Se cuenta esto del estadista y letrado Lord Chesterfield, de Inglaterra, que trascendió en 1773: en una ocasión dijo:

“Antes de tener hijos tenía varias ‘recetas mágicas’ para educar bien a los hijos, ahora tengo tres hijos y ninguna receta”.

Es una buena anécdota porque, en realidad, no hay recetas mágicas para nada.

Lo que hay que lograr es hacer todo con amor, buena consciencia y sabiduría.

Lo que sí existen son valores que dan buen resultado, como estos: aceptación, comprensión, respeto, resiliencia, tolerancia, perdón, verdad, confianza, generosidad, ternura, compromiso y paciencia. Muy importante, la espiritualidad.

Se dice, y es verdad, que el buen ejemplo no es una buena manera de educar a los hijos: es la más importante.

Los hijos son maestros e incluso sin hablar, enseñan mucho a los padres si estos son humildes y saben valorar y escuchar.

Tienen que estar de acuerdo. Los niños vienen desde hace años como con otro chip y piden de sus padres una buena actitud que ya no puede ser la impositiva y autoritaria de otros tiempos.

Necesitan límites, normas claras y explicadas, y el regalo de un ‘NO’ cuando es necesario.

Les hace mucho daño tanto la sobreprotección como el abandono.