A comienzos de la semana entrante es la cita. La buscó el señor Petro por los canales de la diplomacia y agachó la cabeza mostrando que su temperamento indócil y levantisco, buscando notoriedad, podría mostrar otros lados de cooperación, sobre todo en lo relativo al narcotráfico que él, unos días antes, fantochaba con falaces estadísticas, sosteniendo que lo había disminuido. Esto, no obstante, que en verdad había superado todos los niveles anteriores.

Fue entonces cuando se produjo la conversación telefónica entre los dos presidentes, de la que él (Petro) dijo, sin inhibición alguna, que había recibido el orgullo de que Trump lo mirara distinto al marcado narcotraficante, como lo había señalado cuando lo introdujo en la lista Clinton, en la que aún permanece con proceso abierto en aquella lontananza del Norte.

No es que me guste que esas cosas pasaran. Hubiera querido que el señor Petro se hubiese comportado distinto, normal, como un estadista que comprendiera que su destino no era llegar a la pelea del discurso atravesado y pelión, sino a la respetabilidad del líder que comprendiera que el mundo debe ayudarse entre sí. Pero soy un colombiano que no espera nada más de la vida distinto a que se cumplan los ideales democráticos, reine la justicia y se pueda progresar en paz. O como dijera hace más de 50 años el expresidente Darío Echandía: “Que se pueda sin peligro pescar de noche”.

Claro que el narcisismo de Petro no lo deja bajar la cabeza. Se jacta en decir que ya es una figura mundial cuya notoriedad ha superado al gran bandido Pablo Escobar. Y, cuando abusivamente llevó un megáfono a Nueva York para usarlo en una esquina, después de su intervención como jefe de Estado en la ONU, cosa que todos recordamos, abusando de su condición diplomática, se atrevió a pedirle a las fuerzas armadas norteamericanas que no cumplieran las órdenes de Trump, en el evento que se estaba desarrollando entre Israel y Palestina. Ese comportamiento constituye delito allá y aquí. Pero él quería con avilantez agraviar en suelo estadounidense a otro sujeto en realidad más narcisista que él: Donald Trump. ¡Insolente!

Nadie se equivoque -y no lo digo por mi deseo, sino por la observación psicológica de los hechos y personajes—, pero el presidente de USA no ha olvidado nada y sabe cobrar, a veces con la exageración abusiva que puso en el caso de Maduro. Ese es el ejercicio de un poder brutal, pero así ocurrió, deliberadamente.

No obstante, la perspectiva abría ciertas puertas que bien podían conducir a una colaboración de Estado a Estado, desde luego guardando las reglas de la compostura y el respeto.

Ah, pero el señor Petro llegó trastornado hace cuatro días a la cita que tenía con el alcalde de Bogotá, hijo de Luis Carlos Galán y hombre de acción, cuando se oficializó el compromiso de rescatar de las ruinas el hospital de San Juan de Dios en la capital. Allí fue Troya. Pronunció un discurso grandilocuente en el que se notaban los tragos -y algo más- de la noche anterior. Entró a decir disparates y a reformular sus críticas a Trump, a quien recomendó que devolvieran a Maduro a Venezuela y a que le hicieran allá, en la tierra de Bolívar, un juicio distinto; o a que un tribunal de estadistas de América lo juzgara en debida forma. Y se le fue la línea y deambuló por los aspavientos como si fuera el gran líder del mundo contemporáneo. ¡Qué horror!

Y allí estamos. Él, Petro, se siente el nimbado de Dios, mientras Trump ha de reconfirmar su idea de que ese es un loco, drogadicto y desfachatado, peligroso con la lengua que se suelta como mula rucia, dando patadas al universo.

Cómo sería de lindo que nos gobernara un estadista de verdad y un hombre aplomado. Pero ese no es el caso. Su hermano Juan Fernando ya había dicho que nació con el síndrome de Asperger y el narcisismo galopante. O sea que lo que vendrá al inicio de la semana entrante en la visita no será seguramente ni sano ni bueno. Entretanto, Petro adjudica contratos con sabor a campaña y suelta decretos dilettantes como la emergencia económica y riega auxilios y aumenta el salario mínimo hacia un tope que ni siquiera estaba en el pensamiento del sindicalismo. ¡Demagogia!

Y claro que es posible que, en medio de todas estas calamidades calculadas y buscadas, llegue el comunismo a Colombia con Cepeda. Tales son los sueños de Petro y compañía. Es por eso que, si la victoria se muestra inicialmente favorable al señor Abelardo De la Espriella, votaré por él, como lo harán Paloma Valencia y el propio Álvaro Uribe. Ese es un voto inexorable para salvar nuestro propio destino. Vamos p´lante. @BaronaMesa