El padre Francisco de Roux, quien fuera el presidente de la Comisión de la Verdad, ente que se creó a instancias del Acuerdo de Paz firmado con las Farc, tiene un mensaje para los ciudadanos colombianos de cara a las elecciones del presente año:
“Tenemos que salirnos de este ‘modo de guerra’ que nos envuelve convierte la nobleza de la lucha política en una contienda de odios, rabia y terror, donde, de un lado, el mensaje es: “Tiemblen, porque si los que están en el poder continúan, nos jodemos todos”. Y, desde el otro: “Cuídense, porque si llega la derecha, van a matar al pueblo”.
De la polarización y de la ideología militarista imperante en Colombia y el mundo, el religioso jesuita habló con El País.
Padre, ¿cuéntenos a qué se ha dedicado desde que terminó el mandato de la Comisión de la Verdad?
Estoy en Cartagena, en el Santuario de San Pedro Claver, el jesuita que entregó la vida a los africanos vendidos como animales de trabajo. Hoy luchamos contra las nuevas esclavizaciones. Una de ellas es la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes, muy fuerte en la ciudad por razones como la exclusión, la pobreza y el hambre.
¿Cómo ve el legado de la Comisión ahora, después de haber entregado el Informe Final?
La Comisión impulsó una movilización de la conciencia nacional durante más de mil días, haciendo escuchar a las víctimas de la guerra de todos los lados. Eso generó un sentimiento de cambio que sigue presente, independiente de que discutamos cómo hacer ese cambio. Lo que entrega la Comisión no es la Verdad sino una contribución a continuar la búsqueda, aportando nuevos datos, interpretaciones y críticas en una conversación de país, con el propósito de comprender por qué en medio de tantas cosas buenas que se hicieron en seis décadas, permitimos una guerra interna de sangre y de dolor de dimensiones únicas en el mundo.
Comprender no significa estar de acuerdo sino compartir la convicción de que unidos en diálogo podemos detener esta tragedia y construir juntos el futuro. La Comisión entregó recomendaciones para la No-Repetición como una llamada de ética pública, invitando a tomar decisiones personales e institucionales de fondo, que tenemos que emprender, pues, de no hacerlo, la violencia continuará de diversas formas, no importa quién sea el Presidente.
El Informe de la Comisión está en exposición en Cali, en la Biblioteca Pública Departamental. Invito a verla, para desde allí adentrarnos en la conversación.
A nivel personal, ¿cuál fue “la verdad” más importante que usted encontró durante esa investigación?
Lo más importante fue haber comprendido que vivimos un “modo guerra”, war mood o ánimo de guerra. Allí se metió Colombia desde la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética y allí nos clavamos más el día del ataque a las Torres Gemelas, cuando el Gobierno estipuló que hacíamos parte de la guerra mundial contra el terrorismo. Aprendí que la guerra no arregló nada. Los guerrilleros no lograron liberar a Colombia de la injusticia social y, al final, la tierra quedó más concentrada por la mafia y el narcotráfico y se agigantó la desigualdad.
El Estado no logró la pacificación total y, si bien hubo acuerdos con varios grupos y el acuerdo mundialmente apreciado con las Farc, la violencia continuó en empresas criminales con control territorial.
Aprendí que la guerra empieza por decisión de unos pocos líderes y, si no se ataja rápido, se vuelve interminable. Que las guerras siempre se degradan. Por eso, más de 50 mil secuestros, más de 20 mil niños reclutados, más 6 mil ‘falsos positivos’, más de 120 mil desaparecidos, y miren la degradación en Gaza y Ucrania.
Aprendí que las guerras se alimentan de la corrupción, el narcotráfico y el contrabando. Que la guerra daña todo lo que toca, combatientes, instituciones, comunidades, y solo favorece a los que hacen negocios o ganan elecciones con la guerra. No me importa la ideología, pero la investigación muestra que el Pentágono nos utilizó como aliados en el laboratorio de sus guerras mundiales, y nos dejamos utilizar entusiasmados por los beneficios que en otros aspectos hemos tenido en las relaciones con Estados Unidos.
