Tanto el presidente Gustavo Petro como la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) y la Unidad de Información y Análisis Financiero (Uiaf) se han posicionado en el centro de la polémica por el manejo y la difusión de información sensible que, en varios casos, ha sido cuestionada o desmentida por autoridades nacionales e internacionales.
El foco de la controversia se ubica en la forma en que reportes de inteligencia, sin verificación previa, han sido divulgados por el mandatario a través de su cuenta de X, discursos y alocuciones.
Entre ellos figuran denuncias sobre la supuesta adquisición del software Pegasus para interceptar a la oposición y un presunto plan de una “junta del narcotráfico” para asesinarlo. Ambos episodios fueron puestos en duda: el primero, por el Gobierno de Estados Unidos, y el segundo, por la Fiscalía y la Policía, que aseguran no tener pruebas concluyentes.
A este panorama se suma el escándalo por los encuentros de Jorge Lemus, exdirector de la UIAF y de la DNI, con el abogado de Diego Marín, alias Papá Pitufo, señalado como uno de los principales contrabandistas del país.
Este reciente caso ha generado nuevas alertas sobre posibles interferencias indebidas en entidades clave para la lucha contra el crimen organizado.
En medio de la controversia, el presidente ha denunciado, sin pruebas conocidas, supuestos hechos de corrupción al interior de la DNI y la Fiscalía, relacionados con un presunto intento de evitar que ‘Papá Pitufo’ regrese al país.
Sus afirmaciones han intensificado el debate sobre el uso de la inteligencia estatal y su posible instrumentalización.
Uno de los episodios más recientes involucra señalamientos contra el abogado Abelardo de la Espriella, a partir de una supuesta interceptación en la que habría participado en un plan para afectar las elecciones de 2026.
La versión fue divulgada por funcionarios y replicada por el presidente, pero posteriormente desmentida por la Fiscalía, que aseguró que no existe una interceptación legal en ese sentido.
El caso reavivó preocupaciones sobre la posible utilización de información de inteligencia en escenarios políticos, un tema sensible en Colombia tras los antecedentes del extinto DAS, liquidado en 2011 por escándalos de interceptaciones ilegales y abusos de poder.
Aunque la DNI fue creada con controles legales para evitar esos excesos, voces del sector advierten que dichos mecanismos se han debilitado en los últimos años. A esto se suma el cuestionamiento por nombramientos de funcionarios cercanos políticamente al Gobierno Petro, lo que, según expertos, habría afectado el rigor técnico de la entidad.
En paralelo, también se reporta una pérdida de capacidades estratégicas, reflejada en la disminución de cooperación internacional y en el debilitamiento de frentes clave de inteligencia, lo que impacta la continuidad de operaciones y la calidad de la información que llega a las más altas instancias del Estado.
Esta serie de situaciones ha despertado todo tipo de reacciones. De hecho, hay quienes aseguran que la inteligencia del Estado habría dejado de ser una herramienta para anticipar amenazas y combatir el crimen, para convertirse en un aparato politizado, orientado a alimentar la narrativa y las decisiones del presidente, con riesgos para la institucionalidad y la seguridad nacional.