Uno de los aspectos más curiosos e irrepetibles del fenómeno literario del Boom (que para mí se inició en 1958, con La región más transparente de Fuentes), fue el inmenso poder que acumularon algunos de sus miembros, como fue el caso de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Un poder que iba más allá del dominio propio de la literatura y se extendía a la política y, en general, a cualquier aspecto de la vida nacional en sus patrias e incluso en terceros países, convirtiéndose cada uno en una especie de pequeño Estado ambulante: un Estado de un hombre solo y millones de lectores. Lo dijo García Márquez en la celebración de sus ochenta años: “Si los lectores de Cien años de soledad fueran un país, este sería uno de los diez más poblados del mundo”.
Algo parecido (probablemente con menos habitantes) podrían decir o haber dicho Vargas Llosa y Fuentes, lo mismo que Octavio Paz y Pablo Neruda, considerados estos últimos fuera del Boom por ser poetas y de una generación anterior, pero que también fueron muy influyentes en áreas ajenas a lo cultural, recibidos y tratados en todas partes como jefes de Estado.
Dejando de lado su inmenso talento (todos, con excepción de Fuentes, obtuvieron el Nobel), es interesante constatar que, en el fondo, no fueron ellos quienes se otorgaron ese rol de líderes, sino la propia sociedad quien se los dio. Ser escuchados de ese modo tan atento, requeridos con avidez sobre tantos temas, más el hecho de ser constantemente convocados a los salones de más prestigio y poder del mundo, los fue transformando en personajes legendarios, casi sobre humanos, con un poder que se fue ensanchando al ritmo de su celebridad.
Y siguiendo los hábitos de su generación, fue un fenómeno exclusivamente masculino. Sus esposas fueron más famosas que muchas escritoras. Esa imagen de héroe épico llevó a Vargas Llosa a considerar que debía ser presidente para salvar a su país, y Fuentes y Paz tuvieron desde jóvenes mucho más poder que cualquier senador vitalicio mexicano. Un rol que, en esos mismos años, era raro encontrar en autores de otras regiones.
Ni siquiera en intelectuales tan influyentes como Sartre o Malraux, y eso que Francia es una sociedad que suele entronizar a sus artistas. Diría incluso que García Márquez, en la época de Mitterrand, tenía más poder en París que cualquier intelectual francés.
Pero el Boom traía la luz que América Latina había proyectado sobre el mundo en los años sesenta. La revolución cubana y la lucha contra las dictaduras sedujeron al socialismo europeo, le dieron un sentido a la vez de utopía y de urgencia que aceleró su sangre. Fue por América Latina que la izquierda mundial incorporó el antiimperialismo como uno de sus principios. Hoy las cosas han cambiado y esta figura, la del intelectual-héroe, no volvió a repetirse después del Boom.
Ningún país de la región volvió a darle un rol semejante a un escritor y esto me parece bueno. Quiere decir que las sociedades latinoamericanas, globalmente, se han hecho más modernas, sólidas y democráticas, y por lo tanto ya no necesitan engendrar seres mitológicos para que las representen y les indiquen el camino. Algo muy deseable en todas las áreas de la vida, incluso la política, donde es sano que los “seres mitológicos” de vez en cuando caigan, para recordarnos que todos somos humanos.
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