Si adaptáramos a la política nacional los videos de unos argentinos en los que alguien se sube a un carro y le dice al conductor “llévame a…” y le da una fecha y un estadio en el que algo apasionante del fútbol pasó, podríamos teletransportarnos al 19 de junio de 2022 al Movistar Arena de Bogotá.

Veríamos a Gustavo Petro y Francia Márquez alzando los brazos luego de su resonante pero apretado triunfo contra Rodolfo Hernández, resultado del país parido dolorosamente por la pandemia y un paro nacional que empezó como protesta contra una reforma tributaria y terminó en una insurrección urbana y rural en la que afloraron lo peor de la violencia pública y privada de todas las vertientes, reabriendo cicatrices viejas y dejando unas nuevas. En la tarima solo había gente prieta de vestidos coloridos y peinados étnicos, el mundo de ‘los nadie’, poca sonrisa y mucha mirada desafiante. La idea central de Petro en su discurso fue que habría un cambio definitivo, porque el uribismo, como era política, llegaba a su fin.

Pero Petro gobernó obsesionado con el uribismo. Culpó siempre a Álvaro Uribe e Iván Duque de todo lo que hizo y le salió mal, que fue muchísimo. Cuando había que sacarle el cuerpo a las responsabilidades, que fue siempre, decía que sus antecesores habían hecho lo mismo.

El actual proceso electoral confirma que el petrismo no entendió que su triunfo de 2022 fue el de un país dividido. El Centro Democrático hoy es la principal fuerza de oposición y la segunda bancada parlamentaria, que además participó en una consulta interpartidista que ganó Paloma Valencia y está dando muestras muy importantes de adaptación al país dividido, convirtiéndose en objetivo de ataque de los extremos de ambos lados.

No es la primera vez que el Centro Democrático saca sus liderazgos de procesos participativos amplios. Miguel Uribe Turbay impulsó en Bogotá la elección abierta de los candidatos a ediles en 2023 y de ahí surgieron líderes jóvenes e innovadores que ganaron, por ejemplo, el bastión de la localidad de Chapinero a la Alianza Verde, núcleo de la diversidad política y social, y del progresismo.

Los ataques contra Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo vienen del país que no cambió. Se trata de una estrategia sumida en la contradicción y la paradoja, de un sector que dice haber cambiado al país y de otro que dice representar valores fundacionales de ‘la patria’. En ambos casos, dogmatismos y fundamentalismos sordos y ciegos frente a la Colombia real.

Lo que llaman ‘uribismo pura sangre’ ni siquiera representa su propia historia, en la que Everth Bustamante, exmilitante del M19, y Alfredo Rangel, duro crítico desde la Universidad de los Andes del Plan Patriota de Uribe, integraron el Centro Democrático e hicieron parte de sus bancadas. El estilo anquilosado y rancio de Salvación Nacional tampoco habla del Álvaro Gómez en su madurez política e intelectual, que aceptaba la diversidad sexual presente en casi todas las familias y copresidió la Asamblea Constituyente con la izquierda (Antonio Navarro Wolff) y la social democracia (Humberto de la Calle).

La verdadera coherencia son Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, cada uno reafirmando su identidad, pero dispuestos a trabajar en lo que están de acuerdo, unidos en la diferencia. Petro, que ha ignorado a todos los demás, enfoca su frenesí digital contra ellos. Porque son la prueba de que lo dicho el 19 de junio de 2022 fue una ilusión y que ese resultado del 31 de mayo lo mortifica y lo tiene en pánico.