En los largos años de vida que Dios me ha concedido, he sido testigo de todas las violencias que Colombia ha sufrido desde 1946 hasta los días que corren, pero jamás imaginé que esta adolorida patria sufriera la tragedia que sobrevino con el terremoto del lunes último, cuando el suelo se estremeció y cayeron tantas edificaciones causando la muerte de numerosos habitantes, de los cuales pudieron ser rescatados algunos pero la mayoría quedó atrapada bajo los escombros, y a estas alturas parece imposible rescatarlos con vida.

No tengo ninguna cercanía ideológica con el actual presidente de la República, y pensaba dedicar esta columna a expresar las críticas que tengo sobre su folclórica posesión. Sin embargo, he resuelto dejar de lado esa idea para pedirles a mis lectores que hagamos un alto en cualquier diferencia que tengamos con el Gobierno y dedicarnos a promover un ambiente de solidaridad con las víctimas del terremoto.

He conocido tres Abelardos colombianos y uno en el libro del Siglo XII, que leí muy muchacho pues mis abuelos tenían una buena biblioteca. En Tuluá, Abelardo Ochoa era un retrasado mental, al que todos respetábamos y queríamos; Abelardo Forero Benavides, uno de los grandes intelectuales colombianos, poco estimado por los liberales que lo considerábamos ‘lentejo’ pues fue colaborador de varios de los gobiernos de derecha que persiguieron sin piedad al liberalismo; y en el libro mencionado, ‘Abelardo y Eloisa’, están las cartas de amor de ambos, que terminaron sus vidas en un monasterio por las presiones religiosas de la época; y de Abelardo de la Espriella conocíamos sus andanzas profesionales y su inclinación por aparecer como presentador de circo. Jamás imaginé que lo vería ciñendo la banda tricolor como primer mandatario de la Nación.

Le he propuesto a mis amigos del progresismo liberal que le concedamos un plazo de 100 días para que el presidente nos muestre lo que va a ser su gobierno, olvidándonos en ese lapso de los nombres fatales que incluyó en el gabinete ministerial y del discurso mediocre que pronunció al tomar posesión.

Colombia atraviesa hoy uno de sus momentos más difíciles porque el terremoto causó estragos en una amplia zona del territorio nacional, especialmente en la occidental, siendo Cali una de las ciudades mayormente afectadas. He visto al alcalde Alejandro Eder haciendo todo lo que puede para colaborar en el rescate de víctimas y en dirigir las operaciones de la fuerza pública. Y he visto al presidente De la Espriella inmerso en la tragedia y disponiendo las medidas constitucionales que le permitan afrontarla con los recursos necesarios. Su presencia y la de funcionarios en diversas ciudades afectadas lo muestra como una persona capaz de enfrentar esta situación de angustia colectiva. Su esposa también se presenta solidaria con las gentes que sufrieron daños considerables.

En este momento todos somos Colombia, sin distingos banderizos y dejando atrás los odios seculares para prestar todo el concurso del que seamos capaces para recuperar la patria herida en lo más íntimo de su corazón. No es el momento para pasar cuentas de cobro ni criticar con rabia a un gobierno que apenas empieza. De mi parte me mantendré firme en el compás de espera de 100 días que debemos concederle al gobierno, al término de los cuales podremos tomar la decisión de apoyarlo o de iniciar una oposición constructiva, con el único interés de servir los intereses nacionales.