Pese a que todos los países del mundo cuentan con un asiento en ella (salvo dos: El Vaticano y el Estado de Palestina), la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha visto cómo, con el pasar de los años, ha dejado de ser el árbitro de la geopolítica y se ha convertido en un órgano que no ha podido lograr una injerencia real en los principales conflictos bélicos que vive el planeta en la actualidad.
Guerras como las que desató la invasión rusa a Ucrania, el conflicto armado entre Israel y Hamás, la reciente represión en Irán y la invasión de los Estados Unidos a Venezuela para capturar a Nicolás Maduro han puesto en evidencia los limitados alcances de este organismo, en su objetivo de garantizar la paz entre los países por medio de la diplomacia.
Hoy en día son muchos quienes afirman que el lugar de la ONU es, en el mejor de los casos, el de una tribuna deliberativa, casi un foro internacional, que a la hora de la verdad se ve reducida a un ente burocrático sin incidencia real en los conflictos mundiales.
Por ejemplo, John Mario González, analista político internacional, dice que si bien las últimas políticas implementadas por parte del Gobierno republicano de Donald Trump en Estados Unidos han contribuido a disminuir el alcance del órgano, el declive en términos de su peso, en cómo se maneja la diplomacia internacional, se viene dando desde mucho antes.
“La ONU es una entidad paquidérmica, por decirlo de alguna manera, o difícilmente funcional en ciertas circunstancias”, opina.
Este escenario responde al hecho de que, además de Washington, potencias como Rusia y China -los tres países más poderosos del mundo en la actualidad- estén llevando a cabo planes expansionistas en otros territorios sin que el resto del orbe pueda decir más allá que palabras de rechazo.
Para Álvaro Benedetti, también analista político internacional, la forma en la que se ha concebido el trabajo de esta organización ha llevado a la situación actual.
“Las grandes potencias han sabido instrumentalizar a las Naciones Unidas cuando le sirve a sus intereses y marginarla, cuando no. En lo que va de este siglo, Estados Unidos ha tenido el interés de privilegiar acciones unilaterales o coaliciones ‘ad hoc’, debilitando el principio de multilateralismo vinculante de la entidad”, explica.
En muchos de estos casos, estas decisiones han sido respaldadas por la influencia y el peso de los aportes económicos de estos países, con los que se sirve la entidad para garantizar su funcionamiento.
Entre ellos, el de los Estados Unidos resulta un caso a resaltar.
Históricamente es uno de los miembros que más capital ha entregado al funcionamiento de Naciones Unidas: en el 2022 dio cerca de 10.000 millones de dólares, según informes del órgano. Esto representó, en su momento, casi el 30 % de lo que necesita para su funcionamiento anual.
Sin embargo, el cambio en las políticas de Trump ha dejado su huella en la contribución para años venideros: para el 2026 el país norteamericano ha prometido cerca de dos mil millones de dólares, una quinta parte de lo que entregó hace menos de cinco años.
En medio de las dificultades que ha supuesto este nuevo cambio en la agenda política de las potencias, Nicolás Garzón, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de La Sabana, asegura que el rol de la ONU sí ha sido determinante, pese a que estos asuntos hayan sido menos mediáticos y, por lo mismo, no hayan recibido la misma consideración.
Según él, un análisis riguroso del papel que puede adjudicársele a Naciones Unidas en estos momentos debe pasar por considerar circunstancias que vayan más allá de los recientes conflictos en el orbe.
En su opinión, existen dos hechos que validan la existencia y el trabajo hecho desde la organización: “El primero es la existencia de unos marcos institucionales en materia de Derechos Humanos, de los que la ONU ha sido promotora y garante. Ha habido avances en esa materia”.
El segundo, explica, tiene que ver con el sentido mismo de su creación: la de evitar un escenario de confrontación armada a escala mundial: “Un conflicto a gran envergadura, del daño que se generó en la Primera o la Segunda Guerra Mundial, no ha habido”.
Sin embargo, reconoce, al igual que González, que, de cara a jugar un papel más determinante en los conflictos contemporáneos, las Naciones Unidas deben pasar por un proceso de reformas, muchas de las cuales son difíciles, debido a la presencia y a los intereses de las hegemonías políticas que integran su miembros permanentes del Consejo de Seguridad (donde se toman las decisiones de fondo): Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido.
