En febrero de 1948, en la tarde del domingo en que debía ingresar al internado del Gimnasio Moderno, mi papá me llevó a conocer la Plaza de Toros de Santa María, y la cabeza de cartel ese día era el maestro Domingo Ortega, ya entrado en años pero todavía famoso en el arte de Cúchares.

No gocé mucho porque yo era un niño criado en la hacienda La Margarita entre vacas y toros, y para nada me gustó que al pobre animalejo lo puyaran, le clavaran banderillas, y al final un estoque que terminaría con su vida.

Con el correr del tiempo, tomé afecto por ese espectáculo, y desde entonces, en Colombia, España y México, he tratado de asistir a todas las corridas. No soy aficionado de cigarro en boca ni bota al hombro cargada de sangría. En Cali, desde la primera corrida que se dio en Cañaveralejo en diciembre de 1957, he calentado cemento en las graderías de la plaza, y en este largo período únicamente he dejado de concurrir en diciembre de 2023, cuando fui a Barcelona a pasar la Navidad con dos de mis nietas amadas, que residen en la Ciudad Condal.

Después de Domingo Ortega he visto a todos los ases de la torería mundial. He disfrutado las faenas de Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez, Santiago Martín ‘El Viti’, Palomo Linares, Paco Camino, Francisco Rivera ‘Paquirri’, Ángel Teruel y tantos otros grandes de la Fiesta Brava.

En una época en que el toreo estaba decayendo, hace 50 años, apareció un personaje que le dio vuelta al mundo de Tauro: Manuel Benítez ‘El Cordobés’, que con su salto de rana y con la muñeca poderosa con la que cogía la muleta, enloquecía al público, al punto de que yo creí que nuestra linda copa champañera, que es la Plaza de Cañaveralejo, se caería, pues la gente enloquecida con el diestro no solo aplaudía y gritaba, sino que brincaba de la emoción y los tendidos temblaban al punto de que yo juzgaba que los cordones de acero que los sostenían serían incapaces de resistir.

Ahora, para satisfacción de los aficionados, surge un fenómeno que yo puedo asegurar que no tiene rival en los tantos siglos que llevan las corridas de toros: el peruano Andrés Roca Rey, que se ha echado al bolsillo a todos los públicos peruanos, españoles, mexicanos, franceses y colombianos. Este servidor, que ha visto tantísimas corridas de toros, podría jurar ante notario que no ha pasado por mis ojos un torero de la magnificencia de este hombre que el día que repartieron el miedo no estaba presente. Es posible que El Cordobés o Dámaso González tuvieran el mismo coraje para pararse ante el astado, pero ninguno de ellos lo hacía con la majestad de este hombre de 22 años que ha paseado su valor por las más exigentes plazas del mundo.

Andrés Roca Rey se ha convertido no solamente en el rey de la torería, sino en el rey de las taquillas, pues en donde los carteles anuncian su nombre, siempre se pone el aviso de “no hay boletas”. Su valor descomunal hace que los aficionados caigan rendidos a sus pies y siempre aparecen los pañuelos blancos exigiéndole al presidente el otorgamiento de los dos apéndices, que él los pasea en triunfo dando varias vueltas al ruedo, devolviendo las prendas que lanzan las mujeres y guardando en su chaqueta los claveles que caen sobre la arena.

Confío en que el Gobierno permita que en Cañaveralejo se dé la temporada decembrina, y que la empresa contrate a Roca Rey para dos tardes, en la seguridad de que esa osadía se convertirá en la venta total del aforo.