenes de Llano Verde al parque El Samán para entrenar de lunes a viernes. En la primera noche llegaron siete niños. Jhon no tenía implementación deportiva pero se las arreglaba. Consiguió un par de guantes viejos, unas manoplas.

Meses después un profesor le donó una tula, y la Fundación Carvajal los uniformes. La Unidad de Víctimas le acaba de entregar una nueva implementación para los 60 jóvenes que conforman su semillero.

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Jhon le da el último sorbo a su jugo de mango, parte un trozo de pastel, y menciona que tiene un proyecto en mente: que los muchachos en Llano Verde tengan una casa donde reunirse después de entrenar para que puedan hacer sus tareas y comer algo antes de irse a casa.

– Con eso lograría fortalecer la amistad entre los muchachos, tejer una red de apoyo entre ellos.

Lo que Jhon hace, en el fondo, explica, es un trabajo colectivo y no individual. Su propósito, más allá de pulir campeones en boxeo, o eximios bailarines – también les enseña danzas urbanas - es juntar a los muchachos para que se hagan amigos, se apoyen entre sí, y así tumbar las fronteras invisibles del barrio, erradicar la violencia. Un grupo de amigos que se dedique a asuntos como el deporte o el baile tiene menos riesgo de ser seducido por las bandas delincuenciales.

Sin embargo, para lograr construir una casa y continuar con su trabajo, se explica, requiere apoyo. Los muchachos le están dando mucho a Cali, como las medallas en los Juegos Departamentales, pero la ciudad de momento no les brinda la mano que requieren para seguir intentando construir una vida alrededor del deporte o el baile.

La camiseta licrada que tiene puesta Jhon lleva estampado el nombre de la fundación que pretende abrir en Llano Verde: ‘No me rendiré’.

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