El restaurante tiene estacionamiento propio, cubierto por bellos árboles; se entra por un pórtico, con los baños discretamente a mano, a lo largo del cual hay una fresca terraza para comer al atardecer o cenar por la noche (con toldos para cuando llueve) y al fondo se llega a un amplio corredor/comedor para almorzar el medio día; los dos espacios forman una esquina al lado de un estanque con nenúfares, papiros, buchones, lechuguillas, peces y una fuente levemente sonora, que recuerda al Partal de la Alhambra y “el declive por el cual se derrama el cielo en la casa” del que habló Jorge Luis Borges. La aseada cocina está aislada del comedor por vidrios, pero el que quiera entrar puede hacerlo para mirar cocinar, oler, catar y hablar con el chef.
Siempre recibe un amable capitán de meseros que da la bienvenida llamando a sus clientes frecuentes por su nombre, que les indica el lugar y la mesa que sabe que les serán más convenientes; pero también las hay pequeñas para parejas, y amplias y cuadradas para los que van solos y quieran compartirlas con otros y hablar con desconocidos. Las mesas y sillas son bonitas y cómodas y las hay auxiliares y pequeñas para dejar las bolsas; los manteles blancos, y las servilletas de varios colores, son de tela, y limpios y planchados; la arquitectura regionalista del sitio es discretamente emocionante sin recurrir a adornos, y solo hay en una pared fotografías de sus concurrentes más más asiduos en sus lugares preferidos del restaurante.
A todas las mesas llega de inmediato su mesero respectivo, vestido discretamente de caqui y con delantal blanco, con varias cartas, las que están escritas en letras grandes para que se puedan leer fácilmente sin tener que recurrir a los anteojos; el menú no es ni tan largo ni tan corto ni tan caro, y consta de acertadas variaciones locales de los platos más conocidos en el mundo, además de las de los típicos de la región. Luego de una pequeña entrada y un aperitivo -cortesía de la casa- los platos llegan sin adornos pues su contenido basta para que sean atractivos y provocadores. Solo hay que levantar la mano para que su mesero regrese pronto al lado; y un catador le hablará de cervezas y vinos, y podrá escoger el que le guste y no por su precio.
El restaurante es silencioso y solo se oyen los pájaros, todos los comensales hablan bajo y discretamente, pero ríen con alegría mirando a los demás, compartiéndola; los conocidos pasan a saludar y los amigos a charlar brevemente; todos visten sencillamente y de acuerdo al clima tropical; nadie habla por su celular o se retira para hacerlo, y no se toman fotos. En el estanque hay una pequeña isla a la que se accede por un sencillo puente, para los que quieran fumar y bajar algún bajativo, a los que la casa les ofrecerá algún tentempié para acompañarlo, y que después salgan ya restaurados para sus casas y en buena compañía. Las celebraciones se hacen en un salón aparte, y los fines de semana u ocasionalmente, allí hay música clásica, pero siempre en vivo.
Este encantador restaurante se entenderá mejor después de leer el libro de Salman Rushdie, Cuchillo, de 2024, que lleva a pensar en la importancia de comer bien y acompañado de amores y amigos, lo que está al alcance de mucha más gente de lo que pensarán los que no reflexionan y creen que solo es para los más ricos (que poco lo frecuentan) pero basta con recordar que muchos pueden comer y beber sabroso en una grata fonda de verdad en un pueblo de verdad o en un barrio tradicional de verdad, en las que además se puede fumar tabaco ahí mismo, y que para los buenos restaurantes sobra gente aunque no pueda ir tanto como quisiera; tal como dijo Sócrates, citado por Rushdie “la vida [o la comida] sin reflexión, no merece la pena vivirla”.