Los colombianos nos quejamos de la polarización que domina el país, pero poco se hace por evitarla. Como experto en reconciliación, ¿qué les dice a los ciudadanos al respecto?
Que tenemos que salirnos de este “modo de guerra” que nos envuelve y que convierte la nobleza de la lucha política en una contienda de odios, rabia y terror, donde, de un lado, el mensaje es: “Tiemblen, porque si los que están en el poder continúan, nos jodemos todos”. Y, desde el otro: “Cuídense, porque si llega la derecha, van a matar al pueblo”.
La polarización colombiana es algo único en el mundo, porque es letal, conlleva una ruptura inmanejable que produce asesinatos inesperados y desprecia y fragiliza las extraordinarias capacidades de colombianos y colombianas de convivir y construir colectivamente.
¿Y qué les diría a los candidatos que se presentarán a las elecciones de este año?
Les pido que, si tienen el coraje de echarse este país al hombro, dejen de amenazarnos y llenarnos de miedo y de clavarnos en el “modo guerra”. Que se atrevan a un liderazgo claro, positivo, no adversarial ni odioso. Que presente cada uno la propuesta integral de soluciones políticamente viables, culturalmente consistentes y económicamente factibles a los asuntos que todavía no hemos sido capaces de resolver y que si no resolvernos seguirán acrecentando las víctimas, no importa quién gane el poder, en educación, empleo formal, garantía de la vida con dignidad, seguridad humana e integral, salud eficaz hasta la profundidad del campo, construcción del país desde los territorios, reforma rural integral, cuidado de los firmantes de la Paz, transición energética, protección de la naturaleza, inclusión de los indígenas, los afros, los campesinos y los jóvenes de las inmensas barriadas populares, condiciones para que las mujeres jueguen el papel central que les pertenece, fortalecimiento de la justicia, disciplina fiscal, articulación entre el Estado y los grandes empresarios de la producción y las finanzas para hacer productivo y con equidad todo el territorio, relaciones internacionales múltiples en un mundo multipolar, impulso a la cultura; y con la Iglesia Católica y demás confesiones, promoción de una ética de dignidad humana, cuidado de la vida e inclusión.
Si ganan el poder, cumplan el programa que ofrecen en campaña y ejecútenlo en diálogo y alianzas con todos, sin miedo, incorporando nuestra extraordinaria diversidad. Háganlo con grandeza incluyente, aunque les exija generosidad, tenacidad y paciencia. Si siguen acrecentando la ruptura, nos hundimos en la incertidumbre.
Una incertidumbre que también se siente a nivel mundial…
Estamos en un momento de trasformaciones mundiales aceleradas. La gente por todas partes vive la incertidumbre, porque las instituciones no responden a las necesidades nuevas que estas transformaciones desatan. Los ciudadanos están insatisfechos con los partidos políticos enredados en discusiones irrelevantes, con las cortes de justicia que no incorporan las nuevas complejidades del derecho, con los medios de comunicación controlados, con los sistemas de seguridad contraproducentes, con la desigualdad económica y la destrucción del planeta.
Lo delicado es que tampoco se confía en las instituciones internacionales. Naciones Unidas, que ha tenido decenas de funcionarios asesinados en Gaza, no ha podido detener el genocidio. El Acuerdo de París sobre calentamiento global se desplomó. La Corte Penal Internacional fue burlada. El Tratado Internacional de Libre Comercio fue destruido por la “weaponización” del dólar, las sanciones financieras y las tarifas brutales. Esta incertidumbre general es acrecentada por Donald Trump y sus seguidores, que aceptan manejar el mundo por encima de las instituciones, con una creciente y preocupante ideología militarista.
¿Por qué le preocupa tanto la ideología militar?
