Faltan siete días para que termine el gobierno de Gustavo Petro e inicie el de Abelardo De la Espriella. El fin de una pesadilla que culmina entre escándalos de corrupción al más alto nivel, revelaciones criminales y un posible carrusel de favores sexuales en el que estaría comprometido el propio presidente saliente, y el inicio de una nueva era que la mayoría de los colombianos aguarda con ilusión, consciente de las dificultades que la acompañan.

Nada de lo conocido en las últimas semanas sorprende: ni las andanzas de las hermanitas Guerrero gestionando contratos a cambio de dinero, ni lo confesado por Angie Rodríguez sobre el suicidio del coronel Dávila, ni la trata de blancas simulada en Palacio, ni los 14.000 contratos directos a última hora denunciados por la Contraloría, ni el intento de traslado de cuatro billones de pesos a la putrefacta Unidad de Gestión de Riesgos, para robárselos.

Así termina el gobierno de izquierda que destruyó el sistema de salud y empezó a asfixiar a las universidades privadas, el que hizo lo posible por acabar con Ecopetrol y dejó al país en el precipicio del racionamiento y el desabastecimiento de gas con tarifas por las nubes. El mismo que mató a Miguel Uribe por medio de la Segunda Marquetalia, subió a tarima a algunos de los mayores criminales, les dio protección estatal y nombró gestores de paz.

Lo que escriba o diga se queda corto frente a todo lo que sucedió en cuatro años por cuenta no solo de Petro y su círculo cercano sino de una izquierda cómplice que a punta de billete, mentira y fusil, estuvo a menos de tres doritos de seguir en el poder para nunca soltarlo. No nos engañemos, Cepeda es igual o peor que su jefe y el Pacto Histórico no conoce Dios ni Ley. No iban a entregar el mando; les tocó a los militares intervenir con discreta firmeza.

De ahí que la llegada de De la Espriella sea un bálsamo para Colombia. No es monedita de oro y muchos de quienes votaron por él lo hicieron por miedo, para evitar la continuidad de la izquierda en el poder. Pero, qué diferencia lo que se empieza a sentir. El sólo anuncio de quienes conformarán su equipo, contadas excepciones, restaura confianza. Se respira un aire fresco, de cauta esperanza, pese a la absurda y deliberada ruptura en la derecha.

No la tendrá fácil. El estado en el que De la Espriella recibe el país es sólo comparable -en la historia reciente- al que le dejó Samper a Pastrana. Un país atestado de narcotráfico y guerrilla y unas fuerzas militares desmanteladas y desmoralizadas, un fisco en los rines y sin mayor capacidad tributaria y de endeudamiento, una problemática social desbordada, relaciones exteriores descompuestas y serios cuestionamientos en el ejercicio del poder.

La izquierda hará lo imposible para torpedear al nuevo gobierno y conducirlo al fracaso. Apelarán como siempre a todas las formas de luchas legales e ilegales; tienen ya de su lado una parte del Congreso y a las organizaciones criminales. Acudirán al discurso incendiario y los mal llamados estallidos sociales, intentarán provocar al Presidente y a sus ministros, tratarán de desgastarlo prematuramente, espantar la inversión y copar la atención de los medios.

No les importa si se hunde el país. Le apuestan a que en cuatro años no será posible resolver el caos en que lo postraron, para volver al poder. Advertidos estamos. Por eso, no es hora de desencuentros políticos entre quienes están llamados a remar con un mismo norte, de odios viscerales y de vanidades en el ejercicio del poder. Cabeza fría, sensatez, firmeza y perseverancia. Siete días más de deshonra para dar inicio a la primera de grandes batallas.