Por: Monseñor Rodrigo Gallego Trujillo, obispo de Palmira.
Olvidar que estamos de paso es un error que nos limita la vivencia de las etapas de la vida a fondo, llegando a sentir que somos imprescindibles y hasta necesarios; eso no es cierto y es un signo claro de la falta de madurez.
Servir con alegría desde lo que se es y se tiene es un don maravilloso que da plenitud a la existencia; nos brinda libertad frente a lo temporal, nos permite ayudar a sacar lo mejor de los demás, a destacar virtudes, a huir de los vicios y a ser laboriosos en todo sentido.
En ese sentido, la parábola de este domingo (Mateo 21, 33-43), Jesús, de manera muy pedagógica, nos está haciendo caer en la cuenta del error que se comete cuando nos vamos sintiendo dueños “de Él” y de las cosas de Dios, casi como con “derecho a manejarlo y a heredar la vida eterna porque ‘nos la ganamos’”. Hemos de tener muy claro que todo es gracia de Dios y, por lo tanto, en humildad siempre cumplimos la voluntad del Señor, sin sentirnos menos o más que los otros, sino, sencillamente, hijos amados de Dios, hermanos entre nosotros, llamados a la santidad de vida y a servir con el gozo de gastar la vida para la gloria de Dios.
Los labradores de la viña abusaron del dueño de la Viña –Dios- y por eso “perdieron el año”. Cuando esto ocurre, se desdibuja el horizonte de la vida y se anula toda ilusión noble y justa. La realidad de Colombia, hoy, nos interpela para sentirnos parte de una gran viña, no pseudo dueños que buscan lo mejor para sí, parapetados en el devastador egoísmo que nubla la visión del espíritu, ciega las certezas de buscar el bien, rompe fraternidades, sepulta talentos y ahoga la alegría.
El capítulo fuerte que vivimos como Colombia es una oportunidad única para sacar lo mejor de cada uno para que la viña dé lo mejor para todos.
No nos sintamos dueños, sino servidores; la ‘inmortalidad temporal’ del hombre está en el servicio.