El veto, principal inconveniente
Según los analistas consultados, el principal inconveniente para que la ONU tenga un peso decisorio que le permita dirimir conflictos internacionales es el veto del que disponen esos cinco países, que en la práctica significa que pueden no aceptar alguna resolución que se tome en la Asamblea General o en el Consejo de Seguridad.
Casos recientes, como las repetidas ocasiones en las que los Estados Unidos vetaron las resoluciones en contra de Israel por el genocidio en Palestina, dan cuenta del poder de esta herramienta y el peso que tiene dentro del órgano.
Frente a esto, el profesor Nicolás Garzón opina que “hay un problema de subrepresentación de actores políticos que hoy son relevantes” y explica que estos corresponden a lo que en la actualidad se llama el ‘sur global’, compuesto en su mayoría por países en vías de desarrollo.
Una alternativa para equilibrar la balanza podría ser, señala, la inclusión de un miembro más, esta vez de esta región del mundo.
Pese a las dificultades que entraña, esta propuesta ya ha sido puesta sobre la mesa al interior de las Naciones Unidas.
El mismo presidente de Francia, Emmanuel Macron, a inicios de enero se refirió a esta situación, a propósito de la operación desarrollada por la Casa Blanca en Venezuela:
“Las instancias del multilateralismo funcionan cada vez peor. Evolucionamos en un mundo de grandes potencias con una verdadera tentación de repartirse el mundo”, agregó el Mandatario al “rechazar el nuevo colonialismo, el nuevo imperialismo”.
Aunque Francia celebró el fin de la “dictadura de Maduro”, el primer ministro del país galo, Sébastien Lecornu, dijo que la acción militar estadounidense fue “ilegal” y “contraviene la Carta de Naciones Unidas”.
En este contexto, Macron indicó que la Unión Europea debe proteger sus intereses y exhortó a la “consolidación” de la regulación del sector tecnológico, objeto de críticas en Estados Unidos, y a acelerar la agenda de la preferencia del Viejo Continente en materia comercial.
París, que preside este año el G7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido), buscará también impulsar una “reforma de la gobernanza mundial”, y Macron llamó a los “grandes países emergentes que quieren hacerlo” a participar también en este objetivo.
El Mandatario galo ya abogó en el pasado por una reforma del Consejo de Seguridad de la ONU para incluir a las potencias emergentes y expresó su apoyo a que Brasil tenga un asiento permanente allí.
Esa posibilidad, y la escalada en los conflictos armados que se han producido en los últimos años (y cuya más reciente irrupción se dio días atrás en Irán, en donde las protestas han sido reprimidas por el Gobierno, ante lo cual la Casa Blanca ha anunciado pronta ayuda, sin establecer cómo será), ha llevado a muchos a vaticinar una confrontación a nivel global.
Este escenario, para John Mario González, podría marcar un punto de giro que confirme la necesidad de replantear las Naciones Unidas de cara al futuro: “En el corto plazo creería que una reforma sería imposible, pero podría darse en unos años, como resultado de algún conflicto que deje extenuado al mundo”.
Pensar en esa posibilidad, sin embargo, no garantiza nada, según Álvaro Benedetti: “El mundo debería de dar el debate acerca de cuál es el papel de la ONU, pero tampoco se puede caer en la falsa ilusión de una refundación total”.
En este sentido, y de cara a las garantías que puede suponer una organización para evitar conflictos y hacer que se respeten los Derechos Humanos, el profesor Nicolás Garzón añade:
“La respuesta fácil ante lo que es la Organización de Naciones Unidas ahora sería desinstitucionalizar los acuerdos internacionales, acabar con el multilateralismo, decir que las organizaciones sociales son una gastadera de plata. Esa respuesta me parece peligrosa”.
Y señala, en concordancia con lo expuesto por Benedetti: “No podemos esperar que una organización haga que los países cumplan los acuerdos de cambio climático, se respeten los Derechos Humanos en el mundo, se instaure la democracia, porque eso es utópico”.
Mientras tanto, la negativa por parte de los Estados Unidos a hacer parte de dichas entidades vienen en aumento. Recientemente anunció que dejará de apoyar financieramente a cerca de 60 organizaciones adscritas a la ONU, en lo que deja entrever que, tarde o temprano, renunciará a hacer parte de ella.
Frente a esto, González opina que el golpe no será tan fuerte, a juzgar por el estado en el que se encuentra Naciones Unidas en estos momentos: “Salirse o no de la ONU no le agrega ni le quita. En este momento, la Organización de las Naciones Unidas es un ente con muerte cerebral”.