A casi dos semanas del sismo de magnitud 7,4 que sacudió a Cali y el resto del departamento, el silencio en la Calle Ocho de Roldanillo, que solía ser el corazón palpitante del comercio de ese municipio, es un zumbido ensordecedor que hiela la sangre.

En el corregimiento de San Pacho, en Toro, las fachadas de las casas se mantienen en pie como una mueca de orgullo herido, ocultando tras de sí interiores donde el techo se desplomó y solo quedan ‘cascarones’ vacíos.

En El Águila, don Francisco contempla los escombros de 45 años de vida frente a un hospital que también vio caer sus muros, y en la ruta que une a La Unión con La Victoria, el puente fracturado se siente como un cordón umbilical cortado que obliga a los hermanos a darse vueltas de 40 minutos para encontrarse.

Desde las montañas de Versalles y La Florida, donde las ayudas llegan a cuentagotas por lo intrincado del camino, hasta el corregimiento de Ricaurte, en Bolívar, donde los fieles claman al Divino Ecce Homo entre tejas de zinc y cañabrava, el norte del Valle del Cauca sigue siendo hoy un mapa de heridas abiertas.

En Sevilla y Caicedonia, los muros agrietados han empezado a cubrirse con afiches de colores, mensajes de alguien que le grita a los vientos: “De esta nos levantamos, se los juro”.

Es el grito de una región que, tras el sismo del 10 de agosto, ha decidido que no permitirá que sus calles se conviertan en el escenario de una ciudad fantasma.

Más de 700 viviendas resultaron destruidas en el municipio de Versalles tras el terremoto. | Foto: Gobernación del Valle del Cauca

El refugio en la Panorámica

Alejandro Solarte Varela, coordinador de la Cruz Roja en Roldanillo, no tiene oficina. Su sede, el lugar donde se planeaban los rescates y se guardaban las esperanzas, quedó “totalmente destruido” por el remezón.

Sin embargo, bajo un toldo improvisado en la vía Panorama, entre el ruido de los camiones que viajan hacia Cali, ha levantado un centro de acopio que es hoy el pulmón del municipio.

“Nuestra sede quedó destruida, pero nuestro deseo de ayuda no”, dice con una firmeza que contrasta con el caos que aún lo rodea.

Allí, el movimiento es incesante. Los voluntarios siguen organizando mercados de granos, arroz y enlatados, pero la urgencia real viaja en frascos pequeños y tabletas.

“Estamos recibiendo medicamentos, sobre todo de pacientes que son de tratamiento de base y que son difíciles de conseguir”, explica Solarte.

Voluntarios de la Cruz Roja Roldanillo que, a pesar de perder su sede, no han dejado de trabajar un solo día | Foto: El País

La lista es una radiografía de la salud de un pueblo envejecido y ahora angustiado y que no tiene muchas farmacias abiertas: metformina para los diabéticos; carvedilol y atorvastatina para los hipertensos.

“Son de manejo exclusivo y muy difícilmente se consiguen en estos momentos”, advierte, mientras exige que cada entrega se haga estrictamente con fórmula médica para evitar el desabastecimiento.

Caminar hoy por Roldanillo es un ejercicio de nostalgia. Los comerciantes, temerosos de que la economía se detenga por completo, han optado por trasladar sus negocios a las salas de sus casas.

Pero el miedo es un vecino más. Cada vez que el cielo se encapota y amenaza lluvia, el pánico regresa, no solo en esta población, sino en todo el norte del departamento.

“Cuando está nublado, las personas saben que será una noche difícil porque los que no están en refugios verán cómo en sus casas se filtra el agua entre las goteras o entre los muros agrietados”, relata un testigo del desolador panorama.

El hambre de hoy son ladrillos, tejas y cemento

En el corregimiento de San Pacho, en Toro, la tragedia tiene el rostro de Jessica Lorena.

Su casa, el fruto de ocho años de ahorro y “sacrificio para construir paredes, familia y hogar”, se redujo a una fachada solitaria.

“Es muy difícil, porque uno lleva muchos años tratando de ponerla bonita y, en cuestiones de un segundo, tener que perderlo todo”, confiesa con la voz quebrada.

Tras el sismo, ella ahora vive entre ollas comunitarias y puntos de acopio, y relata cómo las lluvias previas al sismo habían debilitado los muros de tierra.

En San Francisco, corregimiento de Toro, Valle, varias viviendas colapsaron. | Foto: Anderson Zapata / El País

El panorama en San Pacho es engañoso para el ojo desprevenido. “La fachada quedó buena, pero por dentro quedó totalmente destrozada”, explica otro habitante que pide materiales de construcción con urgencia.

