Desde el petrismo oficialmente fue presentado el llamado gabinete alterno –del que hablamos previamente la semana pasada– como una figura de oposición al nuevo gobierno liderado por Abelardo de la Espriella. Esta figura, que ha dado mucho de qué hablar y que no pasa de lo meramente simbólico, protagonizará una enorme contradicción: la de quien pudo hacer y no hizo, y que cuando ya no puede hacer busca dictarle a quien gobierna cómo realizar sus tareas.

Algo interesante del denominado gabinete alterno que presentaron desde el Pacto Histórico, compuesto en gran parte por los mismos exministros del expresidente Petro, es que quien se presenta como su jefe no es el candidato Iván Cepeda, como se esperaría que fuera el orden de las cosas. En cambio, su líder es el mismo expresidente Petro: quien dirige ese supuesto gabinete no es su candidato derrotado que buscaba llegar al poder, sino su expresidente que ya terminó un periodo de mandato. Allá también podrán llamarlo “Presidente eterno”.

Dice un dicho famoso que después de la guerra, todos son generales. Pocas veces en la historia de nuestro país este dicho había tenido tanta relevancia. En cuestión de pocas semanas, los protagonistas de uno de los gobiernos más erráticos de nuestra historia reciente han conformado un supuesto gobierno a la sombra, como lo hacen los dirigentes de países invadidos que logran escapar de la guerra. El punto es que en una democracia como la nuestra esa figura no solo no existe, sino que solo conduce a profundizar la herida que ha abierto el expresidente Petro al cuestionar la legitimidad del nuevo gobierno.

Es, sobre todo, un giro de descaro sin precedentes en la historia política del país. Porque incluso los más firmes defensores del petrismo coinciden en que sus mayores logros fueron en materia narrativa y que su talón de Aquiles fue la ejecución. ¿Cómo entonces serán los encargados de tan baja ejecución quienes ahora dictan cátedra sobre cómo administrar correctamente los discursos?

El desastre que dejaron muchos de los que hoy se sientan con comodidad en esa mesa tan ficticia e inútil, visto a través de escándalos como el de la Ungrd, tomará un largo tiempo para ser reparado. Y los responsables de tantas crisis y errores en la administración pública son los menos indicados para señalar cómo resolver esas mismas calamidades. No hay que ser defensor del presidente De la Espriella para reconocer que el suyo es un gobierno elegido legítimamente y que todos los intentos por restarle legitimidad a su mandato son graves formas de desafío a la democracia.

No se puede pasar de ser responsable de tantos desastres, escándalos y malas decisiones, a posar de faros éticos y de expertos en la forma correcta de administrar un país. Que cada vez que el partido derrotado en la segunda vuelta dé cátedra sobre cómo gobernar a Colombia recordemos los inmensos desaciertos y errores que cometieron cuando tuvieron la oportunidad de ser un gobierno de verdad.

Posdata: Desde los días en que la izquierda cuestionaba las medidas de seguridad del expresidente Uribe, pasando por las burlas a la protección del presidente De la Espriella desde el petrismo, y de los ataques a Petro por el enorme costo de su esquema de protección, es necesario repetirlo: cuidar la vida de quienes han ocupado la presidencia es un deber de toda la nación. Una de las críticas más pandas y absurdas que vemos con frecuencia en el debate es la de burlarse de los protocolos de seguridad de un gobernante,. Los niveles de riesgo que enfrentan los presidentes de Colombia –sin importar sus afiliaciones ideológicas personales– son enormes y las autoridades no deben escatimar esfuerzo alguno, y menos por criterio político.