Ante todo, quiero distinguir entre los militares y los policías, y la ideología militarista, que es otra cosa. Veo que el proceso del mundo avanza hacia la pequeña ‘aldea del planeta’, donde no hay lugar para los ejércitos patriotas militaristas hechos para cuidar la soberanía sobre pedazos de la Tierra, porque vamos hacia la comunidad planetaria e institucionalidad mundial y monopolio de armas no letales, con seguridad integral de inteligencia y eficacia en hacer cumplir la ley, con justicia internacional y rendimiento de cuentas ante la ciudadanía planetaria de diferencias culturales y étnicas que comunica en tiempo real miles de millones de personas con traductores simultáneos de todos los idiomas.
Un tema de Iglesia...
Es la hermandad planetaria en la dignidad y la vida a la que llamó el Papa Francisco en la Fratelli Tutti y a la que el Papa León nos invita participando activamente en el cambio de civilización y teniendo cuidado de los pobres. Esa es la alternativa que tenemos para no matarnos en la guerra nuclear, hoy más probable que nunca en el escenario brutal y retador que levantan los Estados Unidos de Trump.
Y es la forma de solucionar problemas como el narcotráfico y las mafias y la criminalidad transnacional, la inequidad económica mundial, la destrucción de la Amazonía y el calentamiento global, el manejo de la estratosfera, las migraciones, las pandemias, los desafíos de la aceleración científica la tecnología y la inteligencia artificial, y la construcción de la paz entre personalidades con poder nuclear: Trump, Putin, Xi, Kim, Modi, Erogan, Netanyahu, Macron y Von der Leyen.
La oposición a este proceso de la comunidad mundial no la ponen los militares, sino la “ideología militarista”, que se da cuando se pretende que todo se explica y se arregla y se controla y se maneja con lo militar, cuando la formación militar enseña a matar por el honor de las patrias que se endurecen, cuando lo militar se vuelve lo sagrado y las armas se bendicen.
Cuando la ideología militarista exige que siempre tengas más ojivas nucleares para aterrar al otro, y que funciona igual en los capitalistas, los socialistas, los comunistas, los terroristas y los empresarios de las industrias criminales. Y el militarismo hace ya del MIC, Military Industrial Complex, la industria más rentable del mundo en el 2026 y vuelve a magnificar la historia de los Estados patrias, amurallados y expansivos, que se hicieron y se protegieron con ejércitos ensimismados en la misma ideología.
Pienso que después de 60 años en los que hemos pagado el precio espantoso e inútil de millones de víctimas, los colombianos tenemos la obligación de decirle al mundo que la guerra no sirve para nada, que no da seguridad, que daña todo lo que toca.
Finalmente padre, regálenos un mensaje para el año que comienza...
Invito a hacer de este 2026, año de grandes decisiones políticas, un año para acrecentar la confianza que nos debemos, a creer en los jóvenes de los sectores populares, en las mujeres, los campesinos, los indígenas y los afros, a confiar en los universitarios, los empresarios y los políticos, en la Iglesia Católica y demás iglesias; a acoger a las fuerzas de seguridad en un escenario de no más guerra y a poner toda la institucionalidad en los territorios más dejados.
Si logramos conquistar la confianza colectiva desde la comprensión generosa y responsable de nuestra historia, tendremos las bases para una seguridad serena, donde nadie sea asesinado por sus ideas; nadie secuestrado, nadie extorsiona, ninguna niña abusada.
Invito a que propiciemos el que Colombia, con tanto dolor de víctima, se convierta en un participante activo, riguroso de la construcción de la fraternidad mundial. Dios quiere la paz y la ha confiado a nuestras manos. No nos la va a regalar. Tampoco será un milagro. Nos puso aquí a todas y todos, colombianos, para que hiciéramos juntos la fiesta de la vida en este territorio único. Nos espera un día juntos. Que nos vayamos a encontramos al final de la vida con Dios separados los unos de los otros.