He tenido una relación fascinante y extraña con la pintura. No puedo decir que soy un experto en arte, pero he tenido la fortuna de visitar los mejores museos del mundo: en España, Francia, Portugal y Estados Unidos, ciudades donde existen los museos más importantes, como Nueva York, Chicago y Los Ángeles; también en México y, por supuesto, en Colombia. He tenido una amistad cercana con pintores como Pedro Alcántara Herrán, su esposa, la fotógrafa artística Mónica Herrán, Herney Ocoró, Diego Pombo, Mario Torres Burboa —acuarelista chileno—, Roberto Molano, Alfonso Candiotti —pintor peruano, ‘Puca’—, Juan Carlos Callejas, Caty Cucalón y Vicky Barona. Tengo en mi sala obras de estos queridos amigos.

Hace dos semanas viajé a Barranquilla a una conferencia de la Sociedad Colombiana de Urología y me reencontré con mi primo Roberto Angulo García, a quien cariñosamente llamamos el ‘monito’ Angulo, compañero de la niñez y la adolescencia, condiscípulo del Colegio de la Niña Lola de Cereté. Hacía más de cincuenta años que no nos veíamos. Conocí a su esposa, Elsa Piñeros, dueña de una de las mejores galerías de arte de Colombia, y también a su hijo Keko, que igualmente es pintor. Recordamos vivencias, nostalgias y momentos agradables de nuestra niñez y juventud; evocamos a mi querido tío Joaquín Pablo García, abuelo de Roberto y mi padrino, a quien le debo mi nombre, el querido ‘pin, pin’.

Roberto es arquitecto y fue deportista de élite: campeón nacional de salto triple. Estudió en Barranquilla y fue allí donde conoció la técnica de la acuarela y los principios del diseño. Durante sus primeros años de práctica plasmó el tema clásico de la acuarela —el paisaje—, perfilando su estilo realista y convirtiéndolo en el eje principal de su obra. Un elemento central de su trabajo es el manejo de la luz, la transparencia y los reflejos sobre el agua, siendo este el tema más recurrente en su vasta obra. Viajó en 1977 a París, donde estudió grabado. Ha sido merecedor de una docena de premios nacionales e internacionales, ha mostrado su trabajo en 49 salas nacionales e internacionales y ha participado en más de 200 exposiciones colectivas. Su obra ha recorrido una variedad de temas: paisajes marinos, aves y objetos, con una marcada preferencia por el agua. En 1973 se graduó de arquitecto y se dedicó al diseño de edificios y residencias, integrando su arte a esa labor. En el año 2000 recibió el Premio Nacional de Arquitectura por la restauración del Palacio de Justicia de Barranquilla. Realizó el hermoso calendario de Propal en 1989 y en 2004, y ha sido asesor de salones de artistas de la costa caribe colombiana. Varios críticos han comentado favorablemente la colosal obra de Roberto Angulo.

Eduardo Serrano escribe: “La obra de Roberto Angulo se inscribe dentro del realismo contemporáneo en cuanto a que es una interpretación fiel del mundo visible, relacionada especialmente en su encuadre con la fotografía. Su trabajo acusa numerosos factores que revelan una sensibilidad particular y una voluntad de expresión propia”. Margarita Galindo Steffens señala: “Si tuviera que dar una definición de Roberto Angulo cuando pinta, yo diría que este artista es un ‘cazador de luz’, y que en las obras de Angulo se produce un fenómeno solar que se entrevé en diferentes atmósferas: desde las viejas barcazas recostadas en la playa, los troncos escoriados y humedecidos, hasta las hojas llenas de su propio color atemperado por el artista”. Mario Rivero afirma: “Si se examina una acuarela de Angulo, veremos cómo desafía y domina la terca transparencia de este difícil medio, dentro de un oficio que exhibe claramente categoría europea”.

Ahora que vuelvo a encontrar al ‘monito’ Angulo, lo visualizo igual que en nuestros años de niñez y juventud: un personaje callado, inquieto, jovial, sencillo, sin prepotencia, afable. Nos hizo un recorrido por todo Barranquilla y sus sitios de interés turístico que yo no conocía, pues hacía ocho años que no visitaba ‘la arenosa’. Lo más importante para mí de este viaje fue el cariño y el abrazo cordial de mi primo y querido amigo, el ‘monito’ Angulo. Firmamos un pacto de volver a encontrarnos frecuentemente para compartir momentos felices de una amistad que, a pesar de los años, persistió. Gracias, mi amigo; que tengas larga vida.