La visita del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, a Colombia es más que un encuentro protocolario entre dos gobiernos. Es la muestra clara de que comienza una nueva etapa en una relación que durante décadas ha sido fundamental para la seguridad, la economía y la estabilidad de nuestro país.
Se trata de la recomposición de una relación histórica que el gobierno de Gustavo Petro se empeñó en destruir llevándola al punto más alto de desencuentros, de diferencias políticas y una pérdida de confianza que terminó afectando una alianza clave para el desarrollo de Colombia.
De ahí el enorme significado político del encuentro en Barranquilla; porque Colombia vuelve a mirar a Estados Unidos como un aliado estratégico y Washington vuelve a mirar a Colombia como un socio fundamental en América Latina.
La materialización de esta nueva era queda consignada en los llamados Acuerdos de Barranquilla, en los que Colombia y Estados Unidos trabajarán de la mano en asuntos como energía nuclear civil y minerales críticos, dos áreas estratégicas para el futuro económico y energético del país.
A ello se suma una agenda de cooperación en seguridad, infraestructura, tecnología, comercio, inversión y lucha contra el narcoterrorismo; pero más importante aún, la reanudación de canales de cooperación contra el narcotráfico y las organizaciones criminales.
Es indiscutible que el país necesita recuperar cuanto antes capacidades de inteligencia, tecnología y equipos para enfrentar a unos grupos armados que aumentaron su poder territorial y financiero con la misma velocidad con que el anterior gobierno de Colombia debilitó nuestras Fuerzas Armadas.
Pero Colombia debe aprovechar también este canal directo con Washington para negociar asuntos fundamentales como el mejoramiento de las condiciones comerciales, la eliminación o reducción de barreras arancelarias que afecten las exportaciones colombianas, una mayor inversión basada en esta nueva relación de confianza y cooperación para la reconstrucción después del terremoto.
Esa mejor relación también debe llevar sus condicionantes. El Gobierno de Abelardo de la Espriella debe tener claro que ser un aliado cercano de Estados Unidos no significa renunciar a la independencia de la política exterior colombiana o a elementos propios de su soberanía.
El restablecimiento de relaciones políticas con Estados Unidos debe girar, ante todo, sobre la base del respeto mutuo, la protección de los intereses nacionales y un trabajo coordinado que deje beneficios igualitarios a ambas partes.
También debe defender con firmeza sus intereses frente a cualquier decisión estadounidense que pueda afectar nuestra economía. Una relación de socios no puede limitarse a pedir cooperación en seguridad; debe traducirse también en oportunidades económicas concretas.
Tan importante como reconstruir esa confianza con el Gobierno de Washington es convertir esta relación en resultados tangibles para los colombianos, y la visita de Marco Rubio debe ser entendida como esa oportunidad de pasar de la confrontación a la cooperación.
Este martes en Barranquilla se abrió una puerta que Colombia no puede desperdiciar. El reto del Gobierno será cruzarla con inteligencia y sentido nacional: volver a ser un aliado confiable de Estados Unidos, sin dejar de ser, ante todo, un defensor firme de los intereses de Colombia.
Esa sería la verdadera ‘Época Dorada’ en la relación entre ambos países a la que se refirió Marco Rubio en la capital del Atlántico. Una alianza que deje inversión, tecnología, desarrollo económico y una cooperación efectiva para enfrentar al narcotráfico y al crimen organizado.