Los escritos póstumos y las exaltaciones de personas que se han ido, a quienes poco se les homenajea en vida, se convierten a veces en una narrativa de despedida clichesuda. Por la gracia de Dios, al destinatario de esta columna —embebido en la nostalgia que produce la ausencia de un grande— le pude hacer homenajes en vida; el cielo me regaló ese privilegio.

He sostenido que la mejor herencia que me dejó mi amado padre fueron sus amigos y sus libros. Mario Fernando, a quien siempre consideré más que un amigo, es prueba fiel de ese magnífico y generoso efecto sucesoral de las amistades que mi padre cultivó y cosechó con celo, respeto y admiración, y que he recibido con amor y compromiso de honra.

MF, Siri, líder, o simplemente Marito, como yo cariñosamente lo llamaba, fue un hombre que jugó un papel muy importante en la vida del maestro Arellano y, por efecto colateral, en la de toda su familia, porque fue buen amigo de mis tíos y a mi tierna Mamanina la admiraba, la quería mucho y la visitaba. Cada vez que hablábamos (hasta tres veces por semana), me preguntaba por mi adorada abuelita.

Marito no solo fue amigo entrañable de mi padre; también trabajaron juntos en varios proyectos artísticos y, desde su perspectiva creativa —inagotable, por cierto, condición propia de los inteligentes—, este par de genios llevaron a efecto importantes apuestas artísticas que terminaron siendo exitosas y de gran reconocimiento en favor de nuestra cultura local, con influencia y efectos internacionales.

Uno de sus grandes atributos era su característico sentido del humor, otra manifestación de agudeza intelectual. Una charla con Mario, por serio que fuera el tema a tratar, resultaba muy amena por esa gala que hacía de su gracejo natural, el cual le fluía espontánea, desparpajada e irreverentemente, sin pasar jamás los límites del respeto; todo en el marco del señorío que lo destacaba. Mi abuelo diría: “era un caballerazo”.

Cuando tuve el inmerecido privilegio de recibir su llamado para integrar el ilustre y prestigioso panel de su popular y afamado programa Oye Cali, me sentí profundamente honrado y, mirando al cielo, dije: “Gracias, Pa, por heredarme a los amigos de tu entraña”. Como es apenas obvio, aceptar el reto era de gran responsabilidad y creo que a la fecha he estado a la altura, tanto que decía al aire, con su sonrisa inolvidable: “Líder, este fichaje de Arellano ha sido un acierto”. Hombre generoso como pocos; generoso en donaire, talento y apoyo. Si podía hacer algo (cualquier cosa) por alguien, lo hacía con gusto evidente; amoroso, galante y poseedor de una pluma solvente.

Es vasto lo que se puede decir de Mario en relación con su amor por las teclas. Sentirlo interpretando el piano, era algo que me encantaba, transmitía un sentimiento de libertad, porque considero que tal vez ejecutar su instrumento era de las cosas que más libre lo hacían. A decir verdad, el maestro Mario, dotado con un talento fabuloso para la interpretación del instrumento de cuerda percutida —y como él lo decía, “empíricamente”, lo cual para mí es aún más valioso—, nos deleitaba con ese universo de obras que persiguió dejar en los Guinness World Records y que, en los momentos de tristeza y zozobra de la pandemia, nos alegraba la vida cada madrugada con una entrega diaria, haciendo un trabajo artístico y emocional que no se puede valorar. Esto habla de su grandeza y talante.

Tan generoso fue conmigo que, no contento con tenerme hasta la fecha como panelista de opinión y analista en lo que hace a los temas sensibles nacionales que navegan sobre las aguas de la política y lo jurídico, me invitó a Mario Fernando Piano, programa por donde han desfilado los personajes más importantes de las altas esferas nacionales y en el cual, para un tipo como yo, sería muy pretencioso alcanzar. No obstante, consideró que yo podría ser interesante en su tribuna de gala. Gracias, maestro, por esa inmerecida deferencia que llevaré siempre en mi corazón.

Y su generosidad fue aún más lejos. En mayo de 2025 fui invitado como artista central al Recital para las Madres de Mario Fernando Piano, que se realizó en el Centro Comercial Chipichape, en Santiago de Cali. Fue realmente especial porque me permitió cantarle a mi abuelita, quien estaba en primera fila aplaudiendo, y a esos seres maravillosos que son las mamás; a la mía le llegó hasta el cielo. Fue muy especial.

Podrían escribirse innumerables editoriales sobre la vida y obra fantástica de un gran amigo, colega (en doble vía: artista y abogado), mamagallista profesional, creativo, ejecutivo, amante de las cosas bellas de la vida y profundamente sensible con las causas sociales, en especial de los asuntos que aquejan a su querida Cali.

Mi contraprestación jamás llegaría a equilibrar sus manifestaciones de admiración y cariño hacia mí, pero pude hacerle un “Cantando la Historia” en mi podcast de música colombiana en tono de tertulia. Se podrán imaginar lo que gocé con sus anécdotas y vivencias. Fue una entrevista musical deliciosa. Para mí fue un viaje de recuerdos, momentos gratos y música exquisita. Nos divertimos mucho haciendo el programa y, como homenaje adicional, lo dejo por acá para quienes lo quieran disfrutar: