“Me paso la vida haciéndole el quite a la culpa. Es la gran contrariedad que me ha acompañado desde muy pequeño. Siempre me siento en falta. Siempre pienso que he hecho algo mal, a pesar de haberme comportado bien. Soy incapaz de vivir con alegría porque me siento culpable por todo. No soy capaz de relajarme, ni de descansar, ni de tomarme una siesta. En resumen, no me puedo dar el lujo de disfrutar de mi vida”.

“Rara vez soy capaz de hablar claro pues invariablemente me falta fuerza para exigir mis derechos y reclamar lo que es mío. Nunca tengo la certeza, ni la claridad para hablar con firmeza. Me dejó manipular por todo el mundo porque no puedo reaccionar. Solamente cuando tengo muchísima rabia por un tratamiento injusto, soy capaz de reaccionar y defender mis puntos de vista. Pero después me sorprendo de lo que acabo de hacer, y me siento culpable por el daño que creo haber hecho. Tal situación, que ocurre muy pocas veces, es criticada por mis allegados por considerar que reaccioné de una manera exagerada. En consecuencia, soy durísimo conmigo mismo al respecto de todo lo que hago o dejo de hacer”.

“A pesar de que siento que no tengo derecho a hablar con claridad, escondida en lo más recóndito de mi alma, está una fuerza tímida que no es capaz de manifestarse, porque siempre aparece esa voz amenazante que me paraliza: No puedes hacerlo, sería abusivo de tu parte, te van a reprender, te van a rechazar, eres malo, las buenas personas se quedan calladas y aceptan. Recuerda que son órdenes de una autoridad que no puedes cuestionar…”

“A veces pienso que yo me he inventado toda esta situación. Pero algo en mi interior me dice que eso ocurrió y que tengo el derecho a quejarme, infortunadamente, rara vez logro que esa fuerza interna me defienda. Como consecuencia de lo anterior, vivo en continua duda al respecto de las muchas cosas que podría (y desearía) hacer, pero no hago. Sueño con una familia integrada, donde haya paz y confianza. Y la tengo. Tres hijos normales y una esposa amorosa. Pero no me la creo. Porque pienso que no me la merezco. Permanentemente me agobian los temores de qué algo terrible va a pasar con mi familia que va a cambiar drásticamente la buena vida que llevo. Y llego a pensar que si algo malo me pasa es como castigo a mis conductas”.

Dice que nunca se sintió amado y que anhelaba abrazos de sus mayores que nunca se dieron. Concluye que a pesar de esa falta de amor pudo salir adelante, porque, por razones de seguridad le tocó irse de la casa paterna a los 16 años, a donde no regresó. Esa distancia con un hogar en el que nunca se sintió acogido le permitió encontrar en el camino muchas personas que la valoraron.

Esta confesión dolorosa, de una víctima de marcados rasgos egoístas narcisistas de sus padres, es una condensación de muchísimas historias similares que le ocurren a hombres y mujeres en todos los estratos sociales. El conocimiento detallado del trastorno narcisista marcó el inicio de un empoderamiento que le ha permitido disminuir sus absurdos sentimientos de culpa y disfrutar más de su vida.

Nota: Mucha falta nos va a hacer la voz irreverente, única y valerosa de Aura Lucía Mera. Paz en su tumba.