Andrés Felipe González decidió cambiar la historia de la ladera caleña, donde las fronteras invisibles marcaban la vida de miles de jóvenes.

Este hombre nació y creció en el sector Las Minas, en la Comuna 18 de Cali, una zona golpeada durante décadas por la violencia, la exclusión social y la presencia de grupos delincuenciales.

Su infancia no fue fácil, pues estuvo marcada por las dificultades. Mientras su madre salía de casa antes del amanecer para trabajar, su padre enfrentaba problemas de consumo que lo mantenían alejado del hogar.

En medio de todo ese contexto, Andrés encontró en la calle los referentes que tenía más cerca.

“Para nosotros, el hombre más respetado era el que portaba el arma más grande”, mencionó.

La violencia no fue ajena y le llegó a trastocar incluso su proceso educativo.

El Centro de Empoderamiento Comunitario es un espacio que brinda acompañamiento educativo, actividades culturales, formación artística y apoyo a niños, jóvenes y adultos mayores. | Foto: El País

Una de sus anecdotas, que no muchos logran comprender a fondo, es que repitió tercero de primaria en tres ocasiones.

Pero esto se dio por las constantes interrupciones provocadas por enfrentamientos, desplazamientos temporales y riesgos de reclutamiento por parte de grupos armados.

“Yo quería estudiar y ser el primer bachiller de mi familia, pero sabía que en cualquier momento me podían violentar”, relató.

En la parte alta de la Comuna 18 hoy se vive otra realidad gracias a la Fundación Pan Vivo. | Foto: El País

Un revólver en el maletín

Uno de los episodios más duros de su juventud fue tener que asistir al colegio con un arma de fuego escondida entre sus cuadernos.

La existencia de fronteras invisibles alrededor de la institución educativa lo obligaba a desplazarse bajo amenaza constante.

“Durante un tiempo tuve que ir a estudiar con un revólver en el maletín. Ese revólver se convirtió en mi seguro de vida”, recordó.

Incluso vino a su memoria el asesinato de una profesora dentro de la institución educativa, un hecho que marcó profundamente a toda la comunidad.

Pero lo que parecía un destino inevitable comenzó a cambiar y a los 18 años decidió apostarle a otro camino.

Fue allí donde empezó organizando ollas comunitarias para ayudar a las familias más vulnerables de su sector y poco a poco fue consolidando procesos sociales que hoy benefician a cientos de personas.

Así nació la Fundación Pan Vivo y posteriormente el Centro de Empoderamiento Comunitario, un espacio que brinda acompañamiento educativo, actividades culturales, formación artística y apoyo a niños, jóvenes y adultos mayores.

“Siempre escuché a la gente decir que quería prosperar para salir de este agujero. Yo decidí traer la prosperidad a este agujero”, afirmó Andrés Felipe González, líder social y director de la Fundación Pan Vivo.

De pandilla a ‘Prisioneros de Esperanza’

Una de las transformaciones más simbólicas ocurrió con el colectivo Prisioneros de Esperanza.

Lo que hasta 2010 fue una pandilla para el sector, se convirtió en un proceso de construcción de paz donde el rap, la fotografía, el grafiti y las expresiones artísticas se convirtieron en las herramientas precisas para alejar a los jóvenes de la violencia.

“Los diferentes no tienen por qué ser enemigos. Yo puedo hablar con el otro no para cambiarlo, sino para entenderlo”, explicó.

Cabe mencionar que actualmente muchos de los jóvenes que hicieron parte de esta iniciativa son líderes comunitarios y gestores de paz en distintos sectores de Cali.

Más de 12.000 raciones de alimento al año

El impacto del trabajo desarrollado por la Fundación Pan Vivo ha ido creciendo con el paso de los años y todo de la mano del mismo Andrés Felipe.

Según cifras entregadas por la organización, actualmente distribuyen más de 12.000 raciones de alimento al año entre desayunos y almuerzos comunitarios.

Además, ofrecen cerca de 5.000 espacios de acompañamiento pedagógico para niños y niñas a través de su biblioteca comunitaria y benefician de manera directa a cerca de 500 personas.

Pero la labor no queda allí, pues además han logrado construir tres parques comunitarios y desarrollar proyectos enfocados en educación, seguridad alimentaria, participación ciudadana y construcción de paz.

El apoyo de Compromiso Valle

Para este líder, uno de los momentos más importantes en el crecimiento de la organización llegó con el respaldo de Compromiso Valle, iniciativa que reúne a empresas, fundaciones y organizaciones sociales para impulsar proyectos comunitarios.

“Sentimos un antes y un después gracias a Compromiso Valle. Fue encontrar un aliado que creyó en nosotros y en el impacto que generamos desde el territorio”, indicó.

Según explicó, el acompañamiento les ha permitido fortalecer procesos internos, ampliar su cobertura y consolidar las iniciativas que hoy logran beneficiar a un gran número de familias de la ladera.

Hoy, Andrés es padre de un niño de tres años, por lo que asegura que ahora tiene una razón más poderosa para seguir adelante.

“No quiero que mi hijo crezca ni siquiera cerca del entorno en el que yo crecí. Por eso tengo que transformarlo. Si antes lo hacía con amor, ahora lo hago con mucho más amor”, insistió.