Han pasado malas horas y días y algunos años en que el absurdo de la vida se impuso. Pero al fin la historia volvió a su curso, con un remanso de regocijo y tranquilidad, que se va levantando como un ave en medio de la tormenta. Entonces pienso en mi destino y en el alma que nos da la vida, creando una ilusión que llega hasta el amor y los triunfos del esfuerzo personal.

Por eso va este poema en el que repinto, con palabras inciertas, el misterio y sus interioridades en el archipiélago vital, tanteando como un mortal mi propio final misterioso, que es el de todos los seres humanos.

Alma es palabra latina que viene del griego psiquis. Platón buscó y encontró en las profundidades de la psiquis una serie de atributos, todos espirituales, sin que se haya terminado esa labor a través de los milenios y la integración del concepto. Por supuesto, el cuerpo muerto pesa menos que vivo y se explaya por caminos que no fue Dios -¿o sí? el que los inventó, pero sí los impuso en medio del silencio que queda en las afueras de cada uno. Allí, en realidad, se encuentra la vida y una muerte, con la que simplemente deja de ser la existencia. Y ya no somos más que el lejano recuerdo. Miremos entonces estos versos filosóficos:

Los ribetes del alma:

No se ve el alma, solo se siente

moviendo un cuerpo confinado al silencio.

Cuerpo como el de una marioneta,

desplomado y sin aliento.

Es mi cuerpo, me digo y además lo siento,

como si mi alma fuera ventrílocua,

traduciendo el sonido y el movimiento

de un universo que se agita y no muere.

No se ve el alma, tampoco se siente.

Palpita, se mueve y agita un mundo.

Ama y sufre, descubre la belleza

y oculta el desenfado de dolores y dichas

que se mueven calladas. O pueden entonar

una canción -su canción-, que rompe

la soledad y a veces el hastío.

Es el alma de las cosas y los seres

la que alberga la vida y sus elucubraciones.

Cuando escribo sobre esto,

sé que poco importa la muerte.

La vida seguirá con esa u otras almas

transeúntes, sin que se detenga mi mirada,

ni mi presencia, ni mi angustia o alegría

que volarán más ellá del ensueño.

Porque quizás todo habrá sido un sueño,

a pesar de que el alma multiplique la vida

por siglos y milenios. Porque el alma

es realmente la vida.

Pero es también la muerte.

Y de pronto -tal es el misterio-,

esté más allá de este universo,

mirando otro, que no ocupará un espacio,

pero estará por siempre

palpitante, oteando al infinito.

Es ese el destino, es la luz,

es el mundo encantado

que construye puentes, edificios y caminos.

Y también hace la música

y el soplo donde se anida el amor...