Excelente idea, aparte de justa, de la Universidad Nacional de Colombia al denominar este 2021 como ‘Año Gerardo Molina’, homenaje al maestro que hizo del humanismo la razón de ser de su vida.

Hoy, a 30 años de su partida -falleció el 29 de marzo de 1991-, el siempre profesor, el político transparente, el hacedor incansable y el visionario indomable está más vigente que nunca. Y entre los testimonios de su obra hay uno que brilla con luz propia, la ‘Nacho’, a la que, como rector (1944-1948), dio impulso para convertirla en lo que es: un bien común antes que en un aparato del Estado.

Aparte de ser la institución de educación superior más importante de este país. Otra cosa es que se cuente cada vez menos con sus aportes, de cara a los inmensos desafíos que tenemos enfrente. Porque, contra toda lógica y decencia, en la Colombia de hoy más valen los roscogramas que la excelencia. Aquí mandan, con descaro y sin vergüenza, la clientela, el amiguismo y el delfinazgo.

Por encima de eso, y a pesar de ser otra de las tantas cenicientas de la educación pública, la Nacional se levanta a diario a producir en investigación, estudios, análisis y, qué sé yo, demás frentes en los que trabaja. Hechos que poco trascienden porque andamos cautivos de quienes dicen sandeces, con las cuales ya se puede hacer un tratado sobre la imbecilidad.

Mejor pues recordar al maestro Molina y a eso que puso en marcha, como filosofía y deber: formar ciudadanos dispuestos a ser profesionales destinados a construir en comunidad, antes que máquinas expertas en hacer plata. Y apostar por una universidad que tuviera un espíritu universal (“europeo” se le llamó para emular a esas Alma Máter que han servido de antorchas libertarias para iluminar la verdad y la justicia, aparte de luchar contra tantos oscurantismos).

Todo ello, sin que la Nacional dejara de ser una forma de expresión colombiana y un punto de encuentro del alma latinoamericana. Una obra de semejantes proporciones solo la podía hacer “un universitario” como él, tal cual lo llama la actual rectora, Dolly Montoya Castaño.

Gerardo Molina fue también aquel precoz parlamentario que durante el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo sumó ideas y dio debates para defender conquistas sociales puestas en marcha en ese período, las mismas que aún hoy algunos intentan echar atrás.

Vinieron luego las persecuciones:

Una mediática, la de los columnistas Enrique Santos Montejo, ‘Calibán’, y Juan Lozano y Lozano, aliados al partido Conservador y a monseñor Ismael Perdomo en la causa de cerrar el paso a su elección como rector de la Universidad. Le llamaron “fanático marxista” y lo señalaron de querer “corromper” a los jóvenes. Al final, el gobierno del encargado Darío Echandía hizo respetar la votación en el seno del Consejo Directivo, donde Molina había alcanzado mayoría.

Otra, con exilio incluido, que sucedió a ‘El Bogotazo’, donde Gerardo Molina formó parte de la fugaz Junta Revolucionaria y de la que quedan como recuerdo sus arengas en la Radio Nacional, llamando a la movilización más no a la violencia.

Pero hay más Molinas para evocar. Uno, el esposo de Blanca Ochoa, la antropóloga que abrió camino en el país a más mujeres en ese campo del saber. Otro, el candidato presidencial en las elecciones de 1982, a la cabeza del movimiento ‘Firmes’. Ese hombre que despertó ilusión en sus partidarios y respeto absoluto de buena parte de sus contradictores.

Con las ideas de siempre: en contra de la iniquidad (que no es lo mismo que la inequidad) y a favor de la paz. Aunque, de estar aquí y ahora con nosotros, le valdría descalificaciones. De unos, por ‘mamerto’. Y de los otros, por ‘tibio’.

Es por eso mismo que más falta nos hace Gerardo Molina en este instante. Y todo indica que más falta nos hará mañana.
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