En el Valle del Cauca cerca de 6000 negocios han reportado afectaciones y una gran parte de estos no han podido operar desde el pasado 10 agosto cuando ocurrió el sismo. Detrás de cada número hay una historia, una familia, trabajadores que dependen de ese ingreso y empresarios que muchas veces levantaron su negocio con años de sacrificio.

Y, sin embargo, hay algo que resulta admirable en medio de esta adversidad, muchos de ellos ya están pensando en cómo volver a empezar.

Restaurantes que buscan nuevos locales, comerciantes que trasladaron sus operaciones a sus viviendas, empresarios que están reinventando sus modelos de negocio y emprendedores que, pese a haberlo perdido prácticamente todo, están haciendo adecuaciones para abrir nuevamente sus puertas.

Esta decisión tiene un enorme valor social porque cuando un empresario pequeño mantiene abierto su negocio, no solamente está defendiendo su patrimonio, sino también protege el sustento de varias familias.

Y aunque esa resiliencia surge, a veces, de la necesidad, también es un compromiso con las ciudades y con la gente. Ese es precisamente el tejido empresarial que debemos mirar con mayor atención. La economía regional está constituida mayoritariamente por micro y pequeñas empresas, son miles de panaderías, restaurantes, tiendas, talleres, hoteles, peluquerías, comercios y emprendimientos que todos los días generan actividad económica y sostienen buena parte del empleo.

Por eso, esta tragedia también debería convertirse en una oportunidad para reconocer su importancia y fortalecerlos porque, en este momento, estos negocios no pueden avanzar solos. La primera ayuda está en las manos de los mismos consumidores, de los mismos caleños y vallecaucanos que tomen la decisión de apoyar a los negocios de su cuadra, de su barrio, de su comuna.

Si un restaurante vuelve a abrir es hora de apoyarlos; si una panadería del barrio está funcionando, compremos allí. Si un comerciante tuvo que trasladar temporalmente su negocio, busquémoslo. Salir, comprar, comer, hospedarse, asistir a eventos y consumir productos locales también es una manera de reconstruir Cali y darles la mano a los emprendedores que no tienen temor en arrancar una segunda o tercera vez.

Como bien lo han dicho algunos empresarios afectados, si todos nos quedamos en casa por temor o si suspendemos indefinidamente nuestros planes, la ciudad también se paraliza. La prudencia es necesaria, por supuesto, pero también lo es recuperar la confianza.

Y aquí hay una responsabilidad especial de los gobiernos nacional, departamental y municipal. Los pequeños negocios necesitan alivios, acompañamiento, financiación y asesoría y que esto llegue rápidamente para evitar que la producción se frene y con ello, el empleo.

Ya se anuncian algunas medidas, ojalá que muchas de ellas lleguen a los emprendedores de todo el departamento, que lo que piden es que los consumidores vuelvan a sus locales.

No se trata de olvidar lo que le pasó a Cali y al Valle, eso nunca podría suceder porque ha dejado mucho dolor entre las familias. Es volver a empezar y tener la oportunidad para mirar hacia ese enorme grupo de pequeños negocios que necesita a los colombianos y al Estado para seguir adelante.