A los colombianos nos ha llegado el momento de decidir quién va a ser el próximo presidente o presidenta de Colombia y yo celebro, sobre todo, el hecho mismo de vivir en una democracia. De tener el derecho y el deber de elegir, cosa que no ocurre en todos los países del mundo. Y esa democracia es el fruto de unas luchas aún no ponderadas por el electorado actual.
Hoy en día, todos los ciudadanos mayores de 18 años tienen derecho a votar, pero no siempre fue así. Según la primera constitución del país, creada en 1832, se estableció que los ‘esclavos’, aunque representaban la mayor parte de la población del país, no eran considerados ciudadanos. De manera que el voto quedó como un privilegio de los hombres, blancos, mayores de 21 años, casados y con propiedades a su nombre.
Fue la constitución de 1853, redactada después de la abolición de la esclavización, la que permitió a los hombres negros, que cumplieran con las mismas condiciones, ser considerados ciudadanos votantes. Era este el fruto de incansables luchas populares encabezadas por líderes abolicionistas negros, muchos de los cuales sacrificaron sus vidas por esta causa.
Para las mujeres, el camino fue más largo. En este caso, fueron las feministas sufragistas las llamadas a dar la pelea. El resultado vino a materializarse apenas en 1954 cuando las mujeres lograron su ciudadanía completa al sufragar por primera vez. Sin embargo, las contiendas sociales y políticas no han mermado.
Desde entonces, quienes creemos en los derechos del pueblo, hemos seguido trabajando por la consecución de nuestros derechos humanos. Porque es una realidad que en Colombia las hegemonías fundacionales siguen ostentando el poder de las maquinarias políticas y económicas.
Hemos luchado desde siempre por una Colombia sin racismo, sin clasismo, sin machismo, sin homofobia, donde el acceso a la salud y la educación no sea un privilegio de los acaudalados, donde los pueblos negros, indígenas y campesinos no sean considerados ralea de segunda.
Una Colombia donde los derechos individuales se respeten, donde las brechas de desigualdad sean combatidas con políticas públicas creadas desde las bases y no desde las oligarquías. Una Colombia que valore y proteja sus recursos naturales, donde los seres sintientes también tengan derecho a no ser maltratados. Una Colombia en paz, donde el negocio material y psicológico de la guerra no siga siendo la herramienta de la derecha para mantener al pueblo asustado y votando desde el terror.
Nosotros, a quienes los derechos nos han costado, estamos convencidos de que un verdadero cambio no se logra en solo cuatro años. Por eso nuestro candidato no es simplemente aquel que representa las izquierdas. Es aquel que ha trasegado los caminos del pueblo.