El doctor Marco Fidel Chávez, abogado, literato, erudito en historia, filósofo y poeta, cumplió cien años, cuando Cali se perdía en medio del “dolor sin nombre” del terremoto, como lo dice en el bambuco lejano aquel viejo compositor, Libardo Parra Toro, con su seudónimo ‘Tartarín Moreira’. Dolía y duele en todos los que vivos quedamos, un poco a la vera del camino.
De igual modo, también esos cien años, gastados en poesía y en un modo de vivir distinto al de los otros mortales, me llevan a recordar aquella frase que un esclavo decía al oído del gran triunfador romano, cuando recibía en apoteosis la ovación de su pueblo por sus triunfos y que, con la sencillez y humildad de los ciudadanos comunes, le decía al oído: “Recuerda que eres mortal”. Marco Fidel, por supuesto, sabe todo esto y ha sido un hombre sencillo y racional. Pero con tranquilidad ha pasado esa línea centenaria lleno de sabiduría y el reclinar adusto de la palabra en un soneto. Un buen soneto, por cierto, es una de las actividades más difíciles que en las letras pueda emprender un hombre.
Algo conozco de la vida del este poeta, trasegante y tumultuoso, navegante del amor. No olvido el comienzo de un poema suyo: “ Yo no si el amor es un rostro que al corazón regresa / cada vez que uno mira soledad en las ramas. / Y cuando las palabras se estremecen antes de quedarse en el aire / es porque un nombre que despierta la memoria ha recorrido todos los rincones. (...)”
Inquieto desde siempre, cuando tenía veinte años se presentó en el Teatro Colón de Cali el poeta, también joven pero no tanto, Pablo Neruda. Marco Fidel subió al escenario y después del saludo, invitó al poeta chileno a pasar un buen rato en Juanchito, al lado del río rumoroso, de la música abierta y pachanguera y de muchas muchachonas de veinte abriles. Marco Fidel tenía en el bolsillo unos diez pesos que de nada servían. Entonces comunicó al dueño que allí estaba con él el poeta Neruda; y la noticia se extendió en todo el trepidante lugar y fue llegando a la mesa una botella de whisky y después otra y otras. Y las muchachas de piernas largas y torneadas y besos sueltos como en una rueda de Chicago. Y vieron amanecer entre los rotos y rojos jirones de un sol que se sumaba a la fiesta. Y los llevaron de regreso al hotel Colón, que era el mejor de Cali en el entonces.
Neruda se fue para Manizales donde tenía conferencia. Y fue entonces cuando Laureano Gómez, en un editorial de El Siglo, con su afilada prosa, insultó al después Premio Nobel. Pluma ardiente la del político conservador. Pero qué le han dicho al autor de los “Veinte poemas de amor”. Contestó con tres sonetos punitivos que tituló “En la soberbia la espina”. Veamos solamente un pedazo:
Adiós Laureano nunca laureado. / Sátrapa triste, rey advenedizo. / Adiós emperador de cuarto piso / antes de tiempo y sin cesar pagado. // Administras las tumbas del pasado / y, hechizado, aprovechas el hechizo en el agusanado paraíso / donde llega el soberbio derrotado. (...)”
Marco Fidel gozaba con estos sonetos; y de conservador que era, pasó a izquierdista. Se reía en silencio de todo el andamiaje político que entonces era igual al de hoy, salvo los detalles. Bailaba sin quitarse el saco. Y conversaba silencioso consigo mismo. Con su mujer Ofelia, la poeta al viento, fueron un día a mi finca. Ella vio una roca grande, muy grande y dijo: “¿Cuántos años de amor tendrá esta piedra?”
Y el poeta bailó con su sombra. Recuerdo que de niño había oído unas melodías que se llamaban La Conga. Y Marco Fidel las bailó contando sus pasos...”Uno, dos y tres, que conga más chevere, que de mi conga es...”
En realidad esta nota es como un coloquio sentimental y los años que se fueron, no se fueron. Aquí están, bajo mi mirada furtiva y el silencio. Son los recuerdos, que no son otra cosa que la vida misma. Digamos la verdad: realmente el ser humano no es nada distinto a lo que guardan sus memorias.