Escrito por Germán Martínez, vicario episcopal para la educación

Los refranes populares están llenos de sabiduría: no hay peor ciego que el que no quiere ver. En el evangelio de Juan, capítulo 9, se describe la incapacidad física para ver (el ciego de nacimiento, que no se debe a ninguna culpa ni pecado ni de él ni de sus padres) y la ceguera voluntaria, la de un grupo religioso (fariseos) que no quieren ver la luz verdadera, la luz que es Cristo. Esa clave de la luz será fundamental en la Semana Santa que ya llega, en la Vigilia Pascual, la noche por excelencia de todas las noches para el creyente.

Esa impresionante ceremonia del Sábado Santo se abre con un lucernario y con estas palabras: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”; y los creyentes estaremos en vigilia hasta el amanecer, escuchando la Palabra, celebrando el bautismo y la eucaristía, sacramentos de luz y de vida.

El bautismo fue nuestra primera ‘iluminación’: ese fue uno de los nombres de ese sacramento desde los primeros siglos (fotismós, en griego). Cada año renovamos nuestro bautismo en la Vigilia Pascual, y pedimos a Dios que nos renueve la gracia bautismal, que renueve la ‘iluminación’ de nuestros ojos.

En este cuarto domingo de Cuaresma, al que la liturgia llama ‘laetare’, que significa alegrarse; sí, en pleno tiempo penitencial y de conversión, porque el cristianismo no es sinónimo de prohibiciones y caras amargas, nada de eso, el cristianismo es la alegría de saberse amado y envuelto en la luz de Dios, no en la tiniebla.

Escucharemos en los templos la proclamación del evangelio de Juan, una bella catequesis sobre la luz; nos mostrará la actitud de cuatro grupos representativos ante el profundo misterio de Dios: en primer lugar, los vecinos del ciego, los ‘noveleros’: ¿Qué pasó?, ¿cómo fue la cosa? En segundo lugar, los fariseos: Se interrogan, pero no creen, piensan que poseen la verdad, no pueden aprender de un ciego. El tercer grupo son los padres del ciego, creen, pero tienen miedo de dar testimonio, temen las represalias de los fariseos. El cuarto grupo está representado por el ciego curado: para sorpresa nuestra, no pidió que lo curaran de la ceguera, pero al final del pasaje dice “Creo, señor” y encima se arrodilla ante Jesús.

Es la sabiduría de los sencillos. También hay otra lectura en la Eucaristía de hoy: “Vivan como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz” (Efesios 5, 9). Tal vez no estaba tan despistado, como creíamos, el gran J. Saramago con su ‘Ensayo sobre la ceguera’, Nobel de literatura en 1998.