La larga historia de las malas decisiones electorales de los colombianos es bien conocida por todos y pesa sobre la consciencia de la nación en forma de una larga lista de preguntas hipotéticas: ¿qué tal si en las elecciones de 1946 la decisión mayoritaria hubiera sido otra? ¿Viviríamos en un país más reconciliado, pacífico y moderno si en 1982 Galán hubiera ganado la presidencia?
Entre más pienso en las malas decisiones electorales de las mayorías a lo largo de nuestra historia, más entiendo que en muchos sentidos la lista de quienes no lograron llegar a la presidencia está mejor conformada que la de quienes sí gobernaron el país. En cambio, muchos otros ocuparon la presidencia como si se tratara de golpes de suerte, sin un mérito cercano al que tuvieron algunos que pasaron la mitad de sus vidas compitiendo por un triunfo que nunca llegó.
Para conectar esta idea con tiempos más recientes, basta con revisar la lista de candidatos de las elecciones presidenciales de 2018, cuando los colombianos tuvieron en los tarjetones opciones con la experiencia y visión de Germán Vargas Lleras, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo. Por una razón que debe decirnos mucho sobre nuestra problemática y polarizante forma de entender la política, las mayorías prefirieron el discurso divisivo y populista de Petro y la muy light economía naranja de Iván Duque. Nuestras malas decisiones electorales como nación, que se remontan a hace muchas décadas, deberían llevarnos a hacer las preguntas más incómodas.
Porque un país que ante discursos aterrizados y con visión prefiere tantas veces escoger los caminos divisivos y los cálculos alegres carga gran parte de la culpa de su realidad estancada y frustrada. Y preocupa especialmente que dentro de menos de tres semanas, según la inmensa mayoría de encuestas, los colombianos están muy cerca de repetir esa historia de malas decisiones electorales, impulsadas por la furia y la rivalidad, quizás las peores consejeras a la hora de plantear un proyecto de país donde quepamos todos.
En el centro de esa conversación tan hipotética e imposible de concluir sobre los ‘casi’ presidentes que nunca llegaron a ganar elecciones hay un nombre por el que cada vez más se preguntará una nación que nunca lo escogió para dirigirla: el de Germán Vargas Lleras.
La retórica impulsada por el presidente Petro, simplista y experta en demeritar cualquier logro ajeno, ha insistido en presentar a Vargas Lleras como un delfín de la clase política. Pero lejos de ser cierta esa historia tan fácil de contar, Vargas compitió por tres décadas en la arena democrática y luchó voto a voto en cada región del país. Nunca buscó un atajo en su carrera, ni ocupó un cargo para el cual no hubiera hecho carrera.
La conmoción que ha dejado en el país su temprana muerte, antes de llegar al cargo que siempre buscó alcanzar, ha devuelto a la conversación nacional su mirada de estadista y la transformación que dejó en materia de infraestructura y vivienda. Pero hay un capítulo de su carrera política del que menos se habla –el más largo de su vida pública– y que deseo recordar: el de su labor como opositor.
Durante su vida política como dirigente liberal, concejal y congresista, Vargas Lleras estableció su voz como la de un opositor durante momentos cruciales de gobiernos como los de Samper, Pastrana, Uribe, Duque y Petro. Incluso cuando hizo parte del gobierno Santos, como ministro y vicepresidente, desató en varias ocasiones episodios de crítica interna en el ejecutivo y demostró que su criterio no terminaba con su llegada a un cargo. Desde su rol como opositor, Vargas Lleras siempre dio ejemplo de civismo, de respeto por la institucionalidad y de diálogo democrático con todas sus contrapartes. Y hoy el país debe recordar más que nunca la necesidad del diálogo de altura para alcanzar soluciones y acuerdos.
Vuelvo a pensar en esa elección presidencial de 2018, una de las más bochornosas de nuestra historia, disputada entre Duque y Petro, y pienso en lo distinta que sería la historia si Vargas Lleras hubiera sido presidente de Colombia.