No quieren más comida; el hambre de hoy es de ladrillos y cemento. “Necesitamos varillas, cemento, muchas casas necesitan el entejado”, claman, mientras agradecen que, por lo menos, el espíritu de comunidad sigue intacto bajo las cuatro ollas comunitarias que alimentan al pueblo.

María Udali Guzmán, una madre, con el alma en un hilo, pide que no los abandonen.

Tiene un hijo de 48 años con discapacidad cognitiva y convulsiones. “Quedamos a la merced de la misericordia de Dios”, dice, recordando cómo la tempestad mojó lo poco que el terremoto no pudo tumbar.

Para ellos, el temor no es solo ante el próximo sismo, sino al olvido de los gobiernos Nacional y Departamental.

Terremoto en el Valle del Cauca afectaciones en el municipio del Cairo norte del Valle | Foto: El País

Don Francisco y el peso de los años

A una hora y media de Cartago, en los límites del departamento, el municipio de El Águila guarda historias que parecen sacadas de una novela de desdichas.

Don Francisco, un hombre que lleva 65 años viviendo en el pueblo y 45 en la misma esquina frente al hospital, lo perdió todo en un abrir y cerrar de ojos.

Vive solo; su esposa, delicada de salud, no estaba en el momento del desastre.

Terremoto en el Valle del Cauca afectaciones en El Aguila | Foto: El País

“Afortunadamente, la casa estaba sola; donde haya estado ella, la pachurra”, dice con un alivio amargo.

Ahora, su única compañía son sus perros y los caballos que usa para “mover carguitas” de las fincas y así subsistir. Su esperanza es mínima.

“Necesito cuadrar otra vez la vivienda siquiera para estar aquí con los animalitos”, pide don Francisco frente a los micrófonos de El País.

Su historia es la de muchos en El Águila: personas que han trabajado toda la vida y que, a una edad avanzada, se enfrentan al reto de empezar de cero sobre una montaña de ladrillos rotos.

Terremoto en el Valle del Cauca afectaciones en El Aguila | Foto: El País

Hermanos separados por una grieta

La geografía del desastre ha creado barreras invisibles pero dolorosas. Entre La Unión y La Victoria, la rotura del puente que comunica a ambos municipios ha trastocado la economía y la vida social.

Lo que antes era un trayecto de dos minutos, ahora es un viaje de casi una hora por rutas alternas.

Mauricio Benítez, comerciante de insumos agropecuarios en La Victoria, mira con preocupación su local vacío. “Muchos de los habitantes de La Unión venían a comprarme aquí y eso ya incurre en más gastos”, sostiene, describiendo una relación íntima entre comunidades que el sismo fracturó.

La remoción de los restos del puente es prioritaria para conocer la magnitud real de la ruptura en el tramo de La Unión | Foto: Cortesia Asorut

La gente de La Victoria trabaja en La Unión, y los de La Unión tienen sus fincas en La Victoria. Sin el puente, son dos hermanos separados por una grieta.

La travesía de las ayudas

En las zonas alejadas, la ayuda tiene nombres propios. Susana Barandica se ha convertido en el ángel de Ricaurte, corregimiento de Bolívar, llevando tejas y cañabravas para que los habitantes puedan, al menos, techar sus sueños. En estas veredas de difícil acceso, la autogestión es la única regla.

Mientras tanto, en Versalles, la situación es crítica. “Las ayudas están escaseando por lo retirado del municipio”, reportan desde ese punto del norte del departamento.

Allí, el ingenio se impone a la tragedia: los comerciantes han convertido sus salas en tiendas para no dejar morir la precaria economía local, aunque sus casas sigan siendo ‘cascarones’ que amenazan con venirse abajo con el próximo aguacero.

Terremoto l municipio de Versalles, en Valle del Cauca. agosto 12 2026 | Foto: SEMANA

Al caer la tarde, la amenaza de lluvia vuelve a desvelar al norte del Valle. Sin embargo, el silencio ensordecedor que dejó el sismo comienza a ser apagado por el golpe de los martillos que aseguran tejas de zinc y cañabravas, y por el calor de las ollas que sostienen a comunidades.

Entre escombros y afiches de esperanza, la región entera se niega a rendirse. Sus paredes de tierra habrán cedido ante la fuerza del temblor, pero el alma de esa región del departamento permanece intacta, batallando unida para que el olvido no los convierta en pueblos fantasmas.