A 45 kilómetros en línea recta de San José del Palmar, Chocó, donde estuvo el epicentro del sismo de magnitud 7,4 que sacudió al país el pasado lunes 10 de agosto, el corregimiento de San Francisco, en zona rural del municipio de Toro, norte del Valle, intenta recuperar la normalidad. Pero allí, donde sus habitantes conocen al pueblo como ‘San Pacho’, la vida cambió en cuestión de segundos.
Gran parte de las viviendas se vino abajo. Techos, paredes y habitaciones quedaron destruidos y, en muchas casas, solo permanecen en pie algunas fachadas que contrastan con los escombros que se acumulan en el interior. La situación sigue siendo desoladora y, además de las pérdidas materiales, los habitantes continúan sin energía eléctrica.
Durante el fin de semana, sin embargo, San Francisco recibió una muestra de solidaridad que sus habitantes difícilmente olvidarán. Desde Cali, Tuluá, Buga, Cartago, La Victoria, Zarzal, Medellín, el Eje Cafetero y otros lugares llegaron personas en camiones y vehículos cargados de alimentos y ayudas para las familias afectadas.
“Veo mucha humanidad. La comunidad viene de otras partes con grandes ayudas. Estoy sorprendido de esa parte porque veo la humanidad voluntaria de las personas, ayudando en estos momentos tan críticos que estamos viviendo en este corregimiento”, contó don Pedro, quien vive en Medellín, pero llegó hasta San Francisco, su lugar de nacimiento, y pudo observar de cerca la magnitud de la emergencia.
“Le doy los agradecimientos a todas las personas que han venido de Cartago, de La Victoria, de Zarzal, de todos los pueblos cercanos y de otros departamentos, a traer aquí al corregimiento una gran ayuda y un gran amor por todos los habitantes del corregimiento”, agregó.
La solidaridad ha permitido que, al menos por ahora, la alimentación deje de ser la principal preocupación. Las familias recibieron mercados y otros elementos básicos. Pero mientras los alimentos llegan, otra necesidad comienza a hacerse cada vez más urgente: volver a tener una casa.
Jessica Lorena Orrego Cardona lleva ocho años viviendo en San Francisco. Su vivienda, como muchas otras, resistió parcialmente el movimiento, pero quedó prácticamente inhabitable: “Mi casa en ese momento, como ven, la fachada quedó buena, pero por dentro quedó totalmente destrozada más de la mitad de la casa. Solamente se me salvó el techo, el resto todo para el suelo”, relató Jessica.
Ahora, su petición es concreta: “En este momento lo que más necesitamos acá son materiales de construcción como ladrillos, todo lo que son varillas y cemento. Muchas casas necesitan lo que es el tejado”, explicó.
La diferencia entre las ayudas que ya llegaron y las que ahora necesitan es evidente. “Gracias a Dios y a todo Colombia, han llegado muchas ayudas y ha llegado mucha alimentación, pero en parte de construcción muy poco”, dijo.
Mientras su propia vivienda es intervenida, Jessica se ha dedicado a colaborar con otras familias y al lado de su casa derrumbada, ha extendido la ropa que ha llegado por medio de donaciones, la clasifica y reparte a niños, jóvenes, adultos y abuelos que la requieren.
Y su trabajo no se limita a su propio corregimiento: “Mientras que me están acá tumbando lo que quedó de mi casa, yo estoy afuera haciendo la labor, pues no solamente estamos entregando ropa acá en el corregimiento de San Francisco, sino que también estamos mandando para las veredas y para las partes acá cercanas”, explicó.
En medio de la destrucción, Jessica también habla desde el agradecimiento. “Primero que todo, gracias a Dios que estamos vivos porque nos permitió seguir. Que es muy duro, sí, es muy duro uno volver a construir lo que uno ya había construido, pero por lo menos tenemos la esperanza de que estamos vivos”.
Su historia, dice, es apenas una entre muchas. “Acá en el corregimiento hay mucha gente que se quedó sin trabajo, se quedó sin vivienda, se quedó sin nada, solamente con lo que tenía puesto”, señaló.
Por eso insiste en que la ayuda ahora debe cambiar de forma: “Más que todo en material de construcción para que puedan construir y tener un techo nuevamente, así sea algo pequeñito, lo que sea, pero que sea algo”, pidió, y agregço: “En este momento estamos con puros plásticos tapando lo poquito que queda”, agregó.
A pocos metros de otras viviendas afectadas, María Idalí Guzmán Escobar también enfrenta las consecuencias del sismo. Sentada afuera de su casa, en una silla Rimax, permanece mientras intenta sobrellevar la pérdida de su vivienda. El techo se vino abajo y algunas de las paredes también cedieron.
“Primero que todo le doy gracias a Dios porque estamos vivos, nos ha protegido, la gente ha colaborado mucho. Estamos muy agradecidos”, dijo María Idalí.
La mujer contó que los daños no se limitaron a su vivienda. “Esperamos que nos ayuden a reparar las casas, porque la casa de mi mamá se cayó y la casa de mi hija también”, relató.
Según explicó, las condiciones del momento agravaron las pérdidas. “El primer día hubo una tempestad y mojó las paredes que se terminaron de caer y dañaron la lavadora, nevera, todo”. Pero María Idalí tiene además una preocupación especial. “Espero que nos sigan colaborando porque tengo un hijo con discapacidad, ya cumple 40 años, tiene retraso, convulsiona y necesitamos que no nos abandonen”.
En San Francisco, la ayuda que llegó desde otros municipios y departamentos ha sido recibida como un abrazo en medio de la emergencia. Pero ahora los habitantes miran hacia una etapa mucho más difícil: reconstruir.
Don Pedro lo resume así: “Necesitamos que las ayudas vengan de parte del Gobierno, del municipio y del Departamento del Valle del Cauca para que traigan construcción, traigan los elementos de trabajadores, ingenieros, para remodelar, hacer un San Francisco nuevo, porque hay mucha casa caída”.
Desde la parroquia de San Francisco, la única que existe en el corregimiento, el párroco también mantiene abierto el llamado a la solidaridad. Aunque prefirió no revelar su nombre, ha visto de cerca las necesidades de las familias que quedaron afectadas.
“Queremos agradecerles a todas las personas de buena voluntad que se unan a este evento, que con dolor ha herido el corazón de los que habitamos en esta comunidad de San Francisco”, expresó.
El sacerdote agradeció especialmente a quienes han llegado desde Cali y otros lugares para ayudar: “Quiero agradecerles a todos ustedes, a la comunidad de Cali y también a las otras personas de buen corazón que nos han dejado mercados, kits de aseo y medicina. Lo que las personas quieran donar será bien recibido aquí en nuestra comunidad parroquial de San Francisco”.
La emergencia, entonces, entró en una nueva etapa. Los alimentos que llegaron durante el fin de semana dieron un respiro a las familias, pero las ruinas permanecen. Y detrás de cada pared caída hay una historia de años de trabajo, de hogares construidos poco a poco y de personas que ahora deben comenzar de nuevo.
En San Francisco todavía hay quienes permanecen bajo plásticos, quienes esperan materiales para reconstruir, quienes perdieron electrodomésticos y pertenencias y quienes, como Jessica, deben ayudar a otros mientras intentan levantar nuevamente su propia casa. El sismo ya pasó. Lo que permanece ahora es el desafío de reconstruir un corregimiento entero.