Lo confieso. Estoy entre esos cientos de miles de caleños que dejó casi para última hora la renovación de su licencia de conducción. Fui aplazando por un motivo o por otro, casi siempre relacionados con el exceso de trabajo, la realización de un proceso que, como todos lo imaginamos puede ser engorroso y demorado.

El jueves pasado, en uno de esos escasos días que tomo de descanso entre semana, cuando por cuestiones de este oficio de periodista trabajo un domingo, decidí aventurarme a cumplir con el deber al que obliga la ley 2161 de 2021 (sí, desde hace dos años usted y yo pudimos hacer la vuelta sin tanto estrés y sin la espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas hoy porque el tiempo se acaba).

Claro, primero averigüé con amigos y familiares cuál era el mejor sitio para hacer el trámite. Por la cercanía a donde vivo, decidí aventurarme en la Secretaría de Tránsito de Yumbo que queda sobre la Calle 70, al norte de la capital del Valle. Madrugué, hice la fila en el local donde me realizarían los exámenes médicos y empezó la espera.

Tres horas y media para llenar el formulario con mis datos, para que me llamaran al examen de audición, luego al psicológico que más que indagar sobre mi salud mental se enfoca en ver cuál es mi reacción como conductora, de ahí pasar al de la vista donde comprobé que la cirugía para la miopía a la que me sometí hace 16 años sigue siendo efectiva, y luego el control médico de rutina.

Todo bien, sin restricciones, por lo que cansada pero feliz salí con el papel que acreditaba mi aptitud para manejar carro y pasé a la puerta del lado, donde está las sede del Tránsito. Como la mayoría de los que hicimos en ese lugar los exámenes médicos, llegué -a las 11:30 a.m.- convencida de que en cuestión de minutos tendría en mis manos mi renovada licencia de conducción. ¡Ya hubiera querido que así fuera!

Muy amable, la primera funcionaria que encontré me comunicó que ya no había turnos, que a la 1:30 p.m. volvían a asignar fichas, pero solo 35. ¡Treinta y cinco!, cuando éramos al menos cien los que habíamos hechos la vuelta de los exámenes en la oficina contigua.

Nada qué hacer. A aguantarse el calor del medio día y a esperar que llegara la una y media... Solo que cuando salí a hacer la fila, decenas de personas se me habían adelantado. Una cuenta rápida -porque no sabía quienes iban por la renovación de la licencia de vehículo y también por la de moto, que contaban por dos turnos- me permitió saber que era imposible lograr el turnito, así es que hice lo más sabio, me fui, aunque con la preocupación de no saber cuándo dispondría de tiempo para regresar a completar el trámite, ¡antes del 20 de junio!

Y ahí debo decir que el bombillo se me iluminó. Camino a mi casa, a las 12:30 de la tarde, con hambre y acaloradísima, se me ocurrió pasar al Centro de Diagnóstico que queda también en la 70, pero del lado de Cali, a ver si había menos gente.

¡Oh, sorpresa! Ni un solo caleño realizando el trámite. Ahí sí, luego de mostrar mi certificación y de pagar lo correspondiente, en cinco minutos tuve mi licencia renovada.

Lecciones: no dejar para última hora los trámites que son obligatorios y tienen un tiempo límite para hacerlos. Segundo, no suponer nada porque a veces lo más fácil y sencillo está donde menos se espera.

Toda esta historia personal para invitar a los caleños y en general a los colombianos para que vayan ya a renovar su licencia. Es increíble que a la fecha, de 4,6 millones personas en el país que debían realizar la vuelta, ni un millón lo haya hecho. Y que de los 300 mil caleños, apenas el 10% cumpla a esta fecha con el trámite.

Saque el tiempo, yo sé que es costoso porque mi bolsillo lo resintió y bastante, pero más cara puede ser la multa que le impongan después del 20 de junio si su pase no